Sin cadena

Un hombre muy querido por los trabajadores italianos, que veían en él a uno de los suyos, sin falsa retórica, sin disfracesBerlinguer, 100 años Bajo la pesada y cruel coraza de la dictadura, Berlinguer fue siempre un apoyo solidario, de verdad y corazón, para los comunistas españoles

Miguel Usabiaga 24/05/2022

Este 25 de mayo se cumple el centenario del nacimiento de Enrico Berlinguer, una figura destacada del comunismo italiano y europeo de la segunda mitad del siglo XX, y con gran influencia entre nosotros. En aquellos largos años en los que vivíamos proscritos, en la clandestinidad, bajo la pesada y cruel coraza de la dictadura, Berlinguer fue siempre un apoyo solidario, de verdad y corazón, para los comunistas españoles.

Hablar de Berlinguer supone hablar de mis raíces militantes, de mi ADN comunista. Decía el historiador marxista Eric Hobsman, que se adhirió al partido comunista británico al final de los años 30, que aquellos que se incorporaron al movimiento comunista en los tiempos del Frente Popular, llevaban una marca especial. Cada época tiene su sello, definido por las condiciones concretas de la lucha, y aquella de los Frentes Populares era singular, caracterizada por una forma de trabajar en el pluralismo, junto a “los otros”, que dejaba sin duda una marca militante. A quienes nos afiliamos a mitad y finales de los 70 nos marcó la nueva línea del partido, la del lema “socialismo en libertad”, la de lanzarse a la sociedad abiertamente, honestamente, trabajando por un socialismo querido por la mayoría, empujado por la mayoría. Que había que ganarlo, en las mentes y corazones del pueblo, en democracia. Y uno de los impulsores de esa nueva línea fue Berlinguer, que seguía aquella que había iniciado Togliatti, “la vía italiana al socialismo”. Y que continuaba la obra de Gramsci, sus reflexiones sobre cómo debía ser la Revolución en Occidente, que él ya veía distinta de aquella realizada en la Unión Soviética, a pesar de apoyarla sin fisuras. Ésa es una característica también de Berlinguer, la del trabajo colectivo, saber continuar la obra de sus antecesores, avanzar sobre sus ideas, interpretar los cambios del mundo, pero bien agarrado a las raíces del movimiento. Raíces expuestas con orgullo, como se manifiesta en esta entrevista que reproducimos, en la que reivindica a Gramsci, a Togliatti, a Lenin, como algo indisoluble de la esencia de su partido.

Y otra es la del trabajo unitario, su sabiduría para crecer con un partido grande, sin dividirse, un partido que llegó hasta los 2 millones de militantes, y con varias sensibilidades, desde la izquierda de Ingrao, hasta la menos izquierdista de Amendola. Consiguiendo, incluso, al final de su vida, en los ochenta, que regresaran al PCI los grupos escindidos en los 70, el grupo de “Il Manifesto”, y los partidos Democracia Proletaria, y PdUP, Partido de la Unidad Proletaria, con figuras como Rossana Rossanda, Lucio Magri, Luciana Castellina. Cuando Fidel Castro convivió con él en Cuba, donde Berlinguer pasó algunas temporadas, le sorprendió su personalidad tan modesta, tan humilde; tanto le sorprendió que tuvieron que advertir a Fidel cuánto se crecía aquel hombre sencillo ante las masas, algo parecido a lo que le ocurría a nuestra Dolores Ibárruri.

Berlinguer, igual que Gramsci, era sardo, nacido en la isla de Cerdeña. Allí fue detenido y encarcelado a finales de 1943 por participar en una insurrección antifascista en su ciudad, Sassari. Tras la guerra se desempeñó como secretario general de la FGCI, la juventud comunista italiana. Berlinguer accedió a la jefatura del PCI en 1972, sucediendo a Luigi Longo, que había sido comisario político del Batallón Garibaldi de las Brigadas Internacionales en nuestra Guerra Civil.

Berlinguer fue un hombre muy querido por los trabajadores italianos, que veían en él a uno de los suyos, sin falsa retórica, sin disfraces, porque siempre iba de frente y decía lo que pensaba, sin cambiar el discurso en función del interlocutor, porque era coherente y sincero, estuviera o no acertado en sus posiciones. Sufrió una hemorragia cerebral en la tribuna, mientras hablaba en un mitin para las elecciones europeas, en Padua, el 7 de junio de 1984, muriendo días después. El PCI ganó esas elecciones. Su funeral fue grandioso, más de un millón de personas participaron en el acto celebrado en Roma. Traemos aquí sus propias palabras, sin interpretaciones, en una entrevista concedida a “La República” en agosto de 1978, y reproducida en el nº 96 de “Nuestra Bandera” en ese mismo año, porque ése nos parece el mejor homenaje. Leemos en ella a un Berlinguer en estado puro, luchador, comunista, orgulloso de su partido, de sus orígenes, de sus ideas. Y plenamente vigente.


BERLINGUER. EL PCI NO NECESITA EXÁMENES

Extracto de la entrevista en el diario italiano. “La República”. 2 de agosto de 1978. Reproducida en “Nuestra Bandera” nº 96, 1978 y en el n°12 de Herri de diciembre de 2020.

P.—Señor Berlinguer, ¿qué es para vosotros, comunistas italianos, el leninismo?

R.—No es fácil resumirlo en una entrevista. Diría que es la compleja herencia que nos ha dejado un gran revolucionario ruso y europeo a lo largo de treinta años de lucha política e ideológica llevada a cabo por él como intelectual y dirigente de partido, como periodista y pensador marxista, como combatiente y organizador, como hombre de gobierno y líder internacional. No se puede considerar ni fijar por separado los diferentes lados de la personalidad de Lenin ni los diferentes momentos, cada uno de los aspectos y los sucesivos desarrollos de su elaboración teórica y de su (conducta) práctica. El suyo es un patrimonio muy rico y complejo, del que nos sentirnos continuadores, pero también críticos e intérpretes, justamente porque valoramos el período y las circunstancias históricas en que se expresaron y se fueron desarrollando su pensamiento y su acción.

P.--¿Usted es leninista? ¿El PCI es leninista?

R.—Si por el término leninismo (o con la expresión «marxismo-leninismo») se quiere entender una especie de manual de reglas doctrinales concebidas de modo estático, un bloque de tesis petrificadas en fórmulas escolásticas que se tendrían que aplicar acríticamente en cualquier circunstancia de tiempo y de lugar, entonces se cometería la máxima injusticia contra el mismo Lenin (no digamos contra Marx), se deformaría la sustancia de sus enseñanzas políticas, no se lograría comprender ni verificar en nuestro tiempo, por lo que respecta a lo que se puede verificar, la lección que nos ha dado. Nosotros no somos leninistas de esta manera, aunque me doy cuenta que hoy muchos querrían que lo fuésemos o consideran que lo somos justamente de esa manera conformista.

P.—Entonces, ¿de qué manera lo sois?

R.—El Partido Comunista Italiano ha nacido sobre la ola de la revolución proletaria de los soviets y por impulso de Lenin, para reaccionar y para poner fin a una confusión de ideas y un vacío político en que habían acabado, bajo la dirección del partido socialista, la clase obrera y las masas trabajadoras italianas, sobre todo apenas terminada la primera guerra mundial. Un partido que sabe colocarse en las condiciones necesarias para poder medir y verificar paso a paso la validez de sus orientaciones teóricas y prácticas, y, por tanto, poder poner al día continuamente las formulaciones en las que están presentes los principios y los ideales que ha tomado de sus maestros revolucionarios, esos principios e ideales que lo caracterizan como partido comunista. Y un partido que también sabe llevar a la clase obrera a abrirse y a construir para sí un sistema de relaciones y de alianzas políticas y sociales y de confrontaciones de ideas lo más amplio posible. Mantiene, por consiguiente, su propia identidad de partido, pero busca siempre una unidad con fuerzas diferentes por un deber de transformación. También Lenin desarrolló críticamente y renovó cualitativamente a Marx. Así lo hicieron Gramsci y Togliatti con Lenin y así hoy nos esforzamos por seguir haciéndolo nosotros.

P.—Pero, en suma, ¿sois leninistas o no lo sois? No se trata de una curiosidad personal, es un problema con el que tenéis que enfrentaros en la actualidad.

R.—¿Está usted seguro? ¿Está usted realmente seguro que actualmente, en 1978, después de todo lo que ha sucedido y sucede en Italia, en Europa, en el mundo, el problema con el que tenemos que enfrentarnos nosotros, los comunistas, sea justamente el de contestar a la pregunta de si somos leninistas o no? Y no me refiero a usted, sino a todos aquellos que nos hacen esa pregunta. ¿Conocen ellos verdaderamente a Lenin y al leninismo? ¿Saben realmente en qué consiste cuando hablan sobre ello? Me permito ponerlo en duda.

De todas formas, a mí me parece completamente viva y válida la lección que nos ha dado Lenin al elaborar una verdadera teoría revolucionaria; es decir, yendo más allá de la «ortodoxia» del evolucionismo reformista, exaltando el momento subjetivo de la iniciativa autónoma del partido, luchando contra el positivismo, el materialismo vulgar, la expectativa mesiánica, vicios propios de la socialdemocracia, dando paso, en cambio, a las fuerzas proletarias de la renovación y de la liberación que luchaban en Rusia y en todo el mundo. Es válida la lección de Lenin, que ha logrado romper el dominio y la unidad mundial del sistema capitalista, imperialista y colonial, del Lenin que luchó en cada rincón de Europa por la paz y contra la guerra, del Lenin que descubrió lo decisivo de la alianza del proletariado industrial con los campesinos pobres y que, aún pocos meses antes del octubre de 1917, «en aquella situación tan enardecida, no excluía la posibilidad de un desarrollo pacífico de la revolución socialista y el mantenimiento de una pluralidad de partidos» (son palabras de Togliatti del año 56), del Lenin que concebía el socialismo como la sociedad que debía realizar la democracia en toda su acabada plenitud.

P.—Por consiguiente, usted no reniega de Lenin...

R.—¡Por favor!... Nosotros, los comunistas italianos, tenemos unas peculiaridades propias, una elaboración teórica nuestra, una historia propia. Desde que hemos nacido, en nuestra experiencia, en nuestros análisis y búsquedas, en nuestras batallas, Lenin ocupa un lugar muy importante, pero de ningún modo exclusivo ni dogmático. Quien nos pide que emitamos condenas o que abjuremos de la historia y, en concreto, de nuestra historia, nos pide algo que es al mismo tiempo imposible y una tontería. No se reniega de la historia: ni de la propia, ni de la de los demás. Se intenta comprenderla, superarla, crecer, renovarse en la continuidad.

Los pasos hacia adelante en la adecuación y puesta al día de nuestra línea y conducta política los hemos llevado a cabo sin romper con nuestro pasado peculiar, sin separarnos de nuestros orígenes, sin cortar nuestras raíces, sin hacer el vacío a nuestras espaldas; por el contrario, desarrollando nuestro gran e irrenunciable patrimonio teórico e ideológico, acumulado a lo largo de ciento treinta años de luchas de los movimientos revolucionarios nacidos con el Manifiesto Comunista, esforzándose por no despegarnos de la realidad italiana, por comprender y trasmitir el sentido y la dirección de nuestra historia nacional, por expresar, en los nuevos tiempos, lo mejor de nuestras tradiciones culturales y conquistas civiles. Decía Macchiavelli: «Si las repúblicas y las sectas (es decir, los actuales partidos) no se renuevan, no duran. Y la manera de renovarlos es reconducirlos hacia sus principios.»

EL PCI NO NECESITA EXÁMENES

P.—Usted está describiendo una historia de autonomía que, por el contrario, también ha sufrido, largas interrupciones.


R. —Usted tal vez alude a la que va desde la creación del Kominform y desde la condena de Tito, en 1948, hasta nuestro VIII Congreso, en 1956. Efectivamente, en ese período hubo un cierto debilitamiento en la afirmación de nuestra autonomía y originalidad —es decir, en la teorización explícita de la vía italiana al socialismo— en relación al movimiento comunista internacional. Pero no olvidemos que era la época de la guerra fría. Aún así, también durante aquellos años, la conducta política del PCI ha sido siempre coherente con la defensa de los intereses nacionales, de la democracia y de la unidad de las masas populares y de las fuerzas democráticas, y ha llevado a la elaboración de importantes posiciones nuevas, como las formuladas y apoyadas por Togliatti en la defensa de la paz contra la amenaza atómica, por el encuentro entre el movimiento comunista y el mundo católico…

P. —Usted ha dicho hace poco, que la pregunta sobre su leninismo es un pretexto…

R. —Personalmente, considero que es una provocación…

P. —¿Por qué?

R. —La verdad es que se teme que la presencia de este Partido Comunista Italiano modifique los viejos equilibrios de poder de nuestra sociedad y en nuestro Estado, que la entrada de la clase obrera en las instituciones (y hasta los máximos niveles), de las que se la ha mantenido siempre alejada con todo tipo de violencias legales e ilegales, liquide privilegios antiguos y nuevos. Para impedir que se cumpla este proceso, que a pesar de todo está muy avanzado, se recurre al intento de exorcizar al partido comunista. Se le quiere hacer un examen de democracia. De ahí vienen las preguntas sobre el leninismo. En realidad, nuestros examinadores quieren oírnos decir que nuestro partido, en cuanto partido comunista no es legítimo en Italia. En otros países, el partido comunista ha sido puesto fuera de la ley; se desea que aquí sea puesto fuera de la ley por nosotros mismos. Querrían oírnos decir: nos hemos equivocado al nacer; viva la socialdemocracia, única forma de progreso político y social. Entonces nuestros examinadores nos dirían muy satisfechos: “la respuesta es exacta, disolved el partido y volved a casa”. Es un pretexto. Podría añadir que cincuenta años de la historia del PCI, de antifascismo, de lucha democrática, son pruebas de examen superadas con todos los votos a favor, sobre las cuales no se puede discutir.



Publicado en el Nº 356 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2022

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