Sin cadena

La primera guerrilla vasca Los maquis que confiaban en los aliados contra la dictadura de Franco

Miguel Usabiaga 19/03/2022

En la historia de la lucha antifranquista, el capítulo del maquis es el menos tratado, el más olvidado. Incluso entre nosotros. Por fortuna se superaron aquellos libros de historia en los que los guerrilleros eran tildados de bandoleros y tenemos algunos ensayos de interés como La frontera salvaje de Fernando Hernández Sánchez. También alguna novela estupenda, como Luna de lobos de Julio Llamazares, y alguna película, como Silencio roto de Montxo Armendáriz. Pero en general las obras sobre los guerrilleros antifranquistas son escasas y su lucha queda retratada como un elemento accesorio, fragmentado, sin continuidad histórica. Quizá sea así porque el haberse enfrentado a Franco con las armas es un modelo que se asemeja más a la ruptura con el régimen, que nunca se produjo, que a la reforma gradual de la llamada Transición.

Los comunistas fueron los artífices de esa guerrilla, haciendo gala de una aportación política propia, creativa, original, como fue casi siempre en la historia el pensamiento orgánico del PCE. Una lucha armada que era contra Franco pero que continuaba la que la resistencia había desplegado contra Hitler y Mussolini.

En ese contexto hay que comprender la estrategia del PCE en 1944 de impulsar un movimiento guerrillero unitario, al que llamó UNE, Unión Nacional Española. La elección de ese nombre permite entender que se trataba de un movimiento que quería abarcar a todas las fuerzas antifranquistas, incluso con la pretensión de arrastrar alguna disidencia dentro de las propias fuerzas políticas y militares del régimen. La estrategia no consistía en derrotar militarmente a Franco sino en conectar la lucha de los guerrilleros dentro de España con la II Guerra Mundial.

En 1944 la guerra contra Hitler ya ha cambiado de sesgo y se percibe que los aliados van a vencer. En Francia, la resistencia, en la que han tenido un papel muy relevante los miles de republicanos españoles, ha conseguido derrotar a los nazis en el sur del país y expulsarlos hacia el norte en retirada. Hay ciudades liberadas completamente por republicanos españoles, como Albi. Y en otras, su valor, su experiencia en el combate adquirida en la guerra civil, fue decisivo, como en la liberación de París en cuya vanguardia marcharon nuestros republicanos. Ese punto de inflexión de la guerra mundial llenó de optimismo a los republicanos que combatieron con la resistencia y ese fue el error de toda la operación del maquis español.

Gobernados por la euforia del triunfo, los republicanos que llevaban cinco años en Francia, tres de ellos combatiendo, desconocían la realidad española. Y pensaban que el pueblo iba a apoyar a los guerrilleros como los franceses. Obviaban que la lucha en Francia tenía otras características: se producía contra el ejército de un país invasor, lo que galvanizaba a la población, mientras en España reinaba el miedo, tras cinco años de dictadura, con miles de presos en las cárceles, y no se podía contar con la ayuda de casi nadie. Era un país que no tenía nada que ver con el de la República. Como diría Bertolt Brecht, a través de la violencia y la represión el gobierno franquista había cambiado de pueblo.

El desastre de los once valientes

A menudo se produjeron tensas discusiones entre los que llegaban a Francia, huidos del país o fugados de alguna cárcel, y aquellos que llevaban allí varios años y dirigían la nueva estrategia de entrar con un movimiento guerrillero. Este debate asoma en el acontecimiento más conocido, el de la invasión del valle de Arán, en octubre de 1944, por un ejército de cuatro mil guerrilleros. Aunque por cuestiones de la orientación ideológica de la historiografía contemporánea se ha asignado al comunista navarro Monzón el acierto estratégico y a Carrillo, que llegó para poner freno, el desacierto, parece que un análisis de la realidad española del momento indicaría lo contrario. Más allá de otros errores o aciertos futuros de ambos. El denominador común, no obstante, entre ambas sensibilidades, los de Francia y los del interior, estaba en la profunda convicción antifascista compartida de que había que enlazar la lucha armada dentro del país con la II Guerra Mundial para que los aliados ajustaran también las cuentas a Franco tras la victoria.

Y ese es precisamente el foco con el que se ilumina el movimiento de los maquis en mi libro La primera guerrilla vasca (*). En lugar de en un análisis global, el libro se centra en el estudio pormenorizado del grupo de once guerrilleros, diez hombres y una mujer, que en noviembre de 1944 desembarcaron en Hondarribia a bordo de dos lanchas que habían partido desde la cercana Hendaye en Francia. Se analiza el operativo bajo el prisma de uno de los guerrilleros, el comunista Marcelo Usabiaga, mi padre, que había llegado un mes y medio antes a Francia, fugado de un destacamento penal español, preso desde el final de la guerra civil. Conoce bien el ambiente en el interior y a través de su óptica asistimos al debate entre su realismo y el voluntarismo desmedido que se impone en la dirección de los guerrilleros. También vemos cómo, a pesar de las discrepancias sobre la situación española, la disciplina comunista de Marcelo, ejemplo de tantos otros, le hace incorporarse a la guerrilla porque se siente sobre todo un luchador antifascista y comparte la estrategia superior, la de la necesidad de la existencia de una cabeza de playa de lucha armada antes de que acabe la guerra mundial, para que las potencias occidentales no se desentiendan de la libertad en España.

Torturados por Melitón Manzanas

La organización de la operación es desastrosa. Guiada por ese voluntarismo extremo, descuida las más elementales reglas de la lucha clandestina. Cuando los once guerrilleros se presentan en San Sebastián no tienen ni un piso de acogida. No se habían asegurado los puntos de apoyo, los enlaces y los refugios ni para los primeros momentos. Traían una lista de posibles colaboradores que a la hora de la verdad resultó inútil porque nadie les quiso dar cobijo. Como Marcelo les había advertido. Resulta dramática la imagen de dos grupos, de cinco y seis guerrilleros, deambulando a las once de la noche en noviembre por las calles desiertas de San Sebastián, con una pistola y una bomba de mano debajo de sus abrigos, sin encontrar refugio.

La caída de todo el grupo se produjo pocos días después y con ellos los de la lista de supuestos apoyos aunque no hubieran participado. Es Melitón Manzanas, el conocido torturador de la BPS, quien detiene a Marcelo y a parte del grupo y les martiriza. Su sadismo tiene predilección por un método: después de las palizas de los guardias, les ordena desnudar los pies del detenido y, calzado con gruesos zapatos, salta y salta sobre los dedos hasta reventarlos.

En el Consejo de Guerra celebrado en el verano de 1945 en San Sebastián, el comandante del grupo, Pedro Barroso, toledano, fue condenado a muerte. Se consiguió movilizar a alguna personalidad en su favor, como al nacionalista vasco Lecaroz, antiguo director del diario El Día durante la República. Hizo gestiones al más alto nivel, aduciendo que no tenían delitos de sangre. Sus gestiones para reclamar el indulto llegaron hasta el Papa. Esperando su respuesta, necesitando ganar tiempo, esgrimió que no quedaría bien fusilar en San Sebastián en verano, cuando allí estaban Franco, parte del Consejo de Ministros y diplomáticos extranjeros. El régimen fue sensible a este argumento y llevaron a Barroso a Vitoria, donde lo fusilaron en septiembre de 1945.

(*) La primera guerrilla vasca. Miguel Usabiaga. Colección de Narrativa. Ediciones Irreverentes. Archivo Republicano Marcelo Usabiaga. Diputación Foral de Gipuzkoa.

Publicado en el Nº 353 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2022

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