Documentos para un centenario PCE 1921-2021El triunfo de la reforma desde arriba frente a la ruptura democrática. Editorial de Nuestra Bandera (enero de 1977)

Francisco Erice 07/03/2022

Presentación de Documento nº 63.

Los últimos meses de 1976 consagran de manera definitiva el triunfo de la reforma desde arriba frente a la ruptura democrática hasta entonces defendida por el PCE. El partido rechazará inicialmente la propuesta de Ley para la Reforma Política presentada por Adolfo Suárez, invocando de nuevo la necesidad de un gobierno provisional y de la ruptura democrática; pero al propio tiempo, no negará la posibilidad de negociar y mantenía contactos indirectos con el presidente del gobierno por la persona interpuesta del periodista José María Armero.

Mientras tanto, el PCE intensificaba su política de “salida a la luz” y de conquista de espacios de libertad, con la conciencia creciente del riesgo de quedar marginado y en la ilegalidad en el proceso de cambios. Tampoco se abandonó del todo el impulso de la movilización como factor de presión para el cambio. El intento de no perder del todo la iniciativa culminó en la huelga general de 24 horas convocada para el 12 de noviembre por la Coordinadora de Organizaciones Sindicales (Comisiones Obreras, UGT y USO), que ha sido calificada como un “empate de debilidades”, con un seguimiento importante, pero insuficiente para los cálculos y estrategias de la oposición.

El día 23 de noviembre, en un molino Guadalajara, se reunía por primera vez en el interior el Comité Ejecutivo del PCE. Mientras distintos componentes del órgano volvían a plantear la vía de la ruptura, la intervención de Carrillo sugería de manera nada opaca que la Ley de Reforma tenía ya parte de ruptura y que se trataba ahora de jugar en ese terreno, pese a la defensa moral de la abstención en el referéndum sobre la misma que se celebraría el 15 de diciembre y en el que el PCE, como las otras fuerzas de la oposición, preconizaría la abstención. El resultado oficial de la consulta, con el gobierno controlando todos los resortes de la campaña y del recuento, fue obviamente el previsible, añadiendo un nuevo balón de oxígeno a las posiciones de Suárez. Lo que quedaba ya para negociar era básicamente la legalización del partido, pero la capacidad negociadora de la Comisión elegida por las fueras opositoras, en la que Simón Sánchez Montero representaba al PCE, se mostró verdaderamente escasa, ante un gobierno que dividía hábilmente a las distintas fuerzas con un tratamiento diferenciado, favorable al PSOE en el caso de la izquierda. De ese modo, los socialistas eran autorizados a celebrar, en diciembre, su primer congreso legal en España. En cambio la detención de Carrillo en Madrid, el día 22 de diciembre, pese a su puesta en libertad unos días más tarde, no supuso medidas explícitas equivalentes de reconocimiento del partido; y ello a pesar de que el PCE multiplicaba sus gestos de moderación, como la vaga promesa de un pacto social (aunque se rehuyera ese término) para afrontar la crisis económica.

El texto que presentamos, el editorial de Nuestra Bandera en su primer número de la nueva etapa (enero de 1977), debe entenderse en ese contexto, en el que la batalla por la ruptura parece ya definitivamente abandonada y sólo queda, como alternativa, la lucha por la legalización del partido y la preparación para actuar en el nuevo escenario preelectoral.

De hecho, el texto de Azcárate reconocía que en la nueva etapa debían centrarse los esfuerzos en el reconocimiento legal del pluralismo político y en las próximas elecciones, pugnando por dotar al nuevo parlamento de poder constituyente. Azcárate consideraba esta situación como un éxito del “pacto para la libertad”, al que -prefigurando la política de la transición- calificaba como un acuerdo de convergencia “de una duración más o menos larga”, entre la clase obrera y otros sectores populares, y “una parte considerable del capitalismo español”. La política de pactos había conseguido sus objetivos -afirmaba Azcárate-, pero en cambio -reconocía- “su plasmación concreta, sus formas, se perfilan de una manera diferentes como las habíamos previsto”.

El gobierno de Suárez había logrado cambiar la correlación de fuerzas dentro del bloque dominante, consiguiendo alumbrar un proyecto verdaderamente reformista desde el régimen, y tendiendo a establecer “con un mínimo de ruptura”, un sistema político pluripartidista, “si bien recortando en todo lo posible la democracia y privilegiando a los sectores de derecha, con el objetivo de conservar, en otro marco político, la dominación de los monopolios capitalistas”. La lucha no se dirimía ya entre democracia y dictadura, sino entre democracia “plena” y democracia “cercenada”. Pero ahora la distinción apenas recordaba la de la “vía democrática” y la “vía oligárquica” de los viejos tiempos del debate con Claudín y Semprún, que en cierto modo recibían el reconocimiento de sus tesis y sus dudas anteriores. La diferencia no radicaba ahora en una democracia con ruptura y cambios avanzados frente al continuismo posfranquista, sino en la mera legalización del partido como nuestra de la autenticidad de los cambios. El movimiento popular iba arrancando “momentos de ruptura dentro de la reforma”. Porque “la iniciativa histórica sigue estando del lado de la oposición democrática, y principalmente de las fuerzas obreras y populares”. Pero una actitud intransigente del PCE exigiendo la inmediata eliminación de los restos franquistas antes de las elecciones supondría arriesgarse a perder “el tren de la realidad”.

El texto de Azcárate refleja, en definitiva, más allá de su envoltura retórica, el reconocimiento del hecho de que se había pasado de la ruptura democrática a la “ruptura pactada” y, finalmente, al triunfo de la reforma, arrumbando de paso las previsiones del esquema elaborado por el PCE a lo largo de más de una década.

Otro aspecto de interés es que Azcárate anticipaba de alguna manera la línea del partido en la Transición, la política de “concentración democrática”, para imponer las libertades políticas, dotar a España de una Constitución y pactar una política económica “responsable” con los problemas del país.

Tras esta primera parte, el texto se centraba en el papel de la revista teórica del partido en los debates sobre el marxismo y su traslación política, recuperando la capacidad creativa de esta teoría frente a un marxismo-leninismo “convertido en ideología”. El nuevo partido que salía de la reunión de Roma (julio de 1976) era ya el de la “vía democrática al socialismo”, “superando” las “células” con el desarrollo de las “agrupaciones” y democratizando sus estructuras. Un partido que, además, alardeaba de ser independiente de cualquier tutela internacional, y especialmente de la URSS, que el responsable de Nuestra Bandera no se recataba en criticar por sus limitaciones a las libertades.

Aunque no utiliza el término, Azcárate concluye su presentación con un canto a lo que empezará a denominarse “eurocomunismo”, subrayando los acuerdos con el PCI en Livorno y la proximidad a las propuestas de otros partidos comunistas de Europa occidental y el Japón.

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