El rastro tenaz de la clase obreraEn memoria de Luis Méndez

Manuel Cañada Porras 11/01/2022

Ha fallecido Luis Méndez de la Rosa, uno de los más destacados militantes del movimiento obrero en Extremadura y una referencia certera de conciencia y honradez. Hace dos años le hice una entrevista en su casa. Este texto, que toma como referencia aquella conversación, pretende ser un pequeño homenaje a su compromiso constante y a su ejemplo.

Luis nació en Barcarrota en 1937 pero a los pocos años su familia se mudó a Coto Pelayo, una finca ubicada en Aljucén, un pequeño pueblo cercano a Mérida. “Nosotros nos criamos en la finca, en un chozo de hormas, como un horno. Allí vivía, con mis padres y mis hermanos, y además a veces con mi abuela y una prima. En el cortijo estaban el guarda y los pastores, y había de todo. Y también en la estación. Nosotros no fuimos al colegio, ni poco ni mucho. Solo en Mérida, muchos años más tarde, con un muchacho que daba clases, así de mi edad, en una casa particular en el barrio”.

El dueño de la finca Coto Pelayo era un coronel, Antonio Mijares, que se había casado con la hija del primer alcalde franquista de Mérida tras la guerra civil, José García-Pelayo Sáez. Se trataba de una de las familias más ricas de la ciudad. Como botón de muestra dos reseñas del diario Hoy. En la primera, de fecha 22 de julio de 1951, el periódico felicita a la pareja por el natalicio de una “preciosa niña” y en la segunda, de fecha 2 de julio de 1957, el diario informa de la “bendición de la casa-cortijo que en las fincas San Cristóbal y Coto Pelayo poseen los señores Mijares y García-Pelayo”. El acto de bendición, al que ha asistido “toda la servidumbre de la casa y algunos propietarios de las fincas colindantes”, ha sido oficiado por “el director espiritual de la familia, reverendo padre Pietro Cavalli”.

En esos consagrados campos van a consumir sus años de infancia y juventud Luis Méndez y sus hermanos. Allí trabajarán "guardando guarros, ovejas, cabras, pavos… y todo lo que había”. Pero, como señalaba Yimi, el hermano de Luis, “en cuanto a las perras, te daban lo que querían”. Por lo que se ve las bendiciones no alcanzaban al bolsillo ni al techo del porquero y de su prole. Y la familia se mudó a Mérida, al barrio de Las Abadías. El padre trabajará en lo que vaya saliendo, llevando agua o vendiendo petróleo por las casas. Y Luis, que por entonces tiene 17 años, se empleará durante algún tiempo como jornalero en las faenas agrícolas que van saliendo y con poco más de 20 años empezará a trabajar en Forte, la empresa en la que permanecerá más de 40 años, ininterrumpidamente, hasta la jubilación.

El sindicalismo, la forja de un rebelde

“Cuando entré en Forte la empresa estaba recién montada. Yo fui de los primeros que entraron. Al principio estaríamos veinte o veinticinco y luego, años más tarde, llegamos hasta noventa. La empresa tenía factorías en Villena (Alicante) y en unos pocos de sitios más. El dueño, cuando montó la empresa aquí, ya era millonario”, recordaba Luis. El propietario, Bernardo García-Forte, había creado la empresa en 1939, justo al terminar la guerra civil. La primera factoría, en Villena, se dedicaba a vender cemento y a fabricar baldosas hidráulicas. En 1953, al amparo del gobierno franquista, empezó a poner en pie una segunda factoría en Mérida con la finalidad fundamental de abastecer de tuberías y materiales de construcción al Plan Badajoz que daba sus primeros pasos. Más adelante, la planta también producirá terrazos, tejas, bloques o bordillos. Castellón, Cartagena, Murcia o Albacete serán algunas de las poblaciones donde la empresa establezca nuevas fábricas, constituyéndose en una de las punteras del gremio.

“En Forte he estado toda la vida. Yo estaba en una máquina de hacer terrazos. El trabajo era duro y había muchos accidentes”. Luis recordaba con especial amargura algunos de ellos. “A Torremocha, un chaval de Calamonte, le cogió una radial y le serró el pescuezo, la garganta. Se salvó de milagro. Nos vinimos aquí a la residencia de Mérida pero el chaval quedó inválido y encima les engañaron a él y a la familia. Gabino, el jefe de la factoría, le hizo firmar una cantidad ridícula renunciando a denunciar a la empresa”. Como para compensar el desatino, la memoria de Luis recordaba otro accidente grave que al menos no tuvo un resultado tan catastrófico: “Fue a Baltasar, que le cogió un brazo. Pero le operaron en Barcelona, le quitaron carne de las piernas para injertársela en los brazos. En el juicio declaré en contra de la empresa, como que todo lo que decían era mentira, porque la máquina debía tener un suplemento puesto y lo tenía quitado. Al menos este compañero salió bien en lo económico”.

Poco a poco, peldaño a peldaño, el movimiento obrero vuelve a organizarse, también en Mérida y en Extremadura. En 1961 ya afloran los primeros destellos del nuevo enjambre, la huelga del arroz en Don Benito, en las vegas altas del Guadiana, y la emergencia de las primeras comisiones obreras en La Corchera y el Matadero Industrial de Mérida. Una redada policial desarticula el embrión de Mérida y casi 20 trabajadores son detenidos. Manuel González de la Rubia, la pieza más codiciada, pierde el conocimiento durante la tortura. Toca reorganizarse de nuevo, volver a “machacar el esparto”. Pero el nuevo movimiento ya está en marcha, también aquí, en las tierras extremeñas, a pesar de la pedagogía del terror y de la sangría de la emigración. Una nueva generación obrera, que no ha vivido en primera persona la tragedia y la derrota de la guerra civil, empieza a curtirse sindical y políticamente, adaptándose a las nuevas circunstancias, “combinando la lucha legal con la extralegal”, como dirá Marcelino, y uniendo desde ahí al conjunto de la clase trabajadora, apegado a las nuevas formas de organización productiva del capitalismo. Colarse por las grietas del Plan de Estabilización y la ley de convenios colectivos, extender desde ahí el seísmo de las comisiones obreras, eso es lo que apremia. Juan Canet llega a Mérida en 1969. Su despacho de abogado laboralista es, como en otras ciudades, el corazón del movimiento que pugna por abrirse camino, empresa a empresa. Luis Méndez será uno de los líderes naturales de ese movimiento. Un prestigio forjado plantando cara en la empresa, tejiendo solidaridad día a día y, ahora, con la catapulta extraordinaria de Canet, de su pericia jurídica. “Juan Canet no perdía un juicio. Los tenía frititos. Era muy chiquinino pero qué bueno era. Me acuerdo cuando se mató, en el 77, había un pelotilla allí en Forte y le dijo a Ramón Espinosa, que era por entonces el director de Forte: ¡Se ha matado Canet! Y el otro casi daba saltos de alegría”, recordaba Luis con rabia.

Cuando se legalizan los sindicatos, en 1977, ya hay mucha organización obrera que se ha ido hilando durante años. Organización construida generosamente con la entrega de militantes como Quini, el principal responsable del sindicato. “Quini hizo un gran trabajo y conmigo se portó muy bien, incluso desplazándose a Villena, a las negociaciones con la empresa”. O como Carmen Fernández, que “para poder ayudar al sindicato en Las Hilaturas se partió un brazo”. Y otros muchos compañeros y compañeras que, antes y después de la transición, arrimarán el hombro con coraje y desinterés. Luis hablaba con especial cariño de los compañeros de Forte. “Juan, Gaviro, Vicente. Vicente, un compañero extraordinario. Y Casillas, que era un fuera de serie. O Gaviro, el de Valverde. Guardo un gran recuerdo de todos los compañeros”.

Luis Méndez formará parte del Sindicato Unitario entre 1976 y 1982 y desde entonces de nuevo de Comisiones Obreras, la organización en la que se integrarán la mayoría de los afiliados del Sindicato Unitario tras su disolución. También será militante de la izquierda anticapitalista, primero de la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT) y, más tarde, del Partido Comunista de España (PCE) y de Izquierda Unida (IU). Su militancia sindical se centrará fundamentalmente en Forte y el sector al que pertenece, el de derivados del cemento. En septiembre de 1977 es elegido como presidente del Comité de Empresa por sus compañeros. En la misma asamblea los trabajadores de Forte acuerdan una tabla con algunos puntos reivindicativos, entre los que destacan un aumento de 7.000 pesetas para toda la plantilla, poner todos los ingresos en nómina o rechazar las horas extras. La mejora del convenio de derivados del cemento será el marco habitual de las luchas, con asambleas masivas de trabajadores, decidiendo las plataformas reivindicativas desde abajo. La combinación de negociación y movilización rinde sus frutos. Y así los avances en la negociación colectiva, tanto en los aspectos económicos como sociales, serán casi incesantes en esos años.

Integración del Sindicato Unitario en Comisiones obreras

En abril y mayo de 1989 se va a producir otro momento álgido de lucha, con una convocatoria de nueve días de huelga en solitario por parte de CCOO. Forte, Mariñas, Moreno, Nervión Guadiana o Terrazos Villa son algunas de las empresas que mantienen una posición más dura. El yerno de Luis, Manuel Collado, que también trabajaba por entonces en Forte, recuerda cómo el empresario de Hormigones Castelló quería boicotear la huelga y amenazó al piquete informativo: “Aquí os voy a esperar con una escopeta”, decía. “Pues vas a llevarte a uno o dos pero luego fíjate los que vamos a venir”, le contestó Luis. Se viven días de tensión. Un piquete informativo del que forma parte el protagonista de nuestro relato es detenido en Puebla de la Calzada. Pero el incidente más grave se producirá en Mérida: el empresario de Terrazos Villa intenta arrollar al piquete informativo con un camión y Valentín Díaz, un joven trabajador de Forte, sufre heridas graves. El día 5 de mayo se firma el convenio que incluye entre otros avances una importante subida de los salarios. Luis Méndez declara: “Este es un convenio que ha estado rociado de sangre pero que al fin hemos ganado”. Y llama a los trabajadores a estar vigilantes para garantizar que se cumpla. Esta huelga, junto a la de los yeseros y escayolistas, supondrá una inyección de moral para el conjunto de los trabajadores de la construcción en la provincia. Alicatadores, soladores, pintores, ladrilleros, uno a uno irán saltando los subsectores de la construcción culminando en la huelga general del sector al año siguiente. Joaquín Vega, otro extraordinario sindicalista, y los nuevos activistas que van surgiendo, acompañarán a Luis en esa nueva fase.

Coraje, unidad, tenacidad, ese es el estilo que Luis Méndez imprimía a la brega sindical. Una anécdota sobre la pugna con los jefes quizá puede ilustrar esa singular concepción que puede sonarnos hoy extemporánea por inusual. “Cuando Ramón Espinosa dejó la dirección de Forte en Mérida le sustituyó Gabino Ruíz. Él era de Villena, había estudiado la carrera de ingeniero industrial con los hijos de Forte. Por eso le mandaron aquí. El jefe anterior, Ramón, no tenía contacto con los trabajadores pero tampoco era malo, era un tío serio, que había que respetarlo. Pero este Gabino era un putas, un tío que se las venía dando de izquierdas. Yo le tiraba al cuello. Recuerdo una vez que teníamos una reunión del comité de trabajadores con la empresa. Entramos y todos los de la oficina estaban allí sentados. Entonces le dije: Vamos a ver, Gabino, quién es aquí el jefe de la empresa. Yo, me contestó. Pues entonces esta gente ¿por qué está aquí? Yo puedo traer también a todos los de la fábrica. Estos vienen porque cada vez que hablamos me insultas, me decía, con muchas eses. Yo solo te digo la verdad y si estos señores se quedan ahí nosotros levantamos el acta ahora mismo y nos vamos”. No había podido ir siquiera a la escuela pero conocía al dedillo los matices y recodos de la lucha de clases.

Urgencia de la honradez y de la clase trabajadora

Los dos actores decisivos que quedaron fuera del gran pacto de la transición fueron el exilio y “esos que no sabemos quiénes son pero que entonces llamábamos la clase obrera”. Eso decía Rafael Chirbes allá por 2009. Bastaría con asomarse a la hemeroteca del tardofranquismo o de los primeros años de la transición para comprobar hasta qué punto es cierta la afirmación del gran escritor valenciano.

El paso de los años no ha hecho sino profundizar aquella marginación histórica. Tras la transición, la clase trabajadora, que había constituido la vanguardia reivindicativa y ética contra el franquismo, fue arrastrada fuera de la escena. En la década de los noventa, felipismo y aznarismo mediantes, pasó de sujeto de transformación a mero público espectador del retablillo de maravillas neoliberal. Y después sencillamente la desaparecieron. Dos conceptos vinieron a sustituir la idea de clase trabajadora: clase media, por arriba, y exclusión social, por abajo. “Un colectivo disfuncional y excluido en lo más bajo y luego el feliz resto de todos nosotros”, como escribía con ironía Owen Jones. O morralla o clase media, tú eliges.

El ejemplo de Luis Méndez y de los militantes del sindicalismo de clase de los setenta nos habla de otro imaginario y de otra realidad posible. Hubo un tiempo no lejano en el que la clase trabajadora -o amplios sectores de ella- se resistía a jugar un papel subalterno, no repetía como papagaya la cantinela de la meritocracia ni asumía como único camino posible la delegación representativa. La experiencia de Luis nos habla de otro tipo de sindicalismo. Las Comisiones Obreras de esa época fueron capaces de organizar “una nueva morfología de la conflictividad”, dice Xavi Domenech. Y para ello desarrollaron un sindicalismo de nuevo tipo, asambleario, combativo, que unía a la clase trabajadora en las empresas y en los barrios, en las madrigueras de la producción y en el territorio. La extraordinaria historia de lucha obrera en España, de las CCOO de esa etapa, de lo que representó la CNT del primer tercio del siglo XX o de lo que supuso la Federacion de Trabajadores de la Tierra durante la primavera del Frente Popular, quizás puedan ser un manantial que nos ayude a enfrentarnos a la precariedad, convertida hoy en piel constituyente y vida cotidiana de la clase trabajadora.

Luis Méndez no era hombre de sesudas elaboraciones teóricas. Pero tenía un arma mucho más eficaz que el mejor discurso: el ejemplo, la propaganda de los hechos. “Un acto puede, en unos pocos días, hacer más propaganda que miles de panfletos”, escribió Kropotkin. La honradez, la renuncia a los privilegios, la resistencia a dejarse engullir por el clientelismo. Encendamos en el ejemplo de Luis Méndez y de tantos otros compañeros y compañeras la chispa de lúcida rebeldía que necesitamos.

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