Los jóvenes y el medio ambiente

Federico Velázquez de Castro González 18/06/2022

El último ecobarómetro realizado por la Fundación Sociedad y Educación, entre otras instituciones, revela interesantes datos sobre la conciencia y el compromiso ambiental de la juventud. Así el 91,9% (96,7% en el estudio anterior, en 2016) de los jóvenes entrevistados piensa que el problema de la conservación del medio en muy o bastante grave, destacando el cambio climático, la contaminación atmosférica y el agotamiento de los recursos naturales.

Asimismo, los resultados muestran un aumento del activismo ecologista, de manera que, si en 2016 el 7% afirmaba pertenecer a alguna organización ambiental, en 2021 ascendía hasta el 14%.

Finalmente, un 53,4% piensa que la cantidad de contenidos dedicada en la escuela al conocimiento de las principales cuestiones ambientales fue muy insuficiente o insuficiente. En este sentido apuntan a que la preparación de los profesores es muy mejorable.

Si comparamos estos datos con los que ofrecen las encuestas sociológicas dirigidas a la población en general, encontramos un claro desfase ya que, para la población adulta, el medio ambiente es un problema grave para solo el 15,5% de la población, muy por detrás de la salud, la economía o el trabajo, ignorando los vínculos estrechos que se dan entre todos estos factores. Y a la hora de conocer cómo se traduce la importancia que se le da al medio ambiente, tanto en jóvenes como en adultos se encuentra una componente similar: las conductas habituales son las menos costosas.

La Unión Europea dispone de varios cuestionarios en los que se modula el comportamiento ambiental en diferentes grados de compromiso, y las respuestas entre la población comunitaria son similares. Un primer nivel de comportamiento cívico, ahorro de recursos o reciclaje de residuos, son seguidos por amplias capas de la ciudadanía, creyendo que con ello la aportación a la conservación del medio ya se ha cumplido. Los siguientes niveles, referentes a la forma de movilidad, vacaciones y ocio, consumo, dieta e integración en organizaciones ambientales muestran un nivel más pequeño de adhesiones.

La urgencia de actuar ambientalmente es cada vez más evidente dados los grandes desafíos que sufre el planeta. Para ello, la implicación de los jóvenes es esencial, y la escuela debe aportar la motivación suficiente para aumentar sus niveles de compromiso. No es fácil, pues parece que su vocación está en la preparación académica, olvidando la formación para la vida. Los propios libros de texto suelen colocar el medio ambiente en el último capítulo, por lo que, si no hay tiempo suficiente, no se tratará; además de presentar muy deficientemente los temas, como lo demostró un estudio realizado por la Cátedra de Ética Ambiental de la Universidad de Alcalá de Henares.

Algunas formas de intervención y mejora pasarán por la promoción de las Ecoescuelas y auditorías ambientales, como modos en los que toda la comunidad escolar se implica para elevar el estándar ambiental del centro. Se promueve la participación y se le otorga al alumnado un papel protagonista en el proyecto, incluidos los planes de mejora continua que todo proceso de calidad exige. Lo ambiental llega a convertirse en una dimensión estratégica del Centro.

La formación del profesorado (que debe tender a ser maestro más que funcionario) es imprescindible para que forme para la vida a través de sus materias, y no haga de ellas un fin en sí mismas. Desde ahí deben prepararse programaciones transversales en las que el medio pueda conectarse con todas las áreas curriculares, pues lo ambiental no solo se relaciona con las ciencias naturales sino –y sobre todo- con las ciencias sociales, la educación física, la salud, el arte y la ética. Y como toda buena formación, orientándola hacia el compromiso, lo que desde la escuela debe estimularse a través de pequeñas iniciativas: elaboración de boletines, formación de grupos locales o actividades en la naturaleza, que les lleven a interiorizar valores y conductas para integrarse, más adelante, en proyectos de mayor alcance.

La formación ambiental de jóvenes y adultos no es un capricho ni responde a una ampliación de conocimientos, sino una necesidad y una urgente demanda de nuestro tiempo. Tanto la educación formal (desde la primaria a la universitaria), como no formal (a través de asociaciones o sindicatos) son igualmente importantes en este desafío, pues niños y jóvenes aprenden de los adultos, y si su comportamiento no es correcto, echarán por tierra los mensajes escolares. En síntesis, la educación ambiental, con sus diferentes contenidos y metodología, debe llegar a toda la población.

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