Según OXFAM, la riqueza de 2.153 persona supera a la que poseen 4.500 millones y la mitad de la población mundial no tiene acceso a un diagnóstico médico para las enfermedades más importantes. Esta es la gran injusticia estructural que sufre la humanidad y que no sólo afecta a los países del Sur sino también a grandes capas de la población de los países del Norte, como España, con un 10% de pobreza.

¿Qué hacer entonces, ante esta realidad? De entrada, las posturas asistencialistas no tienen la solución. Caridad, apadrinamientos, voluntariado… pueden ser útiles en momentos puntuales pero no fuera de ellos, pues mientras muchos bienintencionados socorren a los pobres el sistema continúa fabricándolos. No nos sirven tampoco las limosnas de los ricos filántropos con el mensaje implícito de que si a nosotros nos va bien, a la sociedad también. Habría que cuestionar cómo se han generado sus fortunas, amasadas en muchos casos entre la explotación y la especulación en condiciones laborales penosas.

Sabemos que cuando existe voluntad política, los medios no faltan. Así lo han demostrado algunos acuerdos como el Protocolo de Montreal para la protección de la capa de ozono, en el que la industria que tanto se oponía en sus inicios fue capaz de comenzar a producir compuestos sustitutivos en un plazo muy corto sin que la sociedad advirtiera el cambio de unos productos que se utilizaban en más de 3.000 aplicaciones. O en el terreno sanitario. La prontitud en conseguir varias vacunas frente a la COVID, tras tantos años de espera frente al SIDA o la malaria. Sabemos cómo terminar con la pobreza y así sucedería si desde gobiernos e instituciones se pusieran los medios para lograrlo. Algunas vías de intervención deben ser las siguientes:

1. De entrada, es importante disponer de una estrategia global. Hoy contamos con la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el primero de los cuales es terminar con la pobreza extrema que actualmente afecta a 800 millones de personas. Su formulación cuantitativa, a través de metas e indicadores, permite conocer mejor su control y evolución frente a vagas declaraciones anteriores.

2. Apoyo decidido a los programas de educación, especialmente educación de la mujer. Por cada año adicional de escolarización femenina la natalidad se reduce en un 10%, aspecto nada desdeñable en un mundo cuya población, hoy establecida en 7.800 millones de personas, continúa su crecimiento exponencial con un evidente impacto sobre los recursos del planeta.

3. Condonación de la deuda ilegítima, que ahoga a muchas economías del Sur, orientando las políticas hacia la deuda ecológica que tenemos contraída los países del Norte como consecuencia de la apropiación de los bienes y de los efectos de la contaminación que generamos.

4. Destinar el 0,7% del Producto Interior Bruto a los países en desarrollo, decisión acordada en la Conferencia de Estocolmo de 1972 y que actualmente sólo seis países cumplen. La media hoy en la Unión Europea es del 0,5% y España se queda en el 0,21%. No debe entenderse como caridad sino como necesaria restitución y no debe estar condicionada a la compra de nuestros suministros.

5. Cambio en el tipo de dieta que reduzca el consumo de carne: disminuyéndolo un 10%, habría alimento adicional disponible para cien millones de personas. Dejando ahora aparte importantes consideraciones sanitarias o ambientales, las tierras destinadas al ganado están entre las más fértiles. En estados Unidos, por ejemplo, el 70% de las cosechas de cereales y soja (proteínas de alta calidad) van hacia la alimentación ganadera. Algo similar ocurre con las cosechas de cacahuetes africanos o con las harinas de pescado para engorde de la ganadería industrial.

6. Revisión de las políticas proteccionistas, eliminando aranceles y revisando las subvenciones a la agricultura en los países desarrollados, abriendo las puertas a los productos procedentes del Sur. Reorientando los acuerdos sobre patentes, en función de su utilidad social, y haciendo accesible la tecnología a las economías menos desarrolladas. Y fijando los precios de las materias primas en los países productores.

7. Promoción del comercio justo, ampliando su catálogo de productos y dándoles mayor presencia en tiendas y supermercados. El apoyo a las finanzas éticas llevaría a que el dinero se invirtiese en la economía real y se convirtiera en fuente de promoción de proyectos y desarrollo.

8. A través de tasas en las transacciones financieras, en línea con la tasa Tobin, la mayor parte de las cuales tienen un carácter especulativo, hundiendo a veces economías y divisas: con una tasa del 0,2% podría financiarse todo el gasto público mundial.

9. Eliminar las políticas neocoloniales que continúan apoderándose de la pesca, el territorio y los recursos minerales, sustituyéndolas por intercambios igualitarios y justos. La extracción barata de un recurso en bruto y la puesta en el mercado internacional del mismo producto elaborado a mucho mayor precio es una de las causas del desequilibrio económico.

10. Apoyo al trabajo decente en cualquier parte del mundo, incluyendo las economías solidarias y del bien común, el pleno empleo y la renta básica. Con las personas en el centro y toda política económica a su servicio y no al revés. Y aún quedaría añadir el fomento de una sanidad pública universal y la lucha frente a las enfermedades epidémicas, comprometiendo a las compañías farmacéuticas, hasta su erradicación definitiva.

Voluntad política que debería llevar a que partidos y sindicatos hicieran de la erradicación de la pobreza su primer objetivo. Antes que nuevas infraestructuras y paseos espaciales está la supervivencia de cualquier ser humano y, como quizás esto no reporte muchos votos en los países enriquecidos, la sociedad civil tiene el deber de organizarse y presionar para que este objetivo sea siempre el primordial en cualquier agenda, desde el ámbito local al supranacional.

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