EnsayoPara la tercera cultura. El libro póstumo de Paco Fernández Buey La editorial de El Viejo Topo ha anunciado su publicación para el próximo mes de septiembre.

Salvador López Arnal 08/08/2013

Para la tercera cultura. Ensayo sobre ciencias y humanidades es el título del ensayo póstumo de Francisco Fernández Buey. La editorial de El Viejo Topo ha anunciado su publicación para el próximo mes de septiembre. El índice del libro es el siguiente: Prólogo: “Argumentos para una cultura integradora”: Alicia Durán, Jorge Riechmann, Jordi Mir y SLA. Nota de los editores. Capítulo 1. Humanidades y tercera cultura. 1.1. Ideas en torno a una tercera cultura. 1.2. Sobre tercera cultura y nuevo humanismo. Capítulo 2. Lecturas para la tercera cultura. 2.1. Galileo visto por Bertolt Brecht. 2.2. Los árboles del Paraíso en la visión de John Milton. Capítulo 3. Ciencias sociales y tercera cultura. 3.1.Las ciencias sociales entre formalismo y literatura. 3.2.Economistas y humanistas. 4. Para conclusiones. Anexos: 1: Sobre la medicina hipocrática. 2: Newton y Goethe en la ciencia moderna. 3: Sobre la objetividad. 4: Sobre ciencia y religión.

Los prologuistas destacan puntos esenciales de la reflexión del autor de Marx sin ismos y de Leyendo a Gramsci:

Desconocer que la cultura científica es parte esencial de lo que llamamos cultura (en cualquier acepción seria de la palabra) y despreciar la base naturalista y evolutiva de las ciencias contemporáneas equivale en última instancia, y en las condiciones actuales, a renunciar al sentido noble (griego, aristotélico) de la política, definida como participación activa de la ciudadanía en los asuntos de la polis socialmente organizada.” Paco Fernández Buey defendía la necesidad de incorporar la cultura científica a la discusión ética, jurídica y política. Y subrayaba que sin cultura científica, sin la máxima cultura científica de la que seamos capaces, no había posibilidad de intervención razonable en el debate público sobre la mayoría de las cuestiones que importan a las comunidades. Pues la ciencia, en sentido amplio, es ya parte sustancial de nuestras vidas. La mayoría de las discusiones públicas relevantes, ético-políticas o ético-jurídicas, requieren el máximo conocimiento posible del estado de la cuestión de las ciencias naturales: biología, genética, neurología, ecología, física nuclear, termodinámica. Y concretaba Paco con ejemplos significativos. Para orientarse en los debates sobre la actual crisis ecológica, la posibilidad de un desarrollo sostenible, el uso de los recursos fósiles o las energías renovables, necesitamos comprender los principios de la termodinámica, la idea de entropía y la flecha del tiempo, como ya mostraron Barry Commoner, José Manuel Naredo y Manuel Sacristán. Y para entender la necesidad de una ética medioambiental no antropocéntrica ayuda conocer la teoría de la evolución, como demuestra el paleontólogo Stephen J. Gould.


De este modo, “para empezar a combatir con argumentos racionales el racismo y la xenofobia ayuda, y mucho, el conocimiento de la genética de poblaciones”. De igual manera, “para repensar lo que habitualmente se llama “alma” y “conciencia”, base de la sensibilidad moral de los seres humanos y objeto durante mucho tiempo de la atención exclusiva de la religión y de la filosofía… ayudan las reflexiones de Francis Crick sobre la estructura neuronal del cerebro”. Los ejemplos se agolpan. Para todo ello, Fernández Buey “aboga por un enfoque naturalista dentro de un contexto evolucionista y sistémico, pero conservando al mismo tiempo la autonomía de un filosofar que se quiere filosofía mundana o pública”, lejos, muy lejos de las viejas tentaciones de construcción de sistemas metafísicos omnicomprensivos. El autor de Por una universidad democrática siempre estuvo muy lejos de esas grandilocuentes y más que ostentosas consideraciones filosóficas.

En los últimos decenios, se ha subrayado reiteradas veces el ambivalente (y peligroso) papel de la ciencia contemporánea: posibilita, a un tiempo, una tecnología que es simultáneamente productiva y destructiva, redentora y aniquiladora. La ciencia, a la vez, al mismo tiempo, es lo mejor que tenemos desde el punto de vista epistemológico y lo más peligroso que ha inventado el ser humano desde la perspectiva ético-política. Paco Fernández Buey lo recalcó en numerosas ocasiones (artículos, conferencias, seminarios, cursos universitarios) recogiendo una línea central de inspiración marxiana no talmúdica de sociología y política de la ciencia que su maestro, compañero y amigo Manuel Sacristán desarrolló con enorme originalidad en la última década de su vida, entre 1975 y 1985.

Tras un recorrido deslumbrante, innovador, sorprendente en ocasiones (las páginas que el autor dedica al Galileo de Brecht están en mi opinión entre las mejores del autor), FFB defiende en las conclusiones de su estudio sobre la tercera cultura tesis del siguiente tenor:

El humanista de nuestra época no tiene por qué ser un científico en sentido estricto, de hecho no puede serlo, “pero tampoco tiene por qué ser necesariamente la contrafigura del científico natural o el representante finisecular del espíritu del profeta Jeremías, siempre quejoso ante las potenciales implicaciones negativas de tal o cual descubrimiento científico o de tal o cual innovación tecno-científica”.

2. Si se limita a ser esa contrafigura, el intelectual tradicional, el humanista, tiene todas las de perder. “Puede, desde luego, optar por callarse ante los descubrimientos científicos contemporáneos y abstenerse de intervenir en las polémicas públicas sobre las implicaciones de estos descubrimientos”. Sólo que entonces, remarca oportunamente FFB, “dejará de ser un contemporáneo”.

3. Consciente de ello, el humanista de nuestra época podría ser, debe ser también un amigo de la ciencia. En un sentido parecido “a como lo son, a veces, los críticos literarios o artísticos, equilibrados y razonables, de los narradores, de los pintores y de los músicos”.

4. Si, como se suele afirmar, hemos de aspirar en el siglo XXI a una tercera cultura, a otra cultura más integradora, y a una ciencia con conciencia, como él mismo escribiría en el ensayo que dedicó a uno de sus granes clásicos, Albert Einstein, “el éxito de esta aspiración no dependerá ya tanto o sólo de la capacidad de propiciar el diálogo entre filósofos y científicos como de la habilidad y precisión de la comunicación científica a la hora de encontrar las metáforas adecuadas para hacer saber al público en general lo que la ciencia ha llegado a saber sobre el universo, la evolución, los genes, la mente humana o las relaciones sociales”.

5. La consideración anterior obliga a prestar mucha atención “no sólo a la captación de datos y a su elaboración, a la estructura de las teorías y a la lógica deductiva en la formulación de hipótesis, o sea, al método de investigación, sino también a la exposición de los resultados, a lo que los antiguos llamaban método de exposición”. Si se concede importancia a ello como debe concederse, a la forma de exponer resultados científicos alcanzados (el punto es esencial políticamente para religar ciencia y ciudadanía) hay que volver entonces “la mirada hacia dos de los clásicos que vivieron cabalgando entre la ciencia propiamente dicha y las humanidades y que dieron además mucha importancia a la forma arquitectónica de la exposición de los resultados de la creación y de la investigación: Goethe y Marx”. A ambos, clásicos también del estudioso de Gandhi y Lenin, les debemos, entre muchas otras cosas valiosas, consideraciones y reflexiones sobre el método de exposición “cuyo valor se apreciará tanto más cuanto mayor sea nuestra atención a la ciencia como pieza cultural”. Prólogos y prefacios de El Capital son muestra de ello.

La proclama ilustrada-y-más-que-ilustrada del autor puede decirse así: atrévete a saber porque (una neta ampliación de la XI tesis sobre Feuerbach) el saber científico (falible, provisional, casi siempre probabilista cuando no sólo plausible) ayuda en las decisiones que conducen al hacer, es imprescindible en asuntos de praxis. “Ayuda también a la intervención razonable de los humanistas en las controversias públicas del cambio de siglo”. Si bien, por lo general, esta ayuda se produce por vía negativa: “indicándonos lo que no podemos hacer o lo que no nos conviene hacer”. Francisco Fernández Buey solía recordar en estos casos las palabras de Maquiavelo: “Conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos”. ¡Para evitarlos, no para hundirnos en ellos!

Es solo una muy pequeña parte del aperitivo. Pasen, lean y disfruten del primero (espléndido donde los haya), del segundo, del tercero y del cuarto plato. Hay postres además: cuatro anexos excelentes. ¡No se lo pierdan!

Publicado en el Nº 262-263 de la edición impresa de Mundo Obrero julio-agosto 2013

En esta sección

Granada 1970¿Futuro?Teoría del Valor, comunicación y territorio’, una herramienta para el combate científico al capitalismo‘Comunes el sol y el viento’, el testimonio de un comunista y su complicada relación con la instituciónMaría José Ramos: "He querido transcribir en estos once cuentos, once historias de amor desinteresado y altruista"

Del autor/a

Mario Amorós: “La razón de fondo es el profundo malestar frente al modelo neoliberal”María José Ramos: "He querido transcribir en estos once cuentos, once historias de amor desinteresado y altruista"Las finalidades y procedimientos del “procés” y el papel de la izquierdaNotas, textos, artículos, traducciones y conferencias de Manuel Sacristán (1925-1985) publicadas en la revista mientras tantoUn libro para el estudio y la intervención política informada