Crónicas del Madrid oscuro

Reforma laboral en un día de calor

Juan Madrid 04/08/2022

Lucio llevaba quince años en el almacén de una fábrica catalana de embutidos, situado en la localidad de Valdemoro, y pensaba que aún podía tirarse otros quince años más en el mismo curro. Lucio no entendía demasiado de economía política, ni sabía a ciencia cierta lo que significaba tipo de interés o devaluación. En cambio sí que tenía muy claro esto de la crisis. En el último año habían despedido a un porrón de gente en el almacén: tres repartidores, cuatro mozos de carga y dos vendedores. Pero, lo que son las cosas, como Lucio era encargado, pensaba que a él nunca le tocaría la china.

El lunes ese de calor, Lucio llegó al almacén como siempre, a las ocho de la mañana. Tenía el turno de las ocho y media, pero como era cumplidor como nadie, llegaba media hora antes.

Lo primero que le mosqueó fue ver el almacén cerrado y a los diez o doce descargadores sentados en el bordillo de la carretera. Tampoco había un solo coche de los empleados de la oficina, excepto el del jefe. El mosqueo de Lucio debió ser grande, vamos, de aúpa. Uno se tiene que figurar a Lucio, atónito, viendo a sus descargadores sentados en el borde de la carretera con caras de cabreo, murmurando palabrotas por lo bajo. Pónganse ustedes en su lugar y comprenderán.

- ¿Qué coño pasa aquí? -debió preguntar Lucio?. ¿Por qué no estáis en el curro, tíos?

- ¿Que por qué? ?debieron responder?. Entra tú mismo y pregunta, listo, que eres un listo.

Y Lucio pasó al almacén con el corazón bailándole en el pecho y se puso a recorrer las dependencias, buscando a don José, el jefe.

Lo encontró arriba, en los despachos, sentado tras su mesa con un montón de papeles a su lado. Detrás suyo estaba Inchausti, el que hacía de vigilante, que había sido guardia civil en Gibraltar, cuando el auge del contrabando del rubio. Inchausti tenía los brazos cruzados sobre el pecho y se había puesto las gafas negras. Don José llevaba el traje y la cara de siempre.

- ¿Da usted su permiso don José?

- Pasa, Lucio, pasa, hombre. Ven y siéntate aquí.

Sin dejar de sonreír, Lucio se sentó donde le indicaron, según supongo yo, que no estuve allí y me lo estoy figurando todo. Pero debió ser así, poco más o menos.

- No sé qué pasa, don José, he visto a esos vagos ahí abajo y me he dicho…

- Cerramos la empresa, Lucio. Es la crisis.

- ¿Cómo? - Lucio debió abrir un palmo de boca? ¡Pero si tenemos pedidos para todo el otoño!

- Mira, Lucio, tú no entiendes de estas cosas. Esto es la crisis, la reconversión esa. Anda firma aquí el finiquito. Cobrarás el paro y todas esas cosas, hombre.

Lucio miró a Inchausti, pero éste con las gafas negras no movió un músculo.

- Un momento, don José. ¿Quiere decir que…?

- Mira, Lucio, esos bestias de ahí abajo no han querido firmar, allá ellos. La empresa ha quebrado, ¿entiendes?

- No puede quebrar, don José. Tenemos muchos pedidos, ¡si lo sabré yo que soy el encargado!

- Es un truco de nuestros jefes de Barcelona, no es cosa mía, yo te tengo aprecio. Yo soy también un currante como tú. Un mandado, vamos.

- ¿Un truco, don José? No entiendo… ¿Es una broma, don José?

- No, de bromas nada, la empresa quiebra y es todo legal. La empresa tiene abogados, asesores jurídicos, gente que sabe dónde pisa. La cosa es así, quebramos y luego compran la empresa unos socios que son amiguetes del dueño. Estos socios reciben ayudas y subsidios por comprar una empresa en quiebra, cambian la marca y ¡hala! a funcionar otra vez. De paso, sanean la economía interna y vuelven a contratar a los mismos pero a seis meses y con más ayudas estatales por eso de contratar parados.

- O sea, que me van a volver a contratar, ¿no?

- Eso es, pero dentro de seis o siete meses, pero la empresa tendrá otro nombre y habrá, bueno…, algunos cambios.

- Yo llevo quince años aquí, don José, y siempre he cumplido como el que más, soy encargado. ¿Me van a contratar otra vez como encargado?

- Eso no lo puedo saber. Los dueños son los que mandan, yo no sé nada.

- Usted, don José, me podría garantizar en un papel que…

- No, de papeles nada. ¿Firmas o no?

A lo mejor firmó o no, eso no lo sabe nadie. El caso es que ese jodido lunes de calor, Lucio volvió a su casa de la calle San Andrés a las once de la mañana. Y les juro por la salud de mi madre que un poco antes lo vieron en el quiosco de Paco dándole al anís seco y murmurando por lo bajo. Uno no puede saber si iba ya borracho o fue el calor o cualquier otra cosa, lo que desencadenó aquello. Quizá todo junto, además del calor que también cuenta.

Subió a su casa y se lo contó todo a su señora, que acababa de volver de la compra con el niño pequeño. Los otros tres hijos andaban jugando por la plaza. Dicen los que saben que aunque Lucio tenía categoría de encargado, cotizaba como mozo de almacén. El resto de la paga se la daban bajo cuerda, como pluses y esas cosas, de modo que el paro que iba a cobrar no llegaba a cuarenta billetes. Sabiendo que pagaba cincuenta mil pesetas por el alquiler de la casa, es comprensible todo lo que ocurrió después.

Los vecinos escucharon los gritos de su señora y los lloros del niño pequeño y luego un espeso silencio. Como en mi barrio ese tipo de ruidos no extraña a nadie, cada quien continuó con sus asuntos.

A eso de las dos y media de la tarde, los otros tres chavales del Lucio volvieron de jugar y entraron en la casa con la intención de comer y luego ver la televisión. Lucio los degolló a los tres con el cuchillo más grande que tenía en la cocina, luego salió al balcón a llorar o con la intención de soltar un discurso, quién lo sabe, pero como nadie le hizo caso, por lo tanto, nadie recuerda nada.

Fue el jodido calor, dijeron.

Publicado en el Nº 357 de la edición impresa de Mundo Obrero jul-ago 2022

En esta sección

Cuando las bombas estallan en Ucrania, los medios de comunicación despliegan sus armasReforma laboral en un día de calorLuis Cernuda, la España que arde frente a la derrotaValla, vallaValencia: calle Bluff, número 1, primero izquierda

Del autor/a

Reforma laboral en un día de calorCarne asadaEl gran arteUniversidad de OxfordUna equivocación