Pan o Plomo

¡OTAN NO, BASES FUERA!Las guerras de la OTAN han costado más de un millón de muertos, 8 billones de dólares y pérdida de libertades y derechos “Espero que les vaya bien a todos, ¡nosotros estamos a 11.000 kilómetros!” (Presidente de EE.UU).

Antonio Romero Ruiz. (*) 11/06/2022

El general de Gaulle se oponía a la adhesión de Reino Unido al mercado común porque pensaba que este país se convertiría en el caballo de Troya de Washington en el viejo continente. Estados Unidos ya no tiene nada que temer del Brexit porque, con el paso de las décadas, es la propia Unión Europea la que se ha convertido en su caballeriza.

La dominación de Washington es aún más humillante en materia de defensa. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), creada en la Guerra Fría, es un instrumento. Basta con la aprobación de la Casa Blanca para que un Estado miembro de esta alianza colonice a otro (Turquía ocupa una parte de Chipre desde hace 45 años) o trate a alguno de sus vecinos como su “zona de seguridad” – el Ejército de Ankara, el segundo de la OTAN, acaba de invadir el norte de Siria para acabar allí con la autonomía kurda-. Sin embargo, Washington no tiene nada que objetar mientras el régimen de Erdogan continúe vigilando una de las fronteras marítimas de Rusia, compre el 60% de sus armas en Estados Unidos y proteja las ojivas nucleares estadounidenses.

Al invadir Iraq en 2003 bajo un pretexto falaz, el país cuyo brazo ejecutor es la OTAN provocó el caos actual en Oriente Próximo. Aprovechando el impulso, Estados Unidos (con otros países) desencadenó una guerra en Libia; después (esta vez solo) puso en entredicho el acuerdo nuclear de julio de 2015 con Irán (cuya firma, no obstante, había marcado uno de los escasos momentos de sensatez de estados Unidos de esta década…). El pasado mes de octubre, cuando se entregó a los kurdos al ejército turco sin consultar a sus “aliados” europeos de la OTAN presentes en el lugar, el presidente estadounidense envió un tuit de admirable franqueza: “Espero que les vaya bien a todos, ¡nosotros estamos a 11.000 kilómetros!”. Continuar sometiéndose a ese señor feudal caprichoso que no cuenta con más interés que el suyo propio equivale a admitir una relegación definitiva al rango de protectorado. Para que Europa salga de esta situación, tiene que salir de la OTAN.

Las cifras más altas corresponden a tres mediciones hechas sobre el terreno: Una, de la Universidad Johns Hopkins, publicada en 2006 en la prestigiosa revista The Lancet, estima los muertos en 655.000, tanto producto de la violencia de la invasión como de las malas condiciones sanitarias provocadas por ésta.

Un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicado en 2008 evita dar cifras concretas, pero sugiere cerca de 400.000 muertos. Y una tercera medición de 2008, realizada por la encuestadora Opinion Research Business, con sede en Londres, arroja más de un millón de muertos

Yugoslavia, cuando la OTAN se impone sobre la ONU

El bombardeo de la OTAN sobre Yugoslavia de 1999, también conocido por su nombre en clave Operación Fuerza Aliada (en inglés, Operation Allied Force), fue una guerra no declarada entre la mayoría de países miembros de la OTAN y la República Federal de Yugoslavia, durante la Guerra de Kosovo. Los ataques tuvieron lugar desde el 24 de marzo hasta el 11 de junio de 1999. El bombardeo constituyó la segunda gran guerra de la OTAN desde su creación tras la Operación Fuerza Deliberada.

La guerra fue iniciada unilateralmente por la OTAN, sin autorización previa del Consejo de Seguridad de la ONU, por lo que desde diversos medios y colectivos se ha considerado que los bombardeos constituyeron actos de crímenes de guerra. Intelectuales como Noam Chomsky y Jean Bricmont condenaron el ataque, manteniendo que constituyó una violación de la Carta de las Naciones Unidas. En consecuencia fue la primera vez que la OTAN utilizaba la fuerza militar sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU. Los bombardeos mataron a 462 soldados, 114 policías especiales, entre 1.200 y 5.700 civiles yugoslavos y tres periodistas chinos. También murieron dos soldados de la OTAN en un accidente de helicóptero fuera de combate.

En 2009, la exfiscal del Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia, Carla del Ponte, en su libro La Caza: Yo y los criminales de guerra, cuestionó la legalidad del ataque, además de considerar imposible una investigación sobre los posibles crímenes cometidos por la OTAN durante la campaña de bombardeos.

En lugar de desaparecer, se refuerza y avanza hacia Rusia

Según la narrativa de los medios de comunicación occidentales, hay guerras legítimas que se libran en nombre de la libertad y otras ilegítimas que obedecen a los oscuros designios de líderes autocráticos. Si bien, como todo relato bien construido, esta versión guarda cierto contacto con la realidad, se basa en la ocultación o invisibilización de otros aspectos no menos importantes que conviene tener presentes. Para no llevar las cosas demasiado atrás en el tiempo, un buen punto de partida para este análisis podría ser la caída del Muro de Berlín en 1990 y las negociaciones que tuvieron lugar en ese momento entre Estados Unidos, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la República Federal Alemana. Su resultado, tal como consignan los registros históricos, fue el compromiso del secretario de Estado James Baker ante Mijail Gorbachov de que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) no se ampliaría ni una pulgada hacia el este tras la reunificación alemana.

El compromiso tenía una cierta lógica. Disuelto el Pacto de Varsovia, carecía de sentido una alianza militar que había sido conformada –en 1949– como una organización cuyo objetivo central era la defensa de sus integrantes ante un posible ataque de la Unión Soviética. Compuesta originariamente por Estados Unidos, Canadá y otros diez estados europeos, tras la caída de la URSS, la OTAN fue agregando miembros que habían pertenecido al bloque comunista, como Polonia, Hungría y la República Checa, hasta alcanzar el número de treinta. La incorporación más relevante tuvo lugar en marzo de 2004, cuando el Presidente norteamericano George W. Bush acogió de una tacada a siete antiguos países comunistas: Eslovenia, Eslovaquia, Rumania, Bulgaria y a las ex repúblicas soviéticas bálticas Estonia, Letonia y Lituania, tres estados que limitan con Rusia. Luego también se sumarían Croacia, Albania, Montenegro y Macedonia del Norte. Cabe añadir aquí que un referéndum no vinculante, celebrado en Georgia en 2008, se pronunció favorablemente por la vinculación a la OTAN y que en diciembre de 2014 el Parlamento de Ucrania votó a favor de abandonar el status de país no alineado que había adoptado en 2010 con vistas a favorecer una futura incorporación en la organización.

En cuanto a los objetivos meramente defensivos de la OTAN, se produjo un cambio importante de sus estatutos en 1999, luego de la guerra contra Yugoslavia, al definir un nuevo rol consistente en “la promoción de valores democráticos, la cooperación en cuestiones relacionadas con la defensa y seguridad y la resolución pacífica de controversias, aunque con la posibilidad de usar la fuerza militar en gestiones de crisis”. El área de intervención, limitada entonces al espacio euro-atlántico, se extendió al mundo entero, lo que suponía en los hechos que la nueva doctrina cuestionaba el monopolio de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre el uso de la fuerza. Esta situación excepcional se vio reforzada por el protocolo firmado el 23 de septiembre de 2008 entre el secretario de la OTAN Jaap de Hoop-Scheffer y el secretario de las Naciones Unidas Ban Ki-moon –acuerdo secreto en tanto que no fue presentado al Consejo de Seguridad– en virtud del cual, bajo el pretexto de “operaciones de la paz”, se daba carta blanca a la OTAN para actuar en todo el mundo.

Manos libres. De Yugoslavia a Iraq


La primera guerra importante protagonizada por la OTAN fue librada en territorio europeo contra la República Federal de Yugoslavia (integrada en ese momento por Serbia y Montenegro). Yugoslavia afrontaba un conflicto separatista en la región de Kosovo, lindante con Albania y de mayoría étnica albanesa. El Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), que había recibido armas desde Albania procedentes de la CIA, llevaba a cabo acciones de sabotaje y asaltos a comisarías. Los enfrentamientos armados con el ejército yugoslavo provocaron víctimas en ambos bandos, lo que dio lugar a una intervención de la OTAN con el pretexto de defender los derechos humanos de la población. El 24 de marzo de 1999, la OTAN, sin contar con una autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, exigió la retirada de las tropas yugoslavas en Kosovo bajo amenaza de iniciar una campaña aérea contra Yugoslavia. A partir de ese momento, los aviones de la OTAN se dedicaron –desde los 10.000 pies de altura, fuera del alcance de las defensas antiaéreas– a bombardear sistemáticamente la infraestructura civil de Serbia, destruyendo fábricas, centrales hidroeléctricas, refinerías de petróleo, edificios públicos, puentes, el edificio de la televisión serbia y hasta la embajada de China. La guerra terminó tres meses después con el Tratado de Kumanovo, cuando el Presidente Slobodan Milosevic dispuso la retirada de las fuerzas yugoslavas en Kosovo para dar paso a la presencia de fuerzas internacionales.

Existen algunas similitudes entre esta guerra y la que actualmente tiene lugar en Ucrania. Ambas han sido libradas en territorio europeo y se trata de guerras ilegítimas porque no fueron autorizadas por el Consejo de Seguridad de la ONU. Además, en los dos casos iban dirigidas a provocar un cambio de régimen y para conseguir ese objetivo no han reparado en medios para causar el mayor daño y destruir infraestructura física de los estados atacados. Cabe recordar aquí que las operaciones militares dirigidas a aterrorizar a la población están prohibidas por los Convenios de Ginebra y son consideradas crímenes de guerra.

Producida la caída de la URSS, la OTAN consideró que tenía las manos libres para intervenir en cualquier conflicto militar en los que Estados Unidos tuvieran interés estratégico. Por este motivo, cuando George W. Bush atacó Afganistán en octubre de 2001, la OTAN –invocando la cláusula de la defensa colectiva– declaró que no sólo Estados Unidos, sino todos los países integrantes de la alianza estaban en guerra contra el terrorismo y, en consecuencia, se sumó a las operaciones de ocupación que tuvieron lugar en ese territorio.

En 2003, Estados Unidos, con el apoyo del Reino Unido, Australia y una coalición de otros países europeos pertenecientes a la OTAN (España, Polonia, Dinamarca y Holanda) lanzaron la guerra contra Iraq. Acusaron falsamente al régimen de Saddam Hussein de poseer armas de destrucción masiva, a pesar de que el gobierno iraquí se había desprendido del arsenal bacteriológico bajo control de la ONU y no poseía capacidad nuclear alguna. El objetivo estratégico de la invasión era crear un régimen pro-estadounidense en Bagdad, para lo cual buscaron aterrorizar a la población lanzando una operación de destrucción de infraestructuras que no dudaron en denominar de “conmoción y pavor” (shock & awe). En este caso, Estados Unidos no pudo contar con el apoyo explícito de la OTAN por la negativa de Alemania y Francia de avalar la intervención militar norteamericana.

En 2008 estalló un conflicto armado entre Georgia y las repúblicas de Osetia del Sur y Abjasia –protegidas por Rusia–, que derivó en una primera intervención del ejército ruso fuera de sus fronteras. El Presidente de Georgia había manifestado sus deseos de integrarse a la OTAN, para lo cual necesitaba recuperar el control de los territorios segregados. Un plan de paz propuesto por la Unión Europea (UE) permitió que las partes se retiraran a sus posiciones anteriores, pero el 6 de mayo de 2009 comenzaron en Georgia los ejercicios de la OTAN, dirigidos por Estados Unidos, denominados “Cooperación por la Paz”. Pocos días antes, el Departamento de Estado norteamericano había anunciado que Ucrania y Georgia ingresarían a la OTAN y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, declaró que Rusia no tenía derecho a decidir quién ingresa o no a la coalición. En marzo de 2011, la OTAN se hizo cargo de las operaciones militares en Libia derivadas de las resoluciones de intervención del Consejo de Seguridad de la ONU que habían dado lugar a la intervención militar de Estados Unidos. El relevo estuvo acompañado de fuertes divergencias entre los países integrantes sobre el papel que debía tener la OTAN en la gestión militar de esta crisis. Otro tanto aconteció con la solicitud de Turquía en reclamo de una intervención de la OTAN en el conflicto de la frontera con Siria.

El coste financiero y humano

En términos del presupuesto federal, el Congreso ha asignado un poco más de 1 billón de dólares al Departamento de Defensa para la guerra de Afganistán. Pero en conjunto, la guerra de Afganistán ha costado mucho más que eso. Incluyendo el gasto del Departamento de Defensa, hasta ahora se han gastado más de 2,3 billones de dólares, con los aumentos del presupuesto militar básico del Pentágono debido a los combates, el gasto del Departamento de Estado para reconstruir y democratizar Afganistán y entrenar a sus militares, los intereses de los préstamos para pagar la guerra y el gasto para los veteranos en el sistema de Asuntos de Veteranos.

El coste de la "guerra contra el terror": más de 900.000 muertos, 8 billones de dólares y pérdida de libertades.

Tras los atentados del 11-S, Estados Unidos se embarcó en una serie de operaciones militares para, según esgrimió Washington, combatir el terrorismo que había golpeado en su suelo. La "guerra contra el terror" ha llevado desde entonces a las Fuerzas Armadas de EE.UU. por todo el mundo y singularmente a Oriente Medio.

Afganistán, Iraq, Siria y Yemen han sido el escenario de conflictos que han tenido un alto coste en vidas humanas, tanto de combatientes como de civiles, económico y también para las libertades y los derechos humanos.

Balance de víctimas del Pentágono

La "guerra contra el terror" se inauguró con la invasión de Afganistán un mes después de los atentados para buscar a su organizador, Osama Bin Laden, en una operación bautizada como Libertad Duradera y rebautizada en 2015 como operación Centinela de la Libertad. La guerra de EE.UU. en Afganistán, el conflicto más largo de su historia, ha terminado 20 años después de manera abrupta y humillante para Washington y sus aliados cuando los talibanes retomaron el poder el 15 de agosto.

Los talibanes entran en Kabul y toman el poder en Afganistán 20 años después de su derrocamiento

A la invasión de Afganistán siguieron la de Iraq (operaciones Libertad en Irak y Nuevo amanecer, 2003-2011) y la operación Resolución Inherente contra el Estado Islámico (principalmente en Siria), que se inició en junio de 2014 y sigue abierta.

Según el Pentágono, a fecha del 6 de septiembre todas estas guerras habían provocado 7.074 muertos entre su personal (militar y civil) y 53.283 heridos. Los últimos fallecieron en el atentado del Estado Islámico contra el aeropuerto de Kabul el 27 de agosto.

Alrededor de 900.000 muertos en 20 años

El Pentágono no lleva la cuenta de las bajas que sus operaciones causan entre los combatientes enemigos ni las víctimas entre la población civil. El proyecto The Costs of War, del Instituto Watson de la prestigiosa Universidad de Brown (EE.UU.), intenta cuantificar todos los costes de la "guerra contra el terror", y es una de las referencias más citadas por los medios estadounidenses.

Según sus cifras, hasta agosto habían muerto entre 897.000 y 929.000 personas, en su mayoría civiles (entre 363.000 y 387.000).

Entre las víctimas se incluyen 14.874 soldados de otros países aliados y unos 300.000 combatientes enemigos; más de 8.000 contratistas privados de seguridad estadounidenses, así como 680 periodistas y 892 trabajadores de ONG.

Muchos más, asegura el Instituto, han muerto por las consecuencias indirectas de los conflictos, como el hambre o la falta de atención sanitaria.

El coste en vidas se suma al de desplazados y refugiados. Unos 37 millones de personas han perdido sus hogares o se han convertido en refugiados a causa de las guerras libradas por EE.UU. tras el 11-S, según la misma fuente.

Más de 8 billones de dólares

Las guerras hay que pagarlas. Según The Costs of War, la "guerra contra el terror" ha costado al bolsillo de los estadounidenses 8 billones de dólares (6,74 billones de euros), calculados incluyendo los costes previstos para el año fiscal de 2022. El estudio incluye no solo los gastos del Departamento de Defensa, sino otros costes para el gobierno federal, como la atención a los veteranos.

Solo para la guerra de Afganistán, la misma fuente prevé un coste de 2,313 billones de dólares (1,95 billones de euros).

José Antonio Gurpegui, catedrático de Estudios Norteamericanos de la Universidad de Alcalá y miembro del Instituto Franklin, destaca el coste económico como uno de los factores que han movido al presidente Joe Biden a ordenar la retirada completa de Afganistán, el conflicto que inauguró la "guerra contra el terror".

"El coste económico ha sido muy alto. La sociedad norteamericana lo ha admitido, pero a costa de reducir en servicios sociales, en otras partidas, y en obras públicas, como la ferroviaria". "Los resultados que están obteniendo no son los deseados y el coste económico y en nivel de vida no se puede mantener ad infinitum".

El coste en bajas propias, en cambio, se ha mantenido en márgenes que la sociedad estadounidense ha considerado aceptables. "Si lo comparamos con la guerra de Vietnam, en la que tuvieron algo menos de 60.000 muertos, es solo un 10%, pero ahora la repercusión es mucho mayor, por la resonancia social. Una vida americana vale más, si se puede decir así, de lo que valía hace 50 años. La sociedad americana no hubiera soportado 50.000 muertos".

Desde el punto de vista interno, la guerra contra el terrorismo no ha tenido una gran influencia en la política estadounidense. "La elección de presidentes y gobernadores ha respondido más a política interior", subraya Gurpegui. En política exterior, los atentados sí supusieron un "cambio radical", por la mayor implicación en Oriente Medio desde la presidencia de George W. Bush, pero "la política exterior sigue su propia dinámica, más allá del partido que esté en el gobierno".

Lo sucedido en Afganistán puede obligar a replantearse la actuación militar de EE.UU. en el exterior y a cuestionar si el coste ha merecido la pena. "Representa un fracaso, no solo de EE.UU. sino de la comunidad internacional -considera Gurpegui- Ha sido dinero y vidas humanas tiradas. Veremos la repercusión a medio plazo que puede tener en Estados Unidos".

El coste social de la pérdida de libertades civiles

El catedrático considera que ha habido además un cambio de mentalidad entre los estadounidenses. "Están más dispuestos a perder libertades en favor de la seguridad que hace 15 años, siempre que no se toque la Constitución", asegura.

Después de los atentados, la prioridad nacional de EE.UU. era detener a los culpables y evitar otro atentado similar. Para ese fin, el presidente Bush dictó la Patriot Act, que recortaba las libertades civiles y garantías constitucionales para "luchar contra el terrorismo". Su sucesor, Barack Obama, prolongó estas medidas, con algunas limitaciones, a través de la Freedom Act.

La nueva legislación permitió a EE.UU. abrir la cárcel de la Bahía de Guantánamo (Cuba), donde aún hay 40 personas retenidas ilegalmente; las ejecuciones fuera del campo de batalla de individuos sospechosos de terrorismo; la vigilancia masiva y las detenciones sin garantías judiciales.

Handeyside era analista de antiterrorismo en la CIA cuando se produjeron los atentados, pero la abandonó cuando vio que la respuesta al 11-S incluía políticas que "chocan con los derechos humanos y los principios de la Constitución".

Handeyside cree que se están dando pequeños pasos para revertir esta situación, como el acuerdo en el Congreso para limitar el uso de la fuerza en el extranjero.

"A pesar de esos pequeños pasos para revertir las medidas tomadas en el periodo post-11-S, la mayoría están aún en funcionamiento y la arquitectura no ha sido desmantelada. Desafortunadamente, estamos en una situación en la que tenemos que seguir presionando para que haya cambios importantes y reformas 20 años después", lamenta.

A modo de resumen:

• En el año 1957 se firmó el acuerdo con el que se establecían bases militares norteamericanas en nuestro territorio. Acuerdo entre la Administración Norteamericana y la dictadura de Franco, que apuntaló al régimen franquista, y prolongó el sufrimiento de nuestro pueblo.

• Los integrantes de la foto de las Islas Azores, entre los que se encontraba José María Aznar han de comparecer ante un tribunal internacional como criminales de guerra. También ha de comparecer Putin y todos los responsables de los crímenes que se están cometiendo en la guerra de Ucrania.

• Si queremos una sola vara de medir, hemos de pedir responsabilidades penales para Javier Solana que dirigió junto a Clinton los bombardeos y la guerra en la antigua Yugoslavia. Guerra que no contó con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU.

• De todas las guerras en la que ha participado la OTAN, la de Iraq fue la más sangrienta. Convirtió este país en un mar de sangre con argumentos falsos, mintiendo sobre la existencia de armas de destrucción masiva. Si unimos la de Afganistán y la de Yemen, contabilizamos más de 1 millón de muertes.

Los vuelos secretos de la CIA, donde España colaboró ofreciendo para escalas y trasbordos nuestros aeropuertos civiles. En estos vuelos se trasladaban sospechosos de terrorismo a cárceles secretas y a Guantánamo. Sin derecho a abogado ni defensa.

Finalmente, por todo lo expuesto, el pueblo español tiene raíces históricas de amor a la paz, de lucha histórica contra la guerra, contra el militarismo, contra las guerras que libraron los militares africanistas en el norte de África, dando como respuesta la Semana Trágica de Barcelona. La izquierda de los pueblos de España tiene en su ADN la lucha por la paz. La Constitución de la II República en su art.6 dice literalmente “España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional”.

El nacimiento de IU tuvo lugar al calor de las movilizaciones contra la OTAN. Así que aviso a tertulianos y demás interesados en acudir a los actos de conmemoración del aniversario de la OTAN en Madrid. No hay que acudir a esos actos porque no hay nada que celebrar.

Y hoy siguen vigentes como ayer nuestras consignas: ¡OTAN NO, BASES FUERA!

(*) Presidente de Honor PCA; Ex parlamentario de IU; Coordinador de la Red de Municipios por la III República

Andalucía, 6 junio 2022

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