Documentos para un centenario PCE 1921-2021Intervención de Dolores Ibárruri en el mitin de Montreuil. 20 de junio de 1971

Francisco Erice. Fundación de Investigaciones Marxistas 03/01/2022

Presentación de documento nº 54.

Tras el éxito de las movilizaciones contra el Proceso de Burgos, con síntomas cada vez más visibles de senilidad del Caudillo y el protagonismo creciente del movimiento obrero y los demás movimientos antifranquistas, la dirección del PCE llegó a la conclusión de que la crisis del régimen era inminente y había que activar los mecanismos para intervenir más eficazmente en esta coyuntura crucial.

Para ello, en primer lugar, se enfatizaba la propuesta de Pacto para la libertad, plasmada en las primeras -y aún de alcance muy limitado– Mesas Democráticas con otras fuerzas antifranquistas desde el verano de 1971, y sobre todo con la creación, en noviembre de ese mismo año, de la Asamblea de Cataluña, el mayor éxito unitario que luego no pudo exportarse a otros lugares.

En segundo lugar, el PCE se lanzaba a demostraciones públicas de fuerza, como la que se refleja en este episodio: el mitin celebrado en un parque de la municipalidad parisina de Montreuil el 20 de junio de 1971. Allí, con el patrocinio del Partido Comunista Francés, Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri se dirigían a una multitud entusiasta, cifrada por Mundo Obrero entre 45.000 y 50.000 personas, jóvenes y veteranos, venidos de distintos lugares de Francia y otros países de Europa, incluidos algunos españoles llegados del interior.

El discurso de Carrillo se centró en la alternativa democrática y la unidad de la oposición, así como en la denuncia de la represión, pero también enfatizó el rechazo a la imposición de la monarquía juancarlista como sucesora de la dictadura. Consideraba entonces Carrillo que tal monarquía impuesta “sería un régimen tarado, estéril, sangriento, absolutista, incompatible con la España y con el mundo de hoy”. Consecuentemente, aunque admitía que la última palabra sobre el régimen debían tenerla los españoles en pública consulta, defendía la república como solución de futuro.

El discurso en ese acto de Pasionaria, que aquí se reproduce, abunda, obviamente, en parecidas consideraciones, pero a la vez refleja el sello personal, al menos en alguno de sus pasajes, del estilo, la brillantez oratoria y la capacidad emotiva típica de los textos de Dolores. Comienza evocando el apoyo del pueblo francés (que no de su gobierno) a la República tras la sublevación de julio de 1936, y, recíprocamente, la lucha de los españoles en la resistencia francesa contra la ocupación nazi. Pero pronto rechaza, en frases lapidarias, dejarse arrastrar por la nostalgia, “llorar como las hijas de Jerusalén sobre nuestro largo exilio”, “remover cenizas de odios fratricidas” o “levantar como bandera de lucha la mortaja de nuestros muertos”. Por el contrario, “como lo hacemos siempre los comunistas” -añade-, prefiere “hablar de la vida y de la lucha”, de “nuestra confianza en el futuro luminoso de nuestra patria”.

Dolores constata la crisis del régimen, pero alerta acerca de las ilusiones de su descomposición automática, resaltando, por el contrario, la necesidad de ir agrupando a las fuerzas democráticas, incluso las que se desvincularan del régimen, e incorporando a ese amplio frente las posiciones en ese sentido en la Iglesia y el Ejército, aunque siempre dejando clara la centralidad de la oposición y la lucha obrera. En una línea acorde con la Política de Reconciliación, llama a la unidad a todas las fuerzas “antifranquistas y antiopusdeístas”, “sin preguntar a nadie dónde estaba el 18 de julio de 1936, sino hacia dónde camina hoy”. La política que proponemos -añadía- “no es una política de borrón y cuenta nueva, pero tampoco es una política de revancha”. Hablaba luego del crecimiento de la oposición y de la perspectiva de un futuro gobierno de coalición nacional que dirigiera un proceso constituyente para poner fin a la dictadura, “pero no con los paños calientes de una monarquía de camisón, impuesta por Franco, ni con un gobierno opusdeísta”.

Insistía luego la dirigente comunista en abandonar las posiciones dogmáticas y no pretender abordar con formulaciones antiguas los problemas nuevos, sin por eso renunciar a la propia historia. Reafirmaba las tesis del partido sobre la transición pacífica a la democracia y al socialismo y reivindicaba también la identificación del PCE con el movimiento comunista y antiimperialista internacional, pero abordando los problemas de España con soluciones propias.

Por último, Dolores reafirmaba el patriotismo de los comunistas, centrado en su deseo de renovar y elevar el prestigio de una España libre e independiente, compatible con “sus pueblos multinacionales”; una España “que mañana será, sin duda alguna, democrática y socialista”.

Los años próximos mostrarían cómo algunas de estas posturas irían matizándose o evolucionando, en función de los acontecimientos y a medida que la sucesión monárquica se consolidaba, sobre todo a partir de 1976.

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