Entrevista a Carlos Blanco Aguinada

Antonio José Domínguez 02/03/1998

Carlos Blanco Aguinaga, catedrático en varias universidades americanas, en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad del País Vasco, acaba de publicar En voz continua (Ediciones Alfaguara), su cuarta novela. Un recorrido realizado desde un grato reconocimiento para evocar e indagar en la vida y obra Emilio Prados, uno de los grandes y, por desgracia, menos conocido de los poetas del 27. También, en estos días, acaba de aparecer la tercera edición de Juventud del 98 (Editorial Taurus), uno de los estudios imprescindibles para conocer la generación de principios del siglo XX. Ahora, en una de sus estancias aquí en España hemos tenido la oportunidad de conversar con este profesor, ensayista y crítico literario que tanto ha aportado al conocimiento de nuestra literatura. Sería ingrato no nombrar a Iris, su mujer, que estuvo presente durante esta entrevista y que varias veces intervino para puntualizar y aclarar hechos y conceptos.
Mundo Obrero: A la edad de nueve años inicia Ud. un largo exilio. En Hendaya termina sus estudios primarios. Si la infancia y adolescencia, dicen, son los territorios donde los escritores regresan para extraer los materiales de sus obras, ¿cómo es que aún, que nosotros sepamos, no ha vuelto su mirada hacia esa edad tan conflictiva como llena de circunstancias excepcionales?
Carlos Blanco Aguinaga:
Ese espacio al que Ud. alude sí aparece en mi novela o serie de relatos cortos, Carretera de Cuernavaca, escrita en orden cronológico. Se inicia con El armario, cuyo asunto es la historia de un niño que se mete en un armario y cuando sale años después sólo ve flores y tumbas. Le siguen otros cuentos como, El hermano mayor que tiene como eje narrativo la Batalla de San Marcial; otro narra la salida a Francia e Información necesaria que cuenta el viaje a México. Y, por último, el relato más largo, que se titula precisamente Carretera de Cuernavaca, tiene como protagonista a Antonio que quiere escribir una historia realista sobre el barco el Vita, cuyo capitán ha conocido, pero que no lo consigue porque se le mezclan mil cosas, tanto de tipo autobiográfico como de técnica narrativa.

M.O.: ¿Pero cuáles son sus recuerdos de la Guerra Civil?
C.B.:
A los nueve años salí de Irún. Después, a los doce, marchamos a México. De este tiempo, recuerdo la batalla de San Marcial que dura mes y medio, aunque la gran batalla del Norte se produjo cuando Mola y los suyos vencieron y se pasearon hasta el cinturón de hierro de Bilbao. Los niños, paradójicamente, jugábamos a la guerra en una plaza que se llamaba Moscú, nombre que le dieron, porque allí se reunían los milicianos para subir al monte a luchar. Era como tener la guerra en propia casa. Los críos veíamos todos los aconteceres. Después en Francia, las noticias, que nos llegaban por la radio o por el repiquetear de las campanas de Fuenterrabía, siempre fueron malas, porque anunciaban alguna victoria de las tropas franquistas. Otra cosa que nos aterraba mucho a los niños refugiados en Francia era ver, cuando íbamos a la escuela en la orilla de la ría, los cadáveres de aquellos que habían querido escaparse. También el traqueteo de las ametralladoras por las noches. Fue una guerra sin grandes batallas pero totalmente inmediata.

M.O.: ¿Cuáles son sus primeras experiencias en México?
C.B.:
La República crea varias escuelas e institutos para que los maestros y profesores refugiados puedan seguir ejerciendo la docencia. Eran instituciones particulares, aunque todos los alumnos estábamos becados. Los gobernantes republicanos querían que siguiéramos formándonos en la cultura española. Creían que íbamos a permanecer exilados en México poco tiempo. También permanecíamos al margen de las luchas políticas entre Prieto y Negrín. La instrucción y formación era de gran calidad. Los profesores pertenecían a la Institución Libre de Enseñanza y al Instituto Escuela, y algunos también eran catedráticos, como Millares y Santaló. Allí, en el Instituto “Luis Vives,” conocí al poeta Emilio Prados que se ganaba la vida bastante inútil: nos cuidaba en el patio durante los recreos. En la vida he visto peor vigilante. Por ejemplo, cuando jugábamos al fútbol y rompíamos un cristal de una de las ventanas se las ingeniaba para dar otra versión de lo ocurrido. Para nosotros era Emilio. Ya cuando fuimos a la Universidad supimos que era un gran poeta. Otra cosa era Juan Rejano, que en la sede de la JSU, nos recriminaba porque, según él, éramos poco serios y teníamos que ser más disciplinados.

M.O.: ¿Y cómo vivíais las luchas políticas internas?
C.B.:
Los chavales no nos dábamos cuenta de las diferencias entre socialistas y comunistas hasta que ingresamos en la JSU. Allí también nos llegaban noticias de España, pero nosotros no sentíamos nostalgia. Poco a poco, nos íbamos adaptando a aquella maravillosa ciudad.

M.O.: En tu biografía a parece también una aventura marinera. ¿Cómo fue que se embarcó en un buque mercante?
C.B.:
Antes de este acontecimiento de mi vida, quiero recordar otro. Un buen día, don Rubén Landa, director del “Luis Vives”, me ofrece una beca para proseguir mis estudios en Estados Unidos. Acepto y con la autorización de mi madre -mi padre andaba por Chiapas intentando hacer negocios de pesca- me voy a La Universidad de Harvard donde me licencio en Filosofía. A la vuelta, me embarco en un buque que hacía contrabando de armas con Israel. ¿Imagínate en el año cuarenta y ocho? Su tripulación era, en su mayoría, vasca, porque su capitán había contratado al capitán Manresa que había sido capitán de el Vita y allí me embarqué de camarero. Pero estalló el escándalo. Un periodista desveló que aquel barco no iba a Argentina a llevar azúcar de México y traer carne. Tampoco la tripulación sabía nada, pero una vez enterados decidimos seguir el viaje ya que se nos doblarían el sueldo cuando llegáramos al Mediterráneo que se encontraba entonces sembrado de minas. Realizamos la travesía hasta Tel Aviv donde desembarcamos las armas. El regreso fue precipitado. Aquella noche, en Jerusalén, un grupo armado hebreo asesinó a Folke Bernadotte, delegado de las Naciones Unidas en el conflicto que enfrentaba a Israel con los países árabes. Sin petróleo ni agua en las calderas llegamos a Nápoles. Fue una auténtica odisea, pues en la ciudad italiana tuvimos que limpiar las máquinas de los desastres producidos por el agua de mar que utilizamos para huir de Israel.

M.O.: ¿Entonces, había leído ya a Arthur Rimbaud y deseaba emular sus aventuras?
C.B.:
Sí. Antes de mi marcha a Estados Unidos, junto a Tomás Segovia, Jacinto Viqueira, Ángel Palerm, Pancho Aramburo, Lucinda Urrusti, José Miguel García Ascot y Roberto Ruiz habíamos fundado la revista Presencia. Entre los diecisiete años y los veintiuno, edad con la que realicé mi aventura marinera, fui muy existencialista.

M.O.: ¿Una vez de vuelta a México, qué profesores le inician en la lectura de los clásicos marxistas?
C.B.:
Fue una actividad autodidacta. En Harvard leí a Hegel y a Marx, pero como le dije antes, era fundamentalmente existencialista. Estudié a Unamuno y a Kierkeaard. No puedo decir que fui marxista y conocedor de Marx hasta el año sesenta, aunque todos los jóvenes de mi generación teníamos una conciencia antifascista y antiimperialista por nuestra formación y también por nuestras vivencias inevitablemente mexicanas. Sobre estos fundamentos, cada uno tomó un camino, aunque mi existencialismo estaba más cercano al de J. P. Sartre que al de Heidegger. En El Ser y la Nada aparece lo que es el sujeto a través del otro y toda la dialéctica hegeliana. Este fue el inicio. Y, cuando me inicié en la crítica literaria, mis maestros fueron Amado Alonso y Raimundo Lida, ambos pertenecientes a la corriente estilística. Y yo, de hecho, siempre he abordado las obras literarias desde el punto de vista estilístico, es decir, he realizado lo que denomino estilística marxista. Nunca he dejado de profundizar en las relaciones que se producen entre el arte, la sociedad y la historia.

M.O.: Además de una serie de estudios literarios también ha cultivado la literatura de creación. Ahora acaba de publicar “En voz continua” en la que el narrador recrea en prosa la vida de Emilio Prados. ¿Esta novela es un homenaje a la literatura o al autor de “Cuerpo perseguido”?
C.B.:
Es un homenaje, pero no estoy seguro que si él la pudiese leer estuviera de acuerdo. Posiblemente me diría que soy un monstruo, como solía decir él. Siempre me ha interesado Emilio Prados por ser un gran poeta y una gran persona. Su lucha interna, agónica, entre una idea muy filosófica de lo que es poesía y sus compromisos con la realidad tan vitales y subjetivos como su poesía, también han influido que me interesase por su vida y obra. Tenía una gran sentido de la justicia y un anhelo de fundirse con el mundo, pero no en un mundo abstracto, sino un mundo que incluye a las personas. Ahí está su biografía: poeta revolucionario durante la guerra se afilia al PCE, colabora en Hora de España, lee poemas por la radio y ejerce una gran labor de agitación y propaganda. Y en México se encuentra con el dilema de reconstruir su persona y su visión del mundo. En este sentido es un poeta fuera de honda; su estirpe arranca de la poesía metafísica alemana pero que al mismo tiempo es un poeta de izquierda. Y esto es lo que he querido contar: la novela de este tipo concreto de poeta, no la novela de Emilio Prados, sino la novela en la que el poeta es el Extranjero, es decir, la de un ser que está aparte de los demás porque está poseído de una llamada especial. Esa lucha en ser un extraño y querer estar con los demás es lo que me interesó. La utilización de iniciales en lugar de nombrar a los personajes en la narración no es una cuestión de misterio, se trata de seguir el modelo de los escritores alemanes que en sus diarios nombraban a las personas por sus iniciales y no por sus nombres.

M.O.: En esa biografía, casi a media voz, una de las cosas que quedan en la penumbra es el tema de la sexualidad del personaje, como algo reprimido que ni la izquierda se atreve a nombrar. ¿No le parece que esta actitud roza la cobardía?
C.B.:
Probablemente sí. Nadie se podía escapar de las presiones sociales, culturales y religiosas. Lo que puedo decir es que por sí mismo y por la gran influencia de su hermano siquiatra, a lo largo de su vida, quiere transformar todo en amor.

M.O.: ¿Pero eso no es una abstracción?
C.B.:
Es una abstracción. Ahora bien, en el caso de Emilio Prados se trataba de un hombre que sentía un enorme cariño hacia todos nosotros. Un día, por ejemplo, encuentra a dos niños españoles refugiados que están abandonados en la calle y se los lleva a su casa y los educa. Nunca existió en él la menor insinuación de relación homosexual. Y si tiene aventuras, las tiene fuera de su casa.

M.O.: Nadie duda de su reciedumbre moral, pero frente a Luis Cernuda hay grandes diferencias con respecto a la comprensión y a la aceptación de su homosexualidad.
C.B.:
Luis Cernuda es el único de su generación y de muchas generaciones en España que canta antes de la guerra el amor homosexual. En este sentido, el autor de La Realidad y el Deseo es único. Los demás viven su homosexualidad en la penumbra o en la sombra. Emilio Prados la vivió transformando. Es un problema que puede explicarse por la actitud del la izquierda que aún en los años setenta ni toleraba ni casi comprendía.

M.O.: Y por qué el propio Emilio Prados como Pedro Garfias o Manuel Altolaguirre son considerados por el canon literario como “poetas menores” de su generación, categorización que, de alguna manera, ha repercutido en el conocimiento de sus obras?
C.B.:
Son casos distintos. Pedro Garfias está fuera por circunstancias personales. Esta generación no es vanguardista, y él sí. Los demás reciben ya los resultados y fracasos de la vanguardia. Todos son metaforistas. Para ellos la poesía es metáfora y esto es lo que ha quedado como válido de las innovaciones de las vanguardias. Y, cuando P. Garfias supera la vanguardia estamos ya casi en la guerra. Ya en México, está deshecho y su escasa producción poética no tiene la dirección postvanguardista de los demás.

Manuel Altolaguirre relativamente escribe poco. En cambio, Emilio Prados escribe mucho y su desconocimiento se debe a su oscuridad. Sus espacios poéticos son distintos a los demás. Es difícil entender que el cuerpo es carne y la carne sueño, contradicciones de tipo barroco que utiliza para encontrar salidas a sus planteamientos del “yo” y del “otro”. También la composición de sus libros es muy rigurosa. Jardín cerrado no es una colección de poemas, es un libro compuesto por poemas cortos y poemas meditativos largos. También, paradójicamente, porque nunca estuvo en los circuitos de su generación. Un día decide no publicar la revista Litoral que, junto a Manuel Altolaguirre, habían fundado en Málaga y había sido el espacio aglutinador de los componentes de su generación. ¿Por qué? Otra vez entra en una de sus “fugas”, evocadas por Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas.

M.O.: ¿Entonces, quiénes realizan el canon de la Generación del 27?
C.B.:
Para mí Jorge Guillén, Pedro Salinas y Federico García Lorca. Los dos primeros por su condición académica: ambos son catedráticos universitarios. En la correspondencia entre ellos podemos apreciar cuáles son sus criterios los cuales tienen una repercusión inmediata y que se ajustan a posiciones políticas concretas muchas veces. El caso de Lorca es diferente porque es un genio. Ningún poeta del siglo XX ha creado un mundo poético donde sus personajes han quedado configurados en su propio medio, como ocurre con los gitanos en el Romancero Gitano y con los negros en Poeta en Nueva York.

M.O.: Hace casi veinte años apareció la “Historia social de la Literatura española” firmada por Ud., Julio Rodríguez Puértolas e Iris M. Zavala. Desde el diario “El país” fue calificada de “estalinista” y de “Novísima Inquisición de la literatura española”. Además se os acusó de “tiranos banderas carismáticos con dictadura del proletariado a su servicio (que estabais) dispuestos a ir ensanchando la buena nueva marxista a los jóvenes bachilleres ignaros”. ¿Cuál es tu visión hoy día de este manual?
C.B.:
Dos. Una, de sorpresa. En diferentes lugares, donde he acudido a dar conferencias, los profesores me comentaban la gran importancia que tuvo para ellos su publicación. Por otra parte, me sigue pareciendo un libro correcto e importante. Tanto me lo han ponderado que me lo he llegado a creer. Pronto va a salir una tercera edición, pero por diversas razones no vamos a hacer correcciones, aunque creo que son necesarias en cuestiones de detalles. La visión de la literatura es correcta aunque le encuentro un problema fundamental: la obligación didáctica o pedagógica de situar al principio de cada sección el apartado histórico para que los textos incluidos se enlacen con las introducciones históricas. Desde mi punto de vista, son los propios textos literarios de donde debe aparecer la historia. Pero claro, estamos hablando de un manual.

M.O.: En 1970 publicas “Juventud del 98”. Un libro importante porque rompe los esquemas metodológicos hasta entonces utilizados para estudiar la llamada “Generación de 98”. Apareció después una segunda edición y acaba de aparecer la tercera en plena vorágine noventayochista. ¿Qué es lo que aporta ahora esta obra?
C.B.:
Ahora vamos a tener todos los esencialistas, pesimistas reaccionarios escribiendo sobre el tema. Juan Goytisolo escribe su consabido artículo en El país. Luego viene Francisco Ayala que califica a la Generación del 98 de nacionalista y desfasada los progresos ocurridos en Europa. Y así, un artículo cada día en los periódicos hasta el de la culminación escrito por Francisco Umbral quien afirma que no hay que preguntar qué es España porque lo que importa son las gentes: “la pregunta falsamente noventayochista apela a la abstracción para evitar lo concreto y preciso. No es una pregunta humanista. Aun ellos se definieron como el fascismo humanista.” ¿Quiénes son ellos?, ¿De qué 98 está hablando? ¿Se habla del 98, así, globalmente? No se toma en cuenta lo que escribieron en su juventud. Y, luego habría que explicar cómo cambiaron y por qué cambiaron. Unamuno, por ejemplo, que adoptó `posiciones conservadoras, durante toda su vida siguió luchando por cosas fundamentales: la pluralidad de España, la importancia de las lenguas, su enfrentamiento con Millán Astray en octubre del 36, quién construye España y por qué. Pío Baroja, salvo un par de novelas, es un pésimo novelista y un reaccionario. Azorín tiene una juventud anarquista interesante y, luego, un gran mitificador. Y, finalmente, Blasco Ibáñez, un rebelde y federalista, hay que tenerlo en cuenta.

M.O.: ¿Entonces, desde qué perspectiva hay que analizar a este grupo de escritores?
C.B.:
La Generación del 98 es importantísima para bien y para mal. Hay que estudiarla dentro de la burguesía española progresista que está en lucha desde Larra para crear una cultura propia alejada de todo casticismo. Y así como en Europa las vanguardias quieren destruir el discurso burgués heredado, algo que realiza también Maiakosvki, en cambio aquí, la burguesía española no puede darse ese lujo porque el enemigo es tan fuerte ideológicamente y materialmente que lleva tantos siglos de dominio idelógico que cualquier brizna de originalidad e interés por modernizar el país sólo le interesa a la burguesía española progresista y para ello necesitan afianzar una cultura propia. Y el momento más fuerte de expresión de esa cultura es el 98, aunque algunos acaben en la derecha. No es una fracción de una clase social que intenta destruir todo lo existente como lo hacen las vanguardia europeas. Lenin y Lukàcs, sobre este aspecto, defienden la tesis que hay que defender la cultura burguesa para superarla. Y así hay que ver el 98, como un momento central y de continuidad de la cultura liberal burguesa española y como un grupo pequeñoburgués que estaba al margen del poder y que en su juventud quieren revolucionar el país desde una perspectiva antiburguesa y anticapitalista. Y no hablemos de la influencia que ejercen sobre los componentes de la Generación del 27.

Publicado en el Nº 78 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 1998

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