Sin cadena

Antes de la revolución Camaradas anónimos que murieron sin ver la revolución, pero habiendo vivido en ella “antes”, porque vivieron bajo sus principios

Miguel Usabiaga 03/12/2021

Tomo prestado el título de una de las películas más inspiradas de Bertolucci, “Prima della rivoluzione”, porque como él sugiere en el filme, creo que en esos tiempos “antes” de un gran acontecimiento, éste ya se está dibujando, y los perfiles del suceso futuro tendrán las líneas trazadas por sus protagonistas en los momentos sombríos, en los periodos de preparación, donde el triunfo parece lejano e improbable. Este mes, el del Centenario del PCE, yo me voy más atrás, a otra celebración de la que no soy capaz de sustraerme cada noviembre, la de la Revolución rusa, nuestro germen fundacional. Y voy porque todavía tenemos mucho que aprender de aquellos comunistas rusos que, con Lenin a la cabeza, mostraron un espíritu de sacrificio revolucionario sin igual. Pasaron calamidades inimaginables, largos destierros en Siberia, exilios y cárceles durante décadas, cárceles, torturas, y todo eso, lejos de amilanarlos, los forjó. Nunca dejaron de estudiar, de escribir, de organizarse, a pesar de estar separados por miles de kilómetros. Y nunca, a pesar de todo lo que sufrían, a pesar de la dureza del combate, perdieron el alma de la revolución: el valor de la amistad y la camaradería. Me gusta mirar a Lenin bajo ese prisma de la ternura, como en el ejemplo de la jarra de leche que voy a contar, porque veo la misma pureza, verdad, humanidad, que la de tantos camaradas nuestros que se dejaron la juventud en la lucha, por la República, en nuestra Guerra Civil, en las prisiones. Camaradas anónimos que superaron todos los exámenes y las pruebas de lealtad, de coherencia, y que, con toda seguridad, murieron en paz. Sin ver la revolución, pero habiendo vivido en ella “antes”, porque vivieron bajo sus principios.

Una intensa y cruel represión se cernió sobre todo el imperio zarista tras la derrotada revolución rusa, en diciembre de 1905. Muchos revolucionarios fueron encarcelados o desterrados a Siberia; y quienes pudieron, huyeron al extranjero. Lenin escapó a Finlandia, y se instaló en una vieja casa de campo, llamada Vasa, en Kuokkala, cerca de Petersburgo, propiedad de otros bolcheviques, los Leiteizen. En aquel momento la policía zarista no se entrometía mucho en Finlandia, para no molestar el frágil equilibrio que se tenía con los fineses, porque entonces el Gran Ducado de Finlandia formaba parte del imperio ruso. Esa casa, la Vasa, servía desde hacía tiempo como refugio para los revolucionarios huidos, aprovechando la laxitud de la policía. Lenin fue alojado en una habitación de la planta baja donde montó de inmediato su oficina política. Allí escribía sus artículos para la prensa, y allí se entrevistaba con otros miembros del Comité Central, y con los diputados bolcheviques en la II Duma, que llegaban para cambiar impresiones, para recibir sus consejos. Porque desde Kuokkala Lenin dirigía la actividad de los bolcheviques, de los que aún operaban en la legalidad, escribiendo en los periódicos permitidos, y de los que lo hacían en la clandestinidad. Con Lenin se instaló su compañera, Nadezha Krupskaia, y poco después su hermana María Ilichna y la madre de Nadezha. Más tarde llegaron los Bogdanov, que se acomodaron en el piso superior, e Innokennty.

Cada día llegaba de Petersburgo un compañero que traía a Lenin periódicos, libros, cartas, que éste analizaba con fruición, a veces con alegría porque comprobaba el buen rumbo, otras con exasperación pues veía cómo se perdían en minucias y se alejaban de lo necesario. Lenin daba mucha importancia a la prensa, para ser capaces de llegar a la gente con las ideas, para conquistar su deseo, su corazón, para la causa de la emancipación obrera. Después de un rápido examen de lo recibido, Lenin entregaba a ese compañero su artículo, para que lo llevara a Petersburgo. A veces para el periódico legal “Dielo”, otras para el ilegal “Proletario”, que editaban en el suburbio petersburguense de Viborg, desde donde era distribuido clandestinamente por los barrios obreros. Por la noche regresaba Nadezha, que se pasaba el día en Piter, como popularmente llamaban a Petersburgo, también en labores militantes. En la Vasa llevaban una vida austera, una vida de trabajo, de estudio, aliviada por los paseos por el bosque y junto al mar Báltico que tanto gustaban a Vladimir y a Nadezha.

La Vasa era un verdadero hogar de acogida. Cualquier proscrito, cualquier militante bolchevique que se viera impelido a huir de Piter, de Viborg, de esa zona de la Rusia del norte, perseguido por la policía, escapaba hacia Finlandia, y sabía que allí tenía su casa. Cada día, después de estudiar, de escribir, de cenar, Lenin y Nadhezha ponían sobre la mesa del comedor una jarra de leche, pan, y con unas sábanas preparaban una cama sobre el sofá. Y la puerta de la calle siempre quedaba abierta. Por si llegaba algún militante en fuga, con sueño y con hambre. Muy a menudo, cuando Lenin se levantaba por la mañana se encontraba en el comedor a compañeros desconocidos que habían llegado por la noche.

Publicado en el Nº 349 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2021

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