Sin cadena

Clara Clara Campoamor murió en el exilo pero sus restos descansan en San Sebastián, ciudad en la que defendió en el juicio a su hermano y a los compañeros que se levantaron por la República en diciembre de 1930

Miguel Usabiaga 22/05/2022

En el 50 aniversario del fallecimiento de Clara Campoamor, dedico este espacio para recordar alguno de los pasajes menos conocidos de su vida. Uno de ellos es su huella en la ciudad de San Sebastián, a la que le unía un vínculo afectivo, pero también político.

Clara llegó a esa ciudad a sus 22 años por motivos laborales, destinada como funcionaria en el Cuerpo de Correos y Telégrafos, un puesto en el que trabajará durante cuatro años, entre 1910 y 1914. Es una etapa en su vida que podríamos llamar aún de formación; por no haber concluido sus estudios de bachillerato, que había abandonado para trabajar en Correos. En 1914 dejó la ciudad de San Sebastián y se fue a Madrid, donde, tras terminar sus estudios inconclusos de bachiller, los prosiguió en la Facultad de Derecho, licenciándose como abogada. En San Sebastián dejó muchos amigos, y su único hermano, el periodista Ignacio Campoamor, por lo que eran frecuentes sus viajes de visita a esta ciudad.

A comienzos del año 1931, ya licenciada como abogada, tuvo ocasión de regresar a San Sebastián con otro motivo, el de defender a su hermano Ignacio Campoamor, y al resto de miembros del Comité Revolucionario de San Sebastián. Entre ellos el médico Pepe Bago, el periodista Manuel Andrés Casaus, y José María Amilibia. Ese Comité, como uno similar formado en Irún, preparó el asalto al Gobierno Civil de San Sebastián en diciembre de 1930, en el intento de sublevación republicana. Todos eran miembros de la IRYA, Izquierda Revolucionaria y Antiimperialista, un partido formado por Irene Falcón, secretaria posterior de Dolores Ibárruri, y su entonces compañero, César Falcón. El asalto resultó un fracaso.

Asalto al Gobierno Civil de San Sebastián en diciembre de 1930

En el Ensanche donostiarra se encontraba el edificio del Gobierno Civil, en una villa rodeada por un jardín arbolado, y encintado el conjunto por una alta verja metálica que privatizaba la entrada. El 15 de diciembre de 1930, en la intentona de huelga general insurreccional para derribar a la monarquía e instaurar la República, planificada por las fuerzas republicanas y de izquierdas para saltar al unísono en todo el país, uno de los focos estuvo en este lugar de San Sebastián. Un grupo de iruneses, capitaneados por Manuel Cristóbal Errandonea, Antonio Ortega, Ramón Ormazábal, militantes también de la IRYA, y que luego evolucionaron al PCE; toman el tren en Irún y se presentan en San Sebastián. En la capital, coordinados con el grupo de la IRYA donostiarra, se dirigen hasta la sede del Gobierno Civil. Antes han cortado, provistos de hachas, las comunicaciones telefónicas y telegráficas del Gobierno, para evitar que desde dentro soliciten ayuda. Son las seis y media de la mañana, aún no ha amanecido, y el tiempo es horrible, diluvia y truena. El grueso del grupo se oculta tras los árboles de la calle, mientras uno de ellos se acerca al guardián de la puerta, para sondear el panorama. Consigue establecer un diálogo con él, para entretenerlo, y mientras eso ocurre, la veintena de hombres armados que permanecían escondidos se lanzan al asalto. Comienza un tiroteo. Se dice que llegaron a tomar el palacio brevemente pero que escaparon al saber que el movimiento no triunfaba en el país; aunque el gobierno sostuvo que fueron rechazados. Huyen y se dispersan, perseguidos, entre disparos, que son confundidos por la lluvia y los truenos. En la refriega, dos guardias caen muertos, el sargento Emilio Montero, y el guardia de seguridad Modesto López.

El movimiento fracasa en el conjunto de España, porque le falta sincronización entre las distintas fuerzas y focos. En Jaca se sublevan los capitanes Galán y García Hernández, que ponen a las tropas en marcha hacia Barcelona, pero son derrotadas en Ayerbe, cerca de Huesca. Los capitanes de Jaca no fueron secundados por otras ciudades, guarniciones, como habían previsto, pero no bien organizado. Sólo Cuatro Vientos y sus aviones en Madrid se suman, más algunas acciones esporádicas, civiles, como la de San Sebastián.

En las horas y días siguientes son detenidos los dirigentes del asalto donostiarra, entre ellos Cristóbal Errandonea, Antonio Ortega, Ramón Ormazábal, José Bago, Ignacio Campoamor y Manuel Andrés Casaus. Clara Campoamor los defiende. El fiscal pide penas de muerte para ellos, pero no llega a dictarse ninguna sentencia, por la caída del régimen, al proclamarse la República el 14 de abril del 1931, que los absuelve y pone en libertad.

Madre de la Constitución

Es necesario recordar la trayectoria posterior de Clara Campoamor. Es elegida diputada en las primeras elecciones tras la proclamación de la República, el 28 de junio de 1931, por el Partido Radical de Lerroux, aunque hasta hacía poco tiempo había sido una activista de Acción Republicana, con Azaña. Forma parte del equipo de 21 diputados redactor de la nueva constitución de la República. Allí lucha por establecer la no discriminación por razón de sexo, la igualdad jurídica de los hijos e hijas habidos dentro y fuera del matrimonio; por admitir el divorcio y el sufragio universal, a menudo llamado “voto femenino”. Logra todos sus propósitos, excepto el “voto femenino”, que deberá pasar por la aprobación directa del Parlamento.
Ella es la defensora a ultranza del voto femenino sin limitaciones, la única, por encima de sus otras conocidas compañeras parlamentarias, de Victoria Kent, del Partido Radical Socialista; y de la actitud titubeante de Margarita Nelken, del PSOE, donde Indalecio Prieto se ha manifestado abiertamente en contra; porque ven riesgos para la izquierda en el voto femenino. Clara Campoamor no admite compromisos, fuerza el debate de principios. Su posición vence finalmente, y el 1 de octubre de 1931 se aprueba, por 161 votos a favor y 121 en contra el sufragio universal con igualdad de sexos.

Se niega a delatar a sus compañeros masones y vuelve al exilio

Cuando el Partido Radical, donde militaba, se escora hacia la derecha, lo abandona, y solicita el ingreso en Izquierda Republicana, un ingreso que es rechazado. Clara, enfadada e indignada por este hecho, escribió como respuesta su libro “Mi pecado mortal. El voto femenino y yo”. Tras la guerra se exilia, primero en París, luego en Buenos Aires, donde pasará diez años, trabajando en un bufete de abogados. A comienzos de los cincuenta, Clara regresa a Madrid, porque desea volver a vivir en España. Se dirige a las autoridades con una carta de recomendación de Concha Espina. Desde el gobierno le comunican que puede optar entre una condena de 12 años de cárcel o quedar libre si proporciona los nombres de sus antiguos hermanos en la masonería. Parece que Clara, cuando ingresó en el Partido Radical de Lerroux en 1931, también ingresó en la masonería. Clara se dirige directamente al aeropuerto y vuelve a la Argentina, de ninguna manera acepta el chantaje de la delación. En 1955 abandona Buenos Aires, y se instala en Lausana, Suiza, en casa de su amiga y colega Antoinette Quinche, colaborando en su bufete de abogados hasta que se queda ciega. Tiene ya 67 años. No regresará nunca a su patria.

Fallece el 30 de abril de 1972, en Lausana. Deja su última voluntad: que sus restos reposen en San Sebastián, por los profundos vínculos afectivos que le unían a esta ciudad, a los que se sumaba el hecho de que se encontraba en ella el 14 de abril de 1931, cuando se proclamó la República. Y cumpliéndose su deseo, es en el cementerio de San Sebastián, donde fueron depositados sus restos, en el panteón de los Monsó Riu por ser Clara madrina de la familia.

Publicado en el Nº 355 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2022

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