En memoria de Manuel Fernández-Cuesta Puerto"Contra la anestesia mental, contra el silencio" Ellos pasaron como ahora y siempre. Nunca nos dejaron ser, amputándonos la tierra a los caminantes sin guía ni trazos divinos, a los que hablan con el vocabulario sencillo de la razón y la materia.

Manuel Fernández-Cuesta Puerto 20/09/2013

[Fiesta PCE 2013]

EN RECUERDO DE MANUEL FERNANDEZ-CUESTA

12:30h - Domingo 22 de septiembre. Sala L1 "Manuel Fernández-Cuesta"

Intervienen: Gema Delgado, Redactora jefe de Mundo Obrero; Antonio José Dominguez, escritor y periodista; Mariano Asenjo, periodista; Pascual Serrano, periodista; y Ginés Fernández, Director de Mundo Obrero.
En julio de 1992 falleció Rogelio Puerto Martínez, uno de los escasos comandantes españoles de la Resistencia en París y firmante del acta de rendición de la Werhmacht. A raíz de ese hecho, Manuel Fernández-Cuesta Puerto, sobrino del batallador comunista desaparecido, entregó a la redacción de Mundo Obrero un texto que habría de ser el primero de otros muchos… Ahora, aquellos mismos “párrafos” que glosaban a Rogelio sirven para recordar al propio Manuel, autor de aquel “monólogo estéril” y hoy recientemente desaparecido, no por infarto, “mienten, fue la contrarrevolución”...
(Mariano Asenjo)


“Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una
meditación de la muerte, sino de la vida”.
Espinosa; Ética IV, LXVII


“La real para ti no es esa
España obscena
y deprimente.
En la que regentea hoy la
Canalla”.
L. Cernuda, díptico Español, II


La esquela era fría, gélida. Unas breves líneas y el eterno sinsentido por respuesta. La esquela era definitiva, atemporal, caótica. Memoria de hechos olvidados por el furioso vendaval de la historia, recuerdo de tardes de verano en el patio cuadrangular de El Dueso, perfecto repaso a la conciencia libre. (Una mano infantil, pequeña y nerviosa tira de tu pantalón buscando las tintineantes monedas).

Viviste, algunos lo ignoran, con la sonrisa irónica colgada de la solapa de presidiario perpetuo, con los bolsillos de la imaginaria camisa rayada llenos de miseria y bicarbonato, con las colillas, hongos de pestilencia y letrina, de dolor y tortura, apagadas por el agua bendita.

Hoy no estás. Estás muerto. Súbitamente siento tu ausencia e inicio el repaso con este lenguaje que cada vez más nos habla de sufrimientos y guerra, de hermanos muertos, fusilados, amputados, castrados. Ya no escucharé el eco ronco de la crítica mordaz, del deseo encarnado en el brazo dispuesto para el combate. Escribo ahora para recrear las memorias apócrifas de un mercenario de la vida singular, de un hombre firme y leal, de un aventurero consciente del sueño eterno del “No pasarán”. Pero pasaron, pasaron sobre nosotros con sus botas asesinas cargadas de culpabilidad. Pasaron mostrando sus afilados dientes de odio azul. Pasaron sobre los niños que dibujaste con rugosa mano en los cuadernillos de bitácora de tu vida errante. Pasaron, siempre pasan, con la caravana de miedo que les acompaña. Pisaron corazones de niños grises, niños sin madre coraje, sin madre republicana que los cuide y acune, sin madre amante. Y tú luchaste por ellos, camarada.

Fuiste heroico combatiente en tierra próxima y lejana al tiempo, luchador antifascista en las trincheras de París, desconocido lugarteniente de mil causas, amigo de la revolución y del sofisma, sincero defensor de razones justas, perseguidas. Fuiste sabio e ignorante al tiempo. Maestro y atento aprendiz, hermano de cubanos de plateada sonrisa, lector infatigable, ojo aterido por el huracán de los poderosos. Con tu aire melancólico ahuyentabas el atroz sufrimiento cotidiano de saber, de no cerrar la puerta a la evidencia. Paseante sin camino, machadiano poeta de ningún verso, ángel demasiado humano o demonio, guerrero. Ahora eres todo y nada, recuerdo. Vienes a morir este verano entre agónicos suspiros y palabras inconexas, entre manos que te quieren y te ignoran de una abrasiva enfermedad. El mal veneno negro, recorre tu piel como metralla. Algunos creen en las células cancerígenas que invaden el organismo. Hablan del hígado y de su efecto irradiador. Me resisto a continuar esa especie de juego traicionero a tu memoria. Has muerto asesinado por la contrarrevolución. En estos tiempos de agitación, una bala enemiga te parte el corazón en mil pedazos formando armónico conjunto de minúsculas astillas rojas. Tu muerte lenta, desgarrada, es casi un signo, una revelación atea, un presentimiento. Ahora o nunca. Cuando más necesitábamos tus consejos, vas y te mueres. Así no hay manera.

Emprendes la marcha con las imágenes nunca vistas por otros ojos, con el sabor del pan negro, con la fértil memoria cargada de sensaciones inéditas. Te marchas de noche, sin decir adiós como si pensaras volver del maléfico reino del olvido, como si pensaras contemplar de nuevo el tiempo perdido, el caballo barricada. Compañeros de sangre y trinchera abierta entonan sus plegarias ateas en nombre de la materia. Lloran. Ya eres parte del fuego, heraclíteo pasajero, ya eres naturaleza, una esquela. Dicen los sabios que el cáncer acabó con tu vida. Mienten, fue la contrarrevolución.

Vino disfrazada de enfermera, blanco y odio. Nadie asistió a tu entierro como habías dejado escrito en el inexistente libro de tu vida. Ese que nunca quisiste terminar con letra picuda de tornero fresador. La misma escritura que agilizó la burocracia ciega a docenas de emigrantes de aquél, tu barrio, extremo de la antaño roja región parisina. La misma que apretó el detonador en otros tiempos de dudosas voladuras y por las cuales pagaste con tu juventud. Extremidad rugosa, dura, soñadora, telúrica, compañera de viaje de las ideas centelleantes de progreso y libertad. Así son las cosas, ellos pasaron como ahora y siempre. Nunca nos dejaron ser, amputándonos la tierra a los caminantes sin guía ni trazos divinos, a los que hablan con el vocabulario sencillo de la razón y la materia.

La conciencia era verde y se la comió un burro, aquél que cargaba munición en el paso del recio Ebro. Menos mal, si no hubiera estado hambriento, todavía estaríamos llorando, plañideras universales, el triste destino del generacional viaje errático, español. Tiene el óbolo preparado, el pago exigido, el dinero escaso dispuesto como siempre. El dinero y la maleta repleta de ideas. Sin eso no se puede circular por esta vida. Ni por ninguna, intuyo.

La sucinta necrológica aparecida el dieciocho de julio (cruel coincidencia) contenía palabras hijas de la premura y la sorpresa. Pagada en el periódico de los intelectuales orgánicos (Le Monde) era un resumen lineal de una existencia curvada por los signos adversos. Este artículo, si ve la luz de la imprenta, no pretende nada, sólo es un póstumo homenaje.

En su perdido pueblo norteño duerme tu acta de nacimiento. Tierras de carbón y salitre, de brumosos amaneceres golpeados por el mar. Pueblo pequeño como todos, que existen cuando pasa el tren. Cuando el caballo herido cruza los pastos dejando caer lenguas de fuego y vagoneta. Quisiera rezar a un dios ateo, anticlerical, imposible, para espantar el dolor de no escucharte. Un río de pus negra surca tu cuerpo que ya no es imagen deteriorada de lo que fuiste, sino reflejo de una huella. Y al fondo, unos tablones aguardan impacientes la caricia de la mortaja. Con insistente ritmo binario, la sábana entona el compás terminal de la lucidez. En cualquier momento detendrá la orquesta y rodarás elegante por el barranco rojo que cantó el poeta. Estamos tocando fondo. ¿Alguien da más?

Ya no hablas de la sierra pobre depauperada por la crueldad de la espada y el cetro. Ya no hay nada de qué hablar. Las palabras agrupadas en frases hechas esperan ser vomitadas junto al nicho. Un perro herido por el mal de la desesperación ladra entre las tumbas. En la cama yace un cuerpo llagado, derrotado en el único combate perdido de antemano. Miento, casi todos están perdidos de antemano. Así deber ser. Cada cual con su vida de perdedor a cuestas, como un fardo, como una joroba.

Adormecido por las drogas lamentas tu estado. La muerte vendrá pronto a dignificarte para siempre. Ni el fulgurante grito del capitán que fuiste en lejana guerra puede asistirte. No queda tiempo. Ni falta que hace. Mientras tanto, hombres y mujeres avanzan en trágica procesión camino del exilio definitivo, del horno aséptico. Antiguo, que eres un clásico. Mira que irte al infierno con la metáfora del fuego.

Falsas campanas tocan a muerto, a muerto conocido en el vecindario e ignorado por los libros de los santones. Algunos sabemos por qué. En el obituario de la sociedad civil existen demasiadas líneas en blanco. Estos párrafos vienen a llenar ese injusto hueco. Monólogo estéril apuntalado por los mecanismos de la memoria, estas palabras carentes de sintaxis y lógica, actúan como una descarga en esta sociedad nuestra, pura, desigual, famélica de sentido y referencias. O al menos con esa intención son redactadas. Contra la anestesia mental, contra el silencio.

Comías y escupías con tu lengua abrasadora los postreros venenos blanquecinos que te daban, impotentes ante tu desenlace. Vomitabas, razonando con tu cuerpo podrido, las mil razones que separan la cordura de la ilusión del paraíso. Pobre ciego sajón. Él sabía que lo habíamos perdido para siempre. Una diferencia, tú nunca quisiste recuperarlo.

Esquivaste la muerte tantas veces que ya no deseas evitar el encuentro. Conociste aduanas y fronteras artificiales de los frentes de guerra. Teruel, Madrid, Valencia, Guadalajara, Barcelona y hasta la universidad tiroteada. Nadie debe abrirte la puerta que conduce al jardín marchito. Tú tienes la llave. Al pie de tu cama fueron llegando monstruos de cabezas planas. Sentados en infernal círculo reanudaron su legendaria conversación nunca interrumpida. Hablaron de la pertinaz sequía y de los polos de desarrollo. Por un instante recordaste con una sonrisa que te tuvieron encerrado en dos metros cuadrados por un águila de piedra, inocente rapaz, a la que sólo ayudaste a volar.

En el recuento nocturno falta uno. El hondo silencio no responde.

Nota: Publicado originalmente en Mundo Obrero Nº 16 Diciembre 1992, con el título de ‘Caminantes’.

Publicado en el Nº 264 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2013

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