Esperando a los bárbaros

La calima del malestar Si no hay una política decidida, clara, contundente, de izquierdas, puede empezar a crecer una hegemonía neofascista sobre los vacíos actuales del desierto o la tundra

Felipe Alcaraz Masats 17/04/2022

La calima lo impregna todo, y lo hace sordamente, sin que nadie la vea caer, aunque no es incolora. La calima es un polvo que procede de las arenas rojizas del desierto (soledad y sofoco, pérdida de orientación y de identidad). A veces la calima es blanca, como la nieve, y tiene este color porque procede de Siberia (soledad y aislamiento, frío y pérdida de esperanza).

Nota al paso: la calima de Siberia es una metáfora, no existe materialmente, pero sí realmente, y nos provoca una sensación de lejanía, de castigo, de frialdad, de que alguien te castiga porque ha dejado de considerar que tu existencia tiene sentido, o que alguien te extradita porque no sabes soportar con resignación y silencio los sinsabores del pan nuestro de cada día.

Pues bien, dadas las condiciones diarias, estamos sufriendo una calima persistente, y se nota no solo por el ruido que provoca en los afectados, sino también por sus silencios (algo de esto le he oído a la vicepresidenta-camarada Díaz), esos silencios clamorosos que siempre sabe detectar el buen político. Es preciso recordar lo que la política a veces tiene de arte.

Aunque más que arte se trata de una capacidad de observación sobre una realidad evidente que a veces oculta las cosas sin demasiado esfuerzo ante nuestra pereza mental. Por ejemplo, el otro día, para resguardarme de la lluvia, entré en un bar restaurante que tenía muchas mesas y sillas apiladas cerca de la puerta. Oí una conversación entre una mujer joven que acababa de entrar y el que parecía ser el dueño o encargado, tras la barra.

-¿Me cambio? -preguntó la mujer joven en un tono algo inseguro.

-No -le respondió el dueño-encargado-. ¿Es que no ves que está lloviendo? No vamos a instalar las mesas y las sillas.

-¿Vengo mañana?

-Tú misma. Miras al cielo y verás la lluvia, entonces no. Si hay algo de sol, te vienes.

Es decir, que aquella mujer trabajaba de camarera -no sé con qué tipo de contrato- si hacía sol y podía servirse en las mesas de fuera. Y, por tanto, solo cobraba ese día. Me pregunté qué tipo de contrato laboral sería aquel, o, más bien, que tipo de no contrato. Y reflexioné sobre esos héroes de la hostelería que mantienen la “industria turística” (sic) sobre sus espaldas y sobre la escasez de sus salarios; escasez de sus salarios y abundancia de sus jornadas laborales. Y reflexioné también sobre el malestar más o menos difuso, sobre el cabreo, más o menos explosivo, sobre la resignación, más o menos dolorosa, que pueden estar invadiendo a los héroes de la industria turística.

A esta calima rojiza o blanca me refiero. A una calima extensa e intensa, persistente, que afecta a tantos sectores, cuyos pacientes, a gritos o en silencio, observan, queramos que no, la política (de los políticos) para saber qué van a votar o si se abstienen, o si es preciso sindicarse, o qué movilizaciones es preciso convocar para participar en ellas, o no participar en nada porque todos son iguales.

Y sobre esta calima, si no hay una política decidida, clara, contundente, de izquierdas puede empezar a crecer una hegemonía neofascista apoyada en un archipiélago de valores tradicionales, muchos de ellos de la etapa franquista, en los que refugiarse frente a los vacíos actuales del desierto o la tundra. En los que refugiarse o bien esgrimir para intentar salir de una situación que se ha agravado mucho en el último periodo.

¿Por qué crece tanto la ultraderecha en Europa? ¿Por qué se desarrolla al par que decrece y aun desaparece en algunos países la izquierda transformadora? Una de las explicaciones estriba en esta especie de filosofía garbancera que acabo de exponer (no quiero elevarme a teorías sociológicas sobre el populismo o a las formas posmodernas que es preciso rellenar con nuevas fórmulas que superen los axiomas oxidados del comunismo). Solamente he querido exponer mi experiencia, un día de lluvia, sentado en una esquina de la barra, como podría reproducir los debates a los que he asistido en autobuses o en bares de barrio.

Por cierto, en el bar más cercano de mi barrio durante mucho tiempo, desde luego a lo largo de toda la etapa de la pandemia, el café costaba un euro; el otro día lo subieron a un euro con veinte. Un euro con veinte aumenta en un 20% los treinta cafés mensuales con media tostada que muchos/as toman. Claro, que podrían dejarlo. Pero muchos/a no son nada sin ese café diario y sin la charla que le sirve de guarnición. No sé si me explico. Creo que no. Alguien puede estar pensando que antes yo daba discursos con más enjundia.

Publicado en el Nº 354 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2022

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