Sin cadena

Working class heroes

Miguel Usabiaga 09/01/2022

Aprovechaba las frustradas vacaciones, por causa de un forzoso confinamiento por el maldito coronavirus, para leer y evadirme por textos exóticos que compensaran el nuevo y asfixiante encierro, abriendo las puertas a los viajes en mi imaginación. Y me fui a Albania. Deseoso de entender mejor esa tierra plagada de misterio, de leyendas ancestrales, homéricas, y tan desconocida, me adentré en un libro de Ismail Kadaré, El ocaso de los dioses de la estepa. Decidido a vencer la barrera infranqueable que me impuso años atrás su farragosa novela bélica Noviembre de una capital.

Para valorar a las personas, a los artistas, a los intelectuales, otorgo una gran importancia a su trayectoria, a la consecuencia con unos ideales, a la coherencia entre obra y vida, y por esa regla estricta que aplico hay personajes famosos que me resultan antipáticos, como es el caso de Kadaré, un escritor que aunque ahora lo esconda fue protegido por el régimen comunista de Enver Hoxha, en el que presidió la poderosa Unión de Escritores y fue diputado en la Asamblea Popular durante doce años, entre 1970 y 1982. Es un dato de la biografía del escritor que ahora es difícil de encontrar porque los intereses de las empresas editoriales que comercializan su obra se han encargado de ocultarlo o maquillarlo. Algo similar a lo que ocurrió con el periodista y escritor polaco Kapuscinski, también galardonado, igual que Kadaré, con el Premio Príncipe de Asturias, y que después de trabajar la mayor parte de su vida al servicio de la agencia oficial de noticias polaca PAP se presentaba al final de su carrera casi como un disidente.

No tengo ninguna estima por los arrepentidos, por los que critican a destiempo, solo cuando les conviene, los que cambian de bando cuando la historia cambia de dirección, los oportunistas en suma. Pero, a pesar de eso, venzo mis antipatías aferrado a la consigna de “debes saberlo todo” que preconizaba Bertolt Brecht en su poema Elogio del aprendizaje. Bajo esa premisa leo, observo, me muevo sin fronteras, sin censuras, me adentro sin miedo en los vastos territorios de la literatura, tan poblados de adversarios como la vida misma.

La novela que me ocupa de Kadaré, publicada en 1981, refleja a los ojos de un albanés el nuevo escenario de la Unión Soviética de Kruschev y lo hace desde la propia experiencia, pues Kadaré estuvo viviendo allí en esa época, becado como escritor en el Instituto Gorki de Moscú. Kadaré anticipa lo que será muy pronto la ruptura entre el régimen de su país y el de la URSS. Su prosa al tratar estos hechos es muy libre, habla sin cortapisas de todo lo que observa y establece unos paralelismos críticos en la novela muy originales entre tres situaciones: compara la intensa campaña orquestada en la prensa soviética contra Boris Pasternak, tras su Doctor Zhivago y el Premio Nobel, con la campaña que la nueva dirigencia política de Kruschev orquestó antes contra Stalin y con la campaña que está preparándose contra Albania, que ya se asoma en la prensa, terminando la novela cuando todos los albaneses de Moscú son llamados por su embajada para prevenirlos.

Con ser interesantes las cuestiones de este debate a tres bandas, donde los buenos y las buenas razones parecen intercambiarse según la campaña de que se trate, lo que me ha hecho rescatar esta lectura para Mundo Obrero ha sido la lucida reivindicación que hace en sus páginas sobre la necesidad que tienen las fuerzas revolucionarias de vencer al adversario en la batalla de la construcción de la fantasía y la necesidad de hacerlo ganando para ello a los mejores artistas, a los mejores escritores.

Los escritores mediocres que tanto daño le hacen a la revolución

En un pasaje de la novela, el joven protagonista pasea por Kemeri, una playa en la costa de Riga, con una chica letona a la que acaba de conocer. Ella, al saber que el chico es albanés, le cuenta que tiempo atrás leyó en un periódico local que un rey de Albania, hacia 1939 o 1940, se había comprado una villa en aquella costa y que pasó varios meses en ella de vacaciones. La chica, fascinada por lo exótico de la situación, le propone buscar la villa del rey Zog. Al joven no le hace ninguna gracia pero le sigue la corriente. Hasta que, tras un buen rato de búsqueda infructuosa, enfadado porque el viejo monarca se inmiscuya en su romance, se rebela y le habla a la chica de ese rey. Le cuenta que mientas el rey Zog reinaba y compraba residencias suntuosas fuera de su país, y se paseaba por playas extranjeras en compañía de prostitutas, el pueblo vivía en la miseria. Que muchos compatriotas aun viviendo cerca del mar no lo habían visto en su vida y que los montañeses de su país llevaban un turbante en la cabeza porque era además su mortaja, de manera que si morían en medio del camino cualquier desconocido pudiera darles sepultura.

La chica se conmueve ante ese escenario tan triste del tiempo de la monarquía albanesa. Pero le contesta.

-Quizá tengas razón en lo que se refiere a los reyes pero de cualquier modo todo el mundo tiene necesidad de un poco de fantasía. Un poco de fantasía -repite- mientras que buena parte de los libros actuales son tan aburridos… Con esos héroes de anchas espaldas que no paran de sonreír. ¿No te parece?

El joven albanés argumenta que la revolución tiene su propia belleza y ensalza la figura de Lenin, ante la que reyes, zares, khanes, emires, emperadores, sultanes, califas, papas y demás no eran más que pigmeos.

La chica lo admite. Pero añade.

-Sí, sí, no tengo nada que oponer pero la mayoría de los libros actuales sobre la revolución o sobre Lenin son, cómo diría yo, áridos, insípidos, no sé cómo decir…

-Eso puede deberse a que fue Shakespeare quien escribiera sobre los reyes -le replica el joven- y se queda pensativo.

Fue Shakespeare quien escribió sobre los reyes -reflexiona a continuación-, mientras que sobre la revolución… Por el cerebro del joven desfilan en ese momento la multitud de escritores mediocres, con aquella envidia perpetua grabada en sus ojos (algunos aún envidiaban a Maiakosvski después de muerto), que al escribir tan mal a propósito de la revolución le habían ocasionado no menos daño que regimientos enteros de guardias blancos a los ojos de las nuevas generaciones.

Kadaré da en la diana con ese diálogo, con esas reflexiones. Hacen falta las mejores plumas para que la fantasía no se aliene con otras figuraciones caducas o reaccionarias. Y esas plumas, también las que creen servir a una causa superior, deben construir héroes que susciten con su verdad la atracción, pues es entonces cuando se convierten en iconos de un ideario, nuevos héroes de la clase trabajadora, verdaderos working class héroes, y no esos tipos falsos de cartón piedra, de anchas espaldas y sonrisa permanente que rechaza la chica. Héroes reales, incardinados en la vida y las luchas, para ganar con ellos el espacio de los sueños, de la belleza, de la fantasía.

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