Hojas rojas

Tres instantes de la España Cañí (VIII) La izquierda pide la llegada de la III República por convicción ética y modernidad democrática. La ultraderecha, también, pero por razones muy diferentes.

María Toledano 14/05/2013

Transición y monarquía

De la muerte de Carrero Blanco (1973) al referéndum de la OTAN (1986), circula eso que se viene llamando Transición democrática. No es fácil a estas alturas de la historia recordar las afrentas, traiciones, desapegos, rupturas, engaños, injerencias, asesinatos y reformas necesarias para pasar de una dictadura de corte fascista, nacional-católica, a una democracia de mercado con su extraña ley electoral. Muerto el incombustible dictador, la CIA se puso al mando de las operaciones -con el temor, al fondo, de la Revolución de los Claveles (1974)- y organizó un enorme dispositivo para llevar a la península europea a un estado natural de letargo capitalista. Uno de los elementos esenciales para este proceso fue, además de la moderación impulsada por el PCE, la joven (entonces) monarquía. Ahora, que se tambalea, la extrema derecha mediática saca de nuevo sus argumentos mayores y le recuerda algunas de sus traiciones: a Franco, a los Principios generales del Movimiento, etc. Las andanzas del Rey y de sus parientes colaterales están provocando la reacción cavernícola del viejo y rancio fascio español, tradicionalista y de las JONS. La izquierda pide la llegada de la III República por convicción ética y modernidad democrática. La ultraderecha, también, pero por razones muy diferentes. No está de más recordar, ahora, cuando los cimientos de la Zarzuela tiemblan, que la caída de la monarquía en 1931, tras elecciones municipales, no fue solo obra de la izquierda. La gran derecha española, mayoritaria, nunca ha sido monárquica. No confundamos los argumentos. La izquierda transformadora es republicana, siempre ha sido, por extensión natural, por ejemplo, de la idea de igualdad. La derecha es republicana porque sueña siempre con caudillos de hierro. En España, curioso, el único partido abiertamente monárquico es el PSOE.

Preston versus Carrillo

Leo a Paul Preston, historiador de lo nuestro, sobre Carrillo. El libro se titula El zorro rojo, encabezamiento que no hubiera disgustado al mismo Santiago. Lo leo, despacio, con una mezcla de alegría y tristeza. La mayoría, la inmensa mayoría, sabemos quién fue el todopoderoso Secretario General. Sabemos de su vanidad y orgullo, de su desprecio por sus enemigos dentro del partido, de sus métodos. La biografía explica estas cosas y cuenta detalles, terribles, que los jóvenes no sabrán. Pienso en Santiago, manos y voz, pitillos, elegantes trajes, y veo, con la distancia, su larga trayectoria. También conozco sus aciertos (pocos) y, aunque esto sea una reflexión casi sentimental, recuerdo el orgullo (infantil) que sentíamos cuando subía a la tribuna en el Congreso de los Diputados en los primeros años de la Transición. Santiago era un profesional, que venía, atravesando el siglo XX, de los debates de la Internacional. El libro de Preston es elocuente (quizá se apoya demasiado en los testimonios de Líster, Semprún y Claudín, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo), claro en la exposición y definitivo en sus conclusiones. Me distancio en varios puntos pero destaco uno: la identificación de Carrillo con el estalinismo. Que Carrillo fuera un dirigente estalinista -más por obligación y oportunismo- es algo indudable (como lo fue el partido hasta los años 60), así como clara fue, sin duda, su supeditación a los dictados del PCUS. Otra cosa es que, en lo personal, se identifique la soberbia, el despotismo, el rencor y el cinismo como rasgos propios de eso llamado estalinismo. La equiparación de la maldad, en sentido global, con el estalinismo no es defendible. El estalinismo, vienen teorizando Losurdo y Zizec, entre otros, es algo más que la personificación trascendente del mal y la eliminación violenta de amigos y enemigos. Parece obvio; pero por eso mismo es necesario recordarlo.

El PP y la barbarie inferior

Parecía imposible superar la tontería general y el desconocimiento del último gobierno de Rodríguez Zapatero. Parecía imposible, años atrás, sobrepasar los límites absurdos, zafios y simplistas del gobierno Aznar. Sin embargo, todo es posible, the show must go on, cuando nuestra ultramontana derecha, neocon, neonada, tul y hierro, saca a relucir sus galones de opereta, las mantillas y los argumentos, en ruedas de prensa y comparecencias, que una escucha, con vergüenza, en cualquier esquina. Campeón Arenas, vocero a caballo, el tertuliano Wert, Mato y su ex marido Gürtel, nuestro Mariano plurilingüe, Guindos, experto en generalidades, y el singular Montoro. Creo que es uno de los peores equipos desde los frágiles gobiernos de Adolfo Suárez. Economía y Hacienda, al dictado alemán, fieles perros de presa, ahogando la economía y el empleo sin rechistar, viendo, como saben, el coste que eso supondrá para su propia política. Cospedal, imaginario guante de cabritilla, apagando fuegos que le explotan en la mano, en la melena, mientras Bárcenas, peineta al viento, pone en un brete a todo el partido. Glez Pons, bombero en sus horas libres, luce sonrisa de ultramarinos y templa gaitas al tiempo que Floriano, ay, Floriano, ay, inunda radios y televisiones con bobadas dignas de un niño mal criado. Estamos rodeados. Omito a Gallardón, juega a otra cosa, su ambición es conocida, que reparte recortes según convenga a los intereses ocultos que sirve. Al fondo Esperanza Aguirre, cual díscola menina, sin dejar de sonreír, el PP madrileño atado al refajo, zurce -con el huevo de madera- sus calcetines de ex presidenta. Soraya Sáenz de Santamaría -la alumna ejemplar, toma apuntes en primera fila- pese a su esfuerzo y elevado taconeo, no consigue transmitir, cada viernes de dolores, que la cosa va. Es imposible. Se reían del gobierno de Rodríguez Zapatero. No entiendo la razón.

Publicado en el Nº 260 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2013

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