Ha muerto Vicente RomanoUna vida cumplida

María Teresa Molares 16/06/2014

El sábado falleció en Madrid Vicente Romano. Comunista, de los imprescindibles, como diría Bertolt Brecht, autor al que tradujo y del que era excelente conocedor; traductor también de El Capital, de Carlos Marx, era autor asimismo de muchísimas publicaciones, entre las que se cuentan entre otras La formación de la mentalidad sumisa, La intoxicación lingüística; el uso perverso de la lengua y Ecología de la comunicación.

A continuación reproducimos las palabras que Maria Teresa Molares pronunció como despedida a Vicente y enlazamos la entrevista que Mundo Obrero le realizó en octubre de 2009.
Así, como la vida cumplida, lo entendía Vicente en las conversaciones que mantuvimos hace unos meses durante las que manifestó conciencia total, serenidad, aceptación de la proximidad del final “con las tareas cumplidas” según sus propias palabras.

Una actitud que corresponde al hombre cabal, honesto, entregado que fue, como todos sabemos, como no podemos olvidar.

A veces la amistad se gesta en la política, un lugar complicado en el que también ocurre ese milagro del encuentro y la ampliación de buenas relaciones. No es frecuente, ni siquiera lo es la misma amistad en los sentidos antropológicos más profundos. Requiere ser humanos, viviendo como tales cuando aún sobrevive la jauría.

Así que aquí hoy 15 de junio de 2014, en este recinto, al despedir al esposo, al padre, al abuelo, al familiar en todas sus formas, despedimos, cualquiera y todos los que aquí venimos, al amigo que tenemos en Vicente, al que hemos tenido y al que seguiremos teniendo. Nos deja muchos mojones en el camino de nuestra vida en los que nos hemos parado a reposar en tantas ocasiones. Ha pasado por tantos vericuetos que ha dejado señal de sus fuertes pisadas en todos los asuntos que la vida nos pone por delante.

Conversador, convencido total de la necesidad de la cooperación, trabajador sin fronteras, hoy nos quedan aquí sus herramientas de trabajo, usadas, compartidas, entregadas sin reservas a quienes no hayan tenido reservas frente a él. Y nos queda el recuerdo, hecho costumbre que ha invadido nuestras vidas, de su enorme dignidad, de su amor a la verdad, de su gran curiosidad, su “odio a la injusticia y a la desigualdad” como él manifestaba a su gran amigo Ángel de la Cruz.

Recuerdos y costumbres que nos han llegado a través de su trato y también de su obra. No me resisto a contar el testimonio último que anoté, a petición suya. El testimonio de su paso por la cárcel y de las armas que usó para resistir a las torturas con que querían obligarle a hablar. Eran, ni más ni menos que sus lecturas de Brecht, a quien tanto tradujo. Los escritos en que cuenta como resistieron los perseguidos en la caza de brujas del maccartismo estadounidense, los rojos, como él gustaba llamarse, es que yo “soy un rojo”.

Escritos a cientos que heredarán sus hijos, sus nietos y otras y otros muchos, en muchos idiomas a los que ha sido traducido. Cómo nos hacen sumisos, por qué nos llaman brujas a las chicas, quién nos pervierte el lenguaje, qué hacemos con el tiempo y cómo nos lo roban.

Su sentido del humor, su disfrute de los placeres del paladar, su gusto por la belleza en todas sus expresiones y creaciones humanas. Le traemos a Quintin, su gran amigo, pudimos traer a Alí Primera y tantas otras cosas con las que disfrutó. Las mismas con las que nosotros tendremos que aprender, porque no nos lo creemos, que ya sólo hay diálogo, interpelación, diatriba, con el Vicente escrito, con sus libros impresos. Que no es poco.

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