Ucrania: Negociación o destrucción masiva

Manuel González 27/06/2022

Cuatro meses después, la invasión de Ucrania entra en un escenario más que preocupante. Probablemente, ya sean decenas de miles los civiles y militares muertos en ambos bandos, amén de la destrucción de infraestructuras que ha costado años crear. Con todo, si la diplomacia y la negociación no se imponen, es muy posible que lo peor aún esté por llegar.

Rusia controla el espacio aéreo ucraniano y ha tomado bajo el control de su ejército gran parte de la región del Donbass, las provincias de mayoría cultural rusa que se negaron a reconocer al gobierno surgido del golpe de Estado del Maidan en 2014 y que han estado sometidas al ataque constante del ejército ucraniano y las milicias filonazis, hoy integradas en la policía y el ejército ucraniano.

Ocho años machacando a conciencia a la población de Donbass

“Nosotros tendremos trabajo y ellos no; nosotros tendremos pensiones y ellos no; nosotros tendremos prestaciones para los pensionistas y los niños y ellos no; nuestros hijos irán a la escuela y a la guardería, los de ellos se quedarán en los sótanos, porque no pueden hacer nada”
. Estas palabras las pronunció el presidente golpista Piotr Poroshenko en diciembre de 2014, unos meses después del golpe y con el ejército bombardeando poblaciones del Donbass. Se le puede ver pronunciándolas en el documental Donbass de la directora francesa Anne-Laire Bonnel. Efectivamente fue lo que pasó. Durante ocho años la población de esa zona se vio obligada a vivir en los sótanos, a pesar del acuerdo de alto el fuego de Minsk. La invasión rusa de Ucrania empezó el 24 de febrero de 2022, pero la guerra contra la población rusófila llevaba ya ocho años ante la complicidad de la OTAN y la UE, con un balance de 14.000 muertos, la mayoría civiles.

Más allá de las valoraciones que se hagan sobre la lentitud y el coste para los rusos de lo que hablan tan a menudo las fuentes anónimas de la inteligencia británica, lo cierto es que Rusia controla toda la franja del mar de Azov (una quinta parte del territorio de la Ucrania soviética) y amenaza con cerrarle la salida al mar Negro, ocupando Odessa, la emblemática ciudad de El acorazado Potemkin, de mayoría rusa al igual que el resto.

EE.UU. echa más gasolina al fuego y mira el espectáculo

Frente a esta situación, Estados Unidos ha anunciado que suministrará a Ucrania misiles con un alcance de 300 kilómetros. Esta medida va a llevar la guerra a un estadio de destrucción muchísimo mayor, básicamente en detrimento del pueblo ucraniano. De hecho, Rusia ha amenazado con responder al uso de estos misiles atacando las principales infraestructuras ucranianas. Esperemos que la diplomacia se imponga antes de que veamos el resultado de esta nueva fase.

No hay muchos motivos para la esperanza. Estados Unidos está encantado con un conflicto en el que dice estar dispuesto a sacrificar hasta el último ucraniano y hasta el último euro. Es una forma lógica de intentar debilitar a Rusia sin implicarse directamente en la guerra. Lo que no se entiende es la posición de la UE, convertida en el pagano económico de la estrategia de Estados Unidos y en correr el riesgo de que alguno de esos misiles se desvíe de trayectoria. La posibilidad de que la guerra implique directamente a la OTAN a través de Polonia o Rumanía es un hecho cada vez más cercano. La reciente decisión de Lituania de cerrar el corredor de Kaliningrado es lo más parecido a una declaración de guerra. Y Lituania forma parte de la OTAN.

Tres soluciones y sólo una viable: una negociación diplomática urgente

Aunque a los ataques de testosterona de varios de sus dirigentes de la UE le ha ido siguiendo una moderación verbal más acorde a sus reales poderes, los líderes principales siguen con el mantra de que no van a permitir una victoria de Rusia. Hay tres posibilidades de que Rusia no gane esta guerra. La primera es una negociación diplomática urgente. La segunda, una guerra nuclear que termine con el poder militar ruso. En esta opción, es más que probable que Europa, Ucrania incluida, no tenga nada que celebrar. No parece una opción aconsejable. Es posible que le sirviese a Estados Unidos si pensase que podía limitar a Europa un conflicto nuclear, aunque no es realista pensar que Rusia estuviese dispuesta a limitar la destrucción nuclear a Europa. La tercera opción sería que Putin hiciese caso a lo que diga Estados Unidos, cosa que no parece.

Lo mismo que para la UE pero aumentado vale para Ucrania. O elige negociar y ceder una parte de la antigua república socialista o se arriesga a perder mucho más, sin contar el coste añadido en vidas y bienes. Es una elección muy dura, pero la menos mala. Es lo que ocurre cuando uno se empeña en convertir en ratas a los vecinos y no se tiene la fuerza suficiente. Si la guerra continúa, Ucrania corre el serio riesgo de seguir perdiendo más territorio: Odessa, Járkov o Kiev pueden terminar volviendo a ser territorio ruso. Si la guerra se generaliza, la nueva Ucrania será de cenizas.

Europa, los europeos, ya estamos pagando un alto precio por esta guerra que nos ha convertido en la nueva Ucrania, en la nueva frontera y no tiene visos de reducirse. Al contrario, a la sangría escandalosa de los bolsillos de los trabajadores se une la amenaza de una posible recesión económica. La tormenta perfecta. La patronal ya está presionando para que los trabajadores y pensionistas pierdan un IPC que está rondando el 8%.

“¿Periodismo? de guerra”, seguridad y control

En otro orden de cosas, estos cuatro meses han puesto de manifiesto el descenso a los infiernos de la información y las libertades. Algunos de los montajes propagandísticos no han tenido nada que envidiar a los del supuesto ataque iraquí a una maternidad de Kuwait. Las televisiones se empeñan de que están transmitiendo información real en tiempo real y desde el lugar de los hechos. Falso de toda falsedad. La realidad es que los periodistas que están en la zona de guerra se ven constreñidos a ir a donde les interesa llevarlos a la autoridad de la zona y su información se ve limitada a la que les suministra esa misma autoridad. Ese es el triste marco de la información de guerra por más que nos la intenten adornar con falsos atributos. Por no aburrir, la información de las zonas de guerra que nos llega es en un 99,9% aquella que sirve a los propósitos de la autoridad que controla esa zona de guerra. Y cuando no es así, se les dispara como a Couso o Saeed Chmagh y Namir Noor-Eldeen o a Shireen Abu Akleh. El secuestro de Assange es revelador del destino del periodismo que no sirve al poder.

En esta línea, la UE ha aprobado a principios de junio la directiva de telecomunicaciones que permite a los Estados recabar y guardar sin límite de tiempo y sin autorización judicial nuestros datos en Internet. Es un atropello fundamental. Ya en 2016, la UE creó un grupo de información secreto formado por periodistas anónimos cuya misión era supuestamente contrarrestar la desinformación rusa. La pregunta es: ¿por qué una causa tan noble se ha de hacer en secreto y por qué esos periodistas no se responsabilizan con su firma de lo que escriben? Extraño como poco. La detención/secuestro en Polonia del periodista Pablo González, la supresión de cuentas de Twitter, la censura en YouTube del documental sobre Ucrania de Oliver Stone son pinceladas de un cuadro nada halagüeño.

Por si lo anterior fuese poco, la continuación de la guerra va a llevar aparejada la vuelta de la política de confrontación de bloques que tantas guerras dejó en el pasado.

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