Sumar La suma es, hoy por hoy, una necesidad, no una entre distintas posibilidades. La necesidad sin espejos retrovisores que nos demandan los tiempos.

Felipe Alcaraz Masats 02/06/2022

Un fantasma recorre el continente de la izquierda: la necesidad de aprender a sumar peras y manzanas.

Se trata de sumar (en formación política y, sobre todo, electoral), frutos de diversos árboles históricos, junto a organizaciones nuevas y a “independientes” no adscritos a partidos. En torno una persona, en torno a un programa (programa, programa), en torno a una expectativa, en torno a una (¿última?) esperanza.

Se trata, en principio, de frutos enteros, que puedan caber en una estructura de tecnología punta, como en tiempos fue Izquierda Unida (solía decir Antonio Romero). Y si no caben enteros, frutos con un mordisco, como el símbolo de una marca de ordenadores. Que, en todo caso, solo se quede fuera el mordisco. Y ya se sabe que con la pulpa de los mordiscos no es posible montar una federación medio viable.

No hay que pedirle permiso ni a Boric ni a Mélenchon, si es que acaso han registrado sus artilugios de suma. Y no hay que pedirlo porque no existen modelos, solo existen los ejemplos, o mejor: los casos. Que sepamos montar nuestro artilugio solo deberá responder, en todo caso, al impulso invisible de ese fantasma que hoy por hoy todo lo recorre: sumar.

Sumar frente al neoliberalismo y como dique posible frente a la oleada neofascista que se nos viene encima. Sumar contra la epidemia de pobreza y precariedad (vamos a salir mejores, nos dijeron) que asola, aún más tras la pandemia, el ancho espacio del mundo del trabajo. Sumar frente a la desintegración de la política, acosada por un coro interminable de trumpistas. Sumar frente a la desaparición, en ciernes, del periodismo, en manos del negocio. Sumar frente el ecocidio, organizado por un capitalismo tardío que no sabe separar el suicidio del planeta de las cuentas de resultados. Sumar frente al feminicidio, esa gran operación del patriarcado que no acepta que las mujeres sean tales y tomen conciencia del trabajo no pagado que realizan, sin el cual el sistema de explotación no sería nada. Sumar contra esa ley de fugas que se le está aplicando a una juventud que ya no encuentra patria ni sentido; la patria es hoy para ellos un chiringuito del que emerge un palo con una bandera. Sumar frente al dogmatismo de la resignación. Sumar frente a la guerra. Sumar a favor de la república y un nuevo país y una nueva forma de producir y un horizonte más justo.

Una suma final, algo dramática (por qué no decirlo), que a veces va a exigir, para salvar el proyecto de todos, la generosidad permanente de los proyectos concernidos. Una especie de Aufhebung (no ya de Hegel, sino de Marx, poniendo el edificio de pie sobre la realidad) que conserve lo superado como superado asumido, y donde cada uno pueda seguir manteniendo (y aun reforzando, que no es incompatible) su propia organización y su propia historia, en el seno de un acuerdo de todos. Y por eso se habla tanto de la posibilidad de un frente amplio. Incluso un frente, como diría Pepe Mujica (exciclista, exguerrillero, expresidente), que sea más amplio que frente.

Una suma que no solo debe integrar personas y organizaciones, sino que debe también integrar, metabolizar, procesos construidos en la estela de esta idea, desde luego anteriores a las próximas elecciones generales, que son a la vez estela, impulso de la idea e idea misma en su proceso de construcción. Aquí sí cabe con pleno sentido esa proclama vacía en el terreno del capitalismo que defiende que nadie debe quedarse atrás.

Y una suma que, para ser dialéctica, ha de ser siempre una suma y sigue, porque en sí misma no es nada sino el conjunto de lo que integra, sean personas, grupos, asociaciones o partidos. Y si son personas, que lo sean siempre por esa humildad que da la eficacia del conjunto, o lo que dijo en su momento Di Stéfano: ningún jugador juega mejor que todos los demás juntos. Lo que nos evitaría (estoy seguro que así va a ser) aquel “caudillismo” positivo que teorizaron distintos movimiento populistas de Latinoamérica, para los cuales no tenía que haber realmente ni programa ni organización, porque todo estaba residenciado en el “carisma” de una persona.

No me queda mucho más que decir en esta entrega, sino que la suma es, hoy por hoy, una necesidad. Aprender a sumar peras y manzanas, aunque alguna lleve el hueco de un bocadito. Y he dicho necesidad, no una entre distintas posibilidades. Esa necesidad sin espejos retrovisores que nos están demandando los tiempos.

A propósito, los autores del libro Yolanda Díaz. La dama roja (Manuel Sánchez y Alexis Romero) han tenido a bien encabezar el texto con una cita extraída de uno de mis poemarios: No sabemos retroceder/ ni tenemos sitio adonde hacerlo.

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