Esperando a los bárbaros

La poesía, aunque no siempre se ha sabido, es un arma cargada de futuroEn legítima defensa Ahora los poetas, en legítima defensa, saltan a la calle y realizan una respuesta cívica y constituyente, que verán cómo no gusta a algunos.

Felipe Alcaraz Masats 20/05/2014

En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisisVV.AABartleby Editores

231 poetas “En legítima defensa” contra la crisis-estafa: ese es el libro que, a través de los protocolos de la política participativa, ha presentado Pepo Paz, editor de Bartleby con un precio revolucionario (350 páginas): 13 euros. Como hubiera sabido que la crisis era un terremoto devastador y que los poetas o habían abandonado la torre de marfil o, los más, habían sido desahuciados inició, junto a Manuel Rico, un contacto masivo, echando las redes sociales, con poetas doblemente comprometidos: personal y literariamente.

La poesía, aunque no siempre se ha sabido, es un arma cargada de futuro. Celaya lo descubrió, y también Celso Emilio Ferreiro: Al presente me atengo, / la poesía es un arma, / disparemos. Egea había hablado de ella como un pequeño pueblo en armas contra la soledad (la epidemia que nos asola: la soledad es el gusano de la explotación), y Raúl González Tuñón nos dejó dicho que había que patalear y gritar para que nadie dudara en los tiempos venideros que habíamos luchado a fondo en el momento oportuno, cuando fuimos convocados en la gran plaza de la unidad social.

Pues bien, hasta los poetas responden. La poesía, dice en el libro uno de ellos (J. C. Mestre): “ha decidido dar por terminadas sus funciones este invierno”. O sea, no se trata ya de aquel “lenguaje excelso” de nuestros clásicos, que como no era popularmente leído, y mucho menos comprado, se repartía en mano en copias de autor. Ahora los poetas, en legítima defensa, saltan a la calle y realizan una respuesta cívica y constituyente, que verán cómo no gusta a algunos. Sabemos de antemano que la norma, la crítica que marca el canon, llama ideológica a la literatura antidominante, no correcta, y mete en el cielo de la neutralidad y el arte, en sí mismo considerado, a la literatura normal, académica (es decir, dominante en estos días de mercado), y al mismo tiempo vende el sentido de la literatura como un texto equidistante, inocente y, por ser bello, justamente inútil. Desde la otra banda del estuario sabemos que, efectivamente, la poesía es inútil, excepto para derribar un gobierno o explicarle el amor a Ava Gardner. O también sabemos que la poesía puede ser un arma valiosa contra la epidemia de olvido que nos invade: la matanza de los obreros en huelga que hubo en Macondo se olvidó porque nadie escribió sobre ella, o en otro terreno: la masacre de civiles (superior en número a los muertos en Gernika) en el mercado de Alicante, apenas se conoce porque no estuvo allí Picasso para pintarla.

Salgamos de la torre de marfil, tiremos tabiques, tendamos puentes, reunámonos en las plazas, concitemos soluciones, hagamos cosas y, a la vez, plasmemos la memoria de esas cosas, sabiendo, como dice el joven “roquero” (creo que se llama Nacho Vegas), que polvo somos y, si siguen así las cosas, en pólvora (poética) nos convertiremos.

Publicado en el Nº 272 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2014

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