Ni dios ni amo

Estupidez La aceptación de lo inverosímil frente a lo lógico, del dogma incuestionable de la religión imposible a la libertad de Ayuso convertida en cervezas ¿Dónde quedaron las luces de la razón?

Benito Rabal 05/01/2022

Por más que me esfuerce, no consigo entender de qué manera los discursos cargados de ideas más o menos razonables se pierden como hojas de otoño en el viento, mientras que las estupideces penetran en la memoria colectiva con la misma facilidad que un cuchillo en barra de mantequilla. No es nada nuevo, ya lo sé, pero me cuesta encontrar el mecanismo por el cual el inventario social prefiere una cosa a la otra.

Tal vez se deba a que una suerte de educación recibida tan machaconamente, más bien amaestramiento, haya hecho costumbre aceptar lo inverosímil antes que lo lógico. Ahí tenemos el claro ejemplo de las religiones, edificadas sobre conceptos tan absurdos que, precisamente por serlo, se aceptan como incuestionables.

Adán y Eva, única pareja sobre el planeta que teniendo tres varones han dado origen a los millones que formamos la humanidad; o la paloma y su romance con una princesa hebrea, que además provenía de una estirpe de vírgenes, ya que fue “sin pecado concebida”; la santísima trinidad, dios uno y trino a la vez… Y eso la que nos ha tocado, porque luego está lo de la reencarnación en animal desagradable o florecilla del campo, depende la empatía que hayas mostrado en tu primer paso por la tierra. O el paraíso de las huríes repletos de miles de vírgenes, vírgenes mujeres, se entiende, ¡faltaría más!

Claro que nunca han sido mensajes lanzados al albur, sino firmes aliados de quienes ejercían la represión. Tan indiscutibles eran los dogmas de fe, como el origen divino de los poderosos.

Tras un breve periodo en la historia en el que la razón se abrió paso entre las llamas de las hogueras inquisitoriales y la peste a carne chamuscada, llegamos a nuestros días. Los crípticos mensajes que encerraban los dogmas, se acomodaron a la nueva liturgia del Mercado. Se supone que algo tendríamos que haber aprendido, pero no.

Tal detergente lava más blanco, como si el blanco pudiera ser más blanco de lo que es; los cereales de chocolate que se promocionan bajo el slogan, “ahora con auténtico chocolate”, dejan a un lado la explicación sobre de qué entonces estaban hechos antes; o las cremas que detienen el paso de los años cual fuente de la eterna juventud de los cuentos. Y aún así, no nos paramos a reflexionar sobre su falsedad, sino que es la misma mentira la que nos invita a comprar tal o cual producto dependiendo los adornos con los que se presenta.

La lección que se saca de la aceptación de lo inverosímil, la han asumido, sin tapujo alguno, muchos de los dirigentes que pululan por doquier, más preocupados de sus réditos electorales que del bienestar público. Día a día asistimos a debates políticos en los que, en vez de enfrentar propuestas, se lanzan acusaciones que, aunque falsas y carentes de fundamento, calan en un amplio sector de la sociedad, desgraciadamente más acostumbrada al espectáculo chabacano del cotilleo que al placer de la emoción que brinda el conocimiento y la cultura.

Por eso, nombrarlas como fake news y no darles la importancia que tienen, asumirlas como el mal menor de una sociedad hiper comunicada, es tan nocivo como no desenmascararlas en el momento en que se lanzan, sin pérdida de tiempo. No hay que dejarlas crecer. Ni tampoco menospreciar la inteligencia de quienes las propagan mediante chistes y chascarrillos. Cada absurdo, cada libelo, no son fruto de la ignorancia. Todos tienen propósito y sentido. Son estupideces en apariencia, pero que fomentan la estupidez real.

Ahí está la libertad de Ayuso, convertida en una jarra de cerveza. Estupidez donde las haya, pero muy eficaz tras casi dos años de encierro obligado.

Publicado en el Nº 350 de la edición impresa de Mundo Obrero diciembre 2021

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