El tren de la memoria

José Ortega en el olvido Uno de los miembros más importantes del grupo Estampa Popular, que indagó en la expresión realista, a pesar de encontrarse en plena eclosión del arte abstracto

Mariano Asenjo Pajares 10/01/2022

“Qué gran sorpresa cuando en una de las salas del museo nos topamos con un cuadro de Ortega, ¡coño!, ¿qué hace Pepe en el Vaticano? Se trataba de una hermosísima ‘madonna’ con el niño en brazos, aunque en realidad era un retrato de su mujer y su hijo” (Domingo Malagón)

Ya hemos advertido aquí, en esta sección, que unas entregas nos llevan a otras, entre ellas se encadenan sin programación ninguna y van sucediéndose en un curioso juego de hermanamientos. Así, la columna de este número fue sugerida por un detalle aparecido en la crónica anterior, ‘La estatua partida’, sobre la vida y la obra del folclorista Agapito Marazuela. En dicha nota salía a relucir el nombre del pintor José Ortega por ser el autor del diseño del cartel que anunció un gran homenaje a Agapito, allá por 1977… Sirva este comentario para presentar a un gran artista, José Ortega, al que la prensa describía con ocasión de su fallecimiento en París, a finales de 1990, como “un auténtico militante de las ideas comunistas”.

Lo primero que es necesario poner de manifiesto es que, seguramente por esas “ideas comunistas”, este año que termina se despide sin recordar que fue en 1921 cuando nació José García Ortega, en Arroba de los Montes, Ciudad Real. Triste centenario pues el de este importante pintor y grabador, amigo de Picasso y de Carrillo, representante del Realismo socialista de la posguerra española y uno de los miembros más importantes del grupo Estampa Popular, que indagó en la expresión realista, a pesar de encontrarse en plena eclosión del arte abstracto.

Siguiendo los pasos de su padre, funcionario de correos, Ortega se trasladó de niño a Madrid y, según comentó en alguna ocasión, ya a los 13 años hacía pintadas en los muros. Tras la Guerra trabajaría en un taller de pintura y decoración, ingresando en 1941 en el Partido Comunista, siendo procesado por actividades políticas y cumpliendo cinco años de prisión. Indultado en 1952, se inscribiría en la Escuela Nacional de Artes Gráficas y en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, logrando obtener en 1953 una beca que le permitiría estudiar en la Ecole Estienne y en la Ecole des Beaux Arts de París. En 1955 se le concedería la Medalla de Oro en el Festival Internacional de la Juventud de Varsovia.

Exiliado en París, trabajó en el taller de Friedlaender. En el año 1963 recibiría la Medalla de Oro del Congreso Internacional de Críticos de Arte, trasladándose en 1964 a Roma, permaneciendo en Italia durante doce años, en donde no solamente atendería a la producción gráfica sino también a la pintura de caballete. Seleccionado en 1965 en el Premio de los Once y el Premio de la Crítica de París, entre 1969 y 1970 trabajó en la realización de los veinte grabados que componen la serie de ‘Los Segadores’, resultado de su investigación donde se combinan las técnicas de la piedra litográfica y del grabado.

En 1976 y tras la muerte de Franco, regresaría a España, exponiendo ese mismo año en Madrid y Bilbao. En 1977 presentó en la librería Tartessos de Ciudad Real la serie ‘Decálogo para la democracia española’. Momentos de cultura austera pero avanzada y comprometida con la realidad de su tierra, momentos que demuestran que la cultura es posible incluso desde la sencillez de los medios y desde las propuestas de calidad. Entre 1980 y 1987 realizó numerosas exposiciones individuales y participó en importantes colectivas europeas. Mientras tanto, fiel a su compromiso político, continuaría su colaboración con el PCE.

Cuando, en 1984 presentó el tríptico ‘El 23-F’, Francisco Umbral escribió sobre él calificándole como “el último grande del tenebrismo goyesco y regoyesco, pasado por el pueblo en sus casas, pasado hasta por las Casas del Pueblo, se me aparece en París, o en la Casa de Campo, en Madrid, donde sea, pañuelo rojo al cuello, desastroso peinado de un demasiado pelo despeinado y negro, con la brillantina de la clandestinidad cayéndole, como a un Cristo / anticristo, en tirabuzones de genialidad. Pepe Ortega es el último romántico de la revolución”.

A su vez, J.M. Caballero Bonald, en su libro Ortega (1966) concluiría: “De esa rigurosa coherencia entre su oficio de pintor y su profesión de hombre, se deriva una de las más útiles y fecundas lecciones del arte español contemporáneo. La pintura de Ortega se ha realizado porque también se ha realizado su intrépido, doloroso, ejemplar programa de vida”.


Cartel de Estampa Popular para la fiesta del Partido Comunista de España. 1977| museoreinasofia.es

Publicado en el Nº 350 de la edición impresa de Mundo Obrero diciembre 2021

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