Clara Campoamor en los 50 años de su muerte: una reivindicación democrática Su aporte más notable fue blindar el principio de igualdad, de manera que todo desarrollo legislativo posterior no pudiese escapar a su cumplimiento

Alba González Sanz. (*) 25/05/2022

En el verano de 1931, con un país por escribir, la Comisión Constitucional en el Congreso se afanaba en redactar la Carta Magna, mirándose para ello en las más progresistas de su tiempo y en el pasado de las españolas que, en el siglo XIX, avanzaron lo que no consiguió consolidar ninguna revolución liberal del mil ochocientos. Solo una mujer, de entre los diputados, integraba la Comisión. La excusa, prodigio de estrategia y reflejo de todo lo que había que cambiar en el país, era que “alguien” debía preocuparse “de la mujer y del hijo". Así, la abogada madrileña Clara Campoamor, colegiada en 1925, destacada feminista en el Madrid previo a los años republicanos, represaliada laboralmente por la monarquía alfonsina al no aceptar sus prebendas y persona convencida, entre otras cuestiones, de ser “ciudadano antes que mujer”, se infiltró como un caballo de Troya en el corazón del texto constitucional.

De aquel empeño quedó para la historia el sufragio “femenino” —es decir, la primera vez que en España una norma reconocía el sufragio universal sin ofender la inteligencia de la mitad de la población—; el acalorado debate en torno a reconocer el derecho a votar a las mujeres, en el que la otra diputada en Cortes, Victoria Kent, expuso la posición contraria a legislar “ya” ese principio básico de cualquier régimen democrático, y el estigma falso e interesado de que el voto femenino “perdió” a la República en 1933 (nadie recuerda agradecer a las mujeres que la ganaran, en 1939, para el Frente Popular). Siendo más amplio el papel de Campoamor en aquella Constitución —el divorcio se reconocía en la norma fundamental del Estado republicano, algo que no vamos a encontrar leyendo la de 1978—, lo cierto es que su aporte más notable fue blindar el principio de igualdad, de manera que todo desarrollo legislativo posterior no pudiese escapar a su cumplimiento.

UN HOMENAJE PENDIENTE

Y, sin embargo, la figura de Clara Campoamor, muerta en Lausana el 30 de abril de 1972, hace exactamente cincuenta años, está lejos del reconocimiento público como “mujer de Estado” y madre constitucional que merecería si echamos la vista a nuestros contextos regionales próximos y el cuidado de sus mujeres “ilustres”. ¿Qué pasa con la tenaz abogada madrileña, casi autodidacta, hecha a sí misma, lectora voraz, inteligencia rápida en la oratoria y la escritura, para que 2022 vaya a pasar sin detener un poquito el país para rendirle homenaje, me atrevería a decir que mucho más merecido que el que se otorga a algunos “padres” constitucionales recientes en cuya hoja de servicios a la dictadura se encuentran vulneraciones flagrantes de los Derechos Humanos?

En 1939, Clara Campoamor se queda fuera de las listas del Frente Popular y de la posibilidad de retornar al Congreso. Los partidos republicanos no pagan a la “traidora” que les obligó a modificar su consideración de las mujeres como algo más que objetos de entretenimiento y estudio.

Reformista y liberal en un sentido que se ha perdido en la España contemporánea —más allá de la ferviente pedagogía tuitera del periodista Pedro Vallín o de los rescoldos que se encuentran en el PNV, algunas veces, en el Congreso—, Campoamor fue una tenaz crítica de muchas de las decisiones tomadas por el gobierno del Frente Popular y, una vez producido el golpe de Estado, puso rumbo al exilio entre el espanto por la entrega de armas al pueblo para la defensa de Madrid y el resentimiento hacia los suyos. El libro en el que vomitó todo aquello, “La revolución española vista por una republicana”, escrito sin la más remota idea de las atrocidades fascistas para saldar sus deudas atrasadas, la convirtió a la postre en musa de esa pretendida “tercera España”, tan ignorante de la reivindicación liberal como próxima siempre al absolutismo más patrio. La gran republicana “constataba” la violencia republicana en el desordenado Madrid del verano de 1936. Prueba irrefutable para justificar, así, crímenes y “cruzadas”.

Por “perder la República” al legislar el sufragio universal y por una obra que es sin duda un baldón en su bibliografía (aunque ella misma la retiró casi al instante de circulación al darse cuenta de lo que había provocado), Clara Campoamor no ha sido una figura cómoda para gran parte de la izquierda. Quién sabe si por creencia firme en que las mujeres perdemos las causas revolucionarias o por la más legítima razón de ese relato que destila el dolor de una mujer que amaba la lucha política y no perdonó verse fuera del Congreso por haber salvaguardado la dignidad de la República al garantizar en ella la igualdad radical. Ese lugar en el que las feministas, como Campoamor, sabemos que se cambian las cosas: aquella lejana Gaceta de Madrid, hoy Boletín Oficial del Estado, en el que intentamos escribir, para todas las personas, todos los derechos. Desde ahí, desde el reconocimiento de su bendita intransigencia feminista, sirvan estas palabras para honrar su memoria y su aporte a la historia democrática.

(*) Investigadora feminista y escritora. Autora de Contra la destrucción teórica. Teorías feministas en la España de la Modernidad (KRK, 2018) y Clara Campoamor (RBA, 2019). Actualmente es Secretaria de Organización de Podemos Asturies.

Publicado en el Nº 355 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2022

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