Caldo de pollo

El esclavista Jefferson La mentira presidencial del pueblo elegido en el imperio de la libertad

Higinio Polo 01/05/2022

El tercer presidente de Estados Unidos, Jefferson, que sigue recibiendo honores en su país, era un esclavista, hijo de una de las familias más ricas de la colonia. Redactó la declaración de independencia, recordado en el epitafio de su tumba que él mismo escribió, y como los anteriores presidentes, Washington y Adams, es presentado en Estados Unidos como el ejemplo de gobernante justo, con ese patriotismo de sarcófagos que es siempre una mentira. La tradición norteamericana lo alaba también como un demócrata pero estaba lejos de serlo.

Abogado de los ricos virginianos, cuando los colonos británicos iniciaron la rebelión contra Inglaterra Jefferson tenía unos 187 esclavos y cinco mil quinientas hectáreas agrícolas en Virginia, que no consiguió hacer productivas pese a que en su biblioteca de Monticello tenía muchas obras agrarias y más de seis mil libros. Después se enriqueció y llegó a tener seiscientos esclavos. Frente a Adams, fue elegido presidente por el Colegio Electoral por escaso margen y porque los estados del sur tenían un abultado número de electores ¡gracias a que contabilizaban a los esclavos negros que no tenían derecho al voto! Desconfiado, durante su presidencia Jefferson prohibió por ley que los negros pudieran trabajar en el servicio de Correos. Antes fue embajador en Francia en vísperas de la revolución de 1789: vivió en París atendido por sus esclavos y se hizo un ilustrado.

El negocio de los hijos de las esclavas

Hablaba de Estados Unidos como del “pueblo elegido de Dios” y era profundamente clasista, como George Washington, que consideraba que solo los pobres debían servir de soldados en la infantería. Para conseguir enrolar blancos en el ejército, su estado de Virginia decidió que cada uno que se alistara recibiría un esclavo negro como premio. La educación pública secundaria debía reservarse a los más competentes, aunque Jefferson quería que veinte chicos pobres lo hicieran también y para ello había que “sacarlos de la basura”, dejando al resto en la ignorancia y la miseria. Despreciaba a los pobres y cuando otorgó vigor a los indígenas de América lo hizo más bien para exaltar a su país, y para deshacer la estampa que había descrito Buffon del continente como una tierra de pantanos insalubres e indígenas monstruosos, más que por aprecio a los pueblos nativos que después Estados Unidos exterminaría.

No deja de ser curioso que en 1785 Jefferson soñase con que Estados Unidos acabase siendo como China, que no se sometía a las manufacturas y al comercio europeos, aunque él no quería que en Norteamérica se desarrollasen esas fábricas sino las granjas y el cultivo de la tierra. Quería limitar la conversión de los más afortunados en una nueva aristocracia pero se negaba a ver la realidad, afirmando que no había un mendigo en todo el continente, e hizo circular en Europa la noción de que no había clases en Estados Unidos, una falsedad tan obvia que le obligaba a no mirar a los desesperados de su tierra.

Jefferson tuvo seis hijos con su mujer y cinco o seis más con una esclava suya, Sally Hemings. Y un vicepresidente que se llamaba Clinton. Creía que la democracia americana debía inspirarse en la gran arquitectura griega y romana: se consideraba heredero de aquellas grandezas. Volvió montando a caballo de su toma de posesión, recibía con ropas ajadas a las visitas y diplomáticos que iban a la casa presidencial y contabilizaba a sus esclavos como si fueran ganado, valorando más a las esclavas porque podían tener hijos y aumentar así su riqueza: esos niños podían venderse. Entre los blancos despreciaba sobre todo a los capataces que controlaban a los esclavos y los calificaba de “materia fecal”. Casi parecía tener buen corazón haciendo responsables a los capataces de la infame vida de los esclavos… olvidando que los responsables eran los amos; entre ellos, él mismo. Su idea de la democracia era exclusivamente para los suyos: hijo de ricos hacendados agrícolas, impuso que el derecho a voto fuera solo para los propietarios.

Su peculiar idea de la libertad y de la resistencia ante el gobierno le llevó a escribir lo siguiente: "¿Qué significan unas cuantas vidas perdidas en un siglo o dos? De vez en cuando, el árbol de la libertad debe ser regado con la sangre de patriotas y tiranos. Es su abono natural". Porque Jefferson habló de Estados Unidos como del "imperio de la libertad" mientras sus esclavos seguían llevando los grilletes. Sobre esa mentira se construyó el país y en Monticello, en la mansión que construyó conjugando su amor por Palladio con la esclavitud, guardan y honran ahora su memoria.

Publicado en el Nº 353 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2022

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