África, prejuicios y concertinas El desarrollo occidental lleva siglos mostrando los mismos resortes de abuso, codicia y acumulación a costa de los desfavorecidos

Cesáreo Villar Blanco 30/07/2022

Hace unas semanas, en la frontera española se vivió un dramático ejemplo del trato mezquino que Europa sigue dispensando a África. El norte opulento alimenta su bienestar con recursos africanos pero ya no tolera a sus migrantes, por eso nuestras autoridades los reciben con dispositivos militares y prisiones. En Melilla, jóvenes malheridos o que celebraban entre lágrimas haber caído del lado bueno de una valla coronada de cuchillas fueron vistos como subsaharianos violentos al asalto de nuestra riqueza. El presidente Sr. Sánchez justificó la tragedia con terminología bélica: fue una operación bien resuelta.

Pero esa alambrada excluyente no se sostendría sin una base de prejuicios que convierte a los inmigrantes en culpables de su propio drama. Todo es más sencillo para nosotros si achacamos el subdesarrollo de sus países a la ineptitud política y cultural, si ignoramos los efectos de 400 años de esclavismo y 75 de colonialismo y si consideramos a sus gobiernos derrochadores natos de recursos y de ayudas. Que 55 ex-colonias se estanquen de forma simultánea debería hacernos sospechar de algún factor ajeno que los condiciona, pero son los tópicos panafricanos los que acaban apareciendo en cualquier debate. La tendencia a atávicas luchas tribales, la indolencia natural de sus gentes o su tolerancia con la corrupción política redondean ese imaginario racista que nos ayuda a rechazarlos sin sentir repugnancia por nosotros mismos.

Sin embargo, no entraña dificultad atar cabos sobre el origen del retraso africano. El desarrollo occidental lleva siglos mostrando los mismos resortes de abuso, codicia y acumulación a costa de los desfavorecidos, tanto en África como en otros continentes. En realidad, descartados por la ciencia moderna los fundamentos raciales, la única causa discutible que les queda a los intolerantes es un supuesto “modo de ser” africano que parece incapacitar para el progreso a 1.200 millones de habitantes.

En principio, asumir algo así choca con la evidencia histórica. Los pueblos africanos nunca fueron naturalmente reacios al cambio o más torpes que los de otros lugares, ni en el paleolítico ni en el siglo XV. Es sabido que sus tierras acogieron desde antiguo civilizaciones donde se esculpían prodigiosos bronces, se generaban ricas expresiones artísticas, se construían grandes ciudades y templos, se sostenían rutas comerciales transaharianas y ultramarinas y se organizaban ejércitos poderosos.

De lo que no cabe duda es del efecto devastador del esclavismo, que desde el siglo XV al XIX desbarató la evolución natural de reinos y poderes nativos, rompió rutas y relaciones comerciales internas en un continente inmenso, y marcó el declive de campos y ciudades quitándoles la energía de millones de jóvenes capturados. A pesar de ello, aún hoy se pueden leer timoratas estadísticas sobre esclavitud que cifran en “solo” 12 millones las personas arrancadas del continente. Aceptarán, al menos, que si las naciones más avanzadas de Europa planificaron el secuestro de negros africanos a escala masiva para alimentar un negocio global, las consecuencias no pudieron ser pequeñas.

En cualquier caso, más allá de los millones de vidas rotas, nadie puede negar su enorme impacto en el equilibrio socioeconómico de un entorno en el que se desató la desconfianza generalizada, los saqueos, las guerras y la pérdida de relaciones entre comunidades. No por casualidad África quedó anclada casi 4 siglos en 100 millones de habitantes mientras otros continentes triplicaban población facilitando su despegue cultural y tecnológico.

Para colmo, en el siglo XIX los países dominantes perdieron el interés por los esclavos negros, pero su ávida maquinaria capitalista no pudo renunciar a una tierra completamente indefensa. Solo necesitaban tapar los derechos humanos con una gruesa capa de racismo, pero la ciencia pronto declaró a los negros semihumanos necesitados de tutela occidental. Estaba todo listo para que las luminosas potencias Europeas, a las puertas del siglo XX, repartiesen África separando sus etnias, expropiando sus tierras y desmontando su economía hasta convertirla en un recinto de minas y monocultivos. Fue este despiadado anacronismo el que ayudó a Europa a cebar el motor de su prosperidad, alimentar el desarrollo de su tecnología y atesorar aprendizajes valiosísimos sobre finanzas y mercados globales.

Habrá quien sostenga que algún avance debió aportarles el colonialismo, pero lo cierto es que los invasores ni se molestaron en adecentar la escena del crimen. Dejaron en herencia birriosos trenes para conectar con la costa, leyes que sometían a los africanos a las explotaciones, autoridades que tumbaban precios de productos locales, importaciones que erosionaban su independencia económica y salarios de miseria para trabajadores que solo sobrevivían con sus propios cultivos. El célebre coronel Grogan se refirió a los campesinos kikuyu de Kenia con esta crudeza reveladora: “Les hemos robado su tierra. Ahora tenemos que robarles las piernas. El trabajo obligatorio es el corolario de nuestra ocupación en este país”.

En realidad, el plan exigía un empobrecimiento deliberado de África. La educación se detenía en los estudios primarios para impedir a los nativos el acceso a puestos cualificados. Los blancos jamás compartieron técnicas y conocimientos con los autóctonos, pese a su larga relación y a las reiteradas súplicas de las autoridades locales para que se les facilitasen expertos, educación o maquinaria. Solo enviaron misioneros amansadores y parches de apariencia filantrópica para disimular el expolio y limpiar la conciencia.

Los africanos nunca construyeron puentes, edificios y universidades porque sus naciones cautivas solo recibían migajas de las fabulosas ganancias que generaban para los blancos. Por eso mientras nacía en Europa el estado del bienestar, un continente entero carecía de hospitales, de electricidad, de escuelas y de carreteras. Portugal no formó ni un solo médico durante 500 años en Mozambique. Enfermedades del hambre, como la pelagra, no se conocían hasta que llegaron los colonizadores a destruir sus modos de vida tradicionales. Se llevaron algodón, oro, minerales y miles de soldados negros a guerras blancas. A cambio, les dejaron instituciones coloniales para gestionar el abuso y sus medios de supervivencia desmantelados.

En los años 60 se consintió la independencia de los países africanos. Cosa distinta es llamar poder real aquello que heredaron dictadores peleles o, en el mejor de los casos, gobernantes atados a una administración obsoleta y a redes de explotación foráneas. Evitar el entramado parasitario de bancos, empresas extranjeras y organismos internacionales requería poco menos que un milagro. Algunos brillantes líderes como Patrice Lumumba, Thomas Sankara o Amílcar Cabral tuvieron el coraje de intentarlo, pero fueron asesinados por las democráticas naciones europeas. Una bonita costumbre que llegó a darse hasta bien entrados los 80.

Las nuevas naciones se vieron abocadas a sobrevivir vendiendo recursos a precio de saldo, pidiendo préstamos y dependiendo de inversores extranjeros o de la ayuda internacional. Y es así, mediante esa larga cadena de imposiciones exteriores, en un contexto capitalista sin ataduras ni contrapoderes locales, como mejor se explica el subdesarrollo de África. Omitiré la última fase imperialista, que compartimos en un ecosistema neoliberal caracterizado por las transnacionales sin control, el predominio global de las finanzas y las pugnas entre superpotencias por recursos y mercados, pero me temo que África aún tardará mucho en liberarse de la oscuridad económica y política en la que está confinada.

Mientras tanto, deberíamos intentar el asalto a la valla desde este lado. No estaría mal empezar demoliendo la frontera de prejuicios que nos distancia de nuestros vecinos. Estoy convencido de que les está haciendo mucho más daño que las propias concertinas.

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