Ángulo de refracción

La corrupción que no deja ver el bosque La función de una fuerza revolucionaria no debería residir tanto en condenar la catadura moral de corruptos y corruptores como en entender y hacer entender las causas políticas que están detrás.

Constantino Bértolo 12/01/2015

La corrupción lleva infinitos disfraces”
Frank Herbert

Estamos en tiempos de indignación, de escándalo moral, de patio de Monipodio y de pícaros mil y sinvergüenzas ni te digo. El paisaje se nos ha llenado de cohechos, prevaricaciones, de mirar para otro lado, de dineros opacos o de poner el cazo y otros gestos convenientes. España parece estar en estado de procedimiento judicial, y de un mundo feliz de presuntos inocentes hemos pasado a una democracia de presuntos culpables. Los teóricos del asunto discuten acerca de si la corrupción es epidemia reciente, si el virus viene de atrás o si ocurre simplemente que el trasvase de competencias urbanísticas a los ayuntamientos puso a hervir el caldo de cultivo con el derrame consiguiente. No faltan incluso cínicos que afirman que la corrupción no deja de ser una forma positiva de distribución de la riqueza y hay quien señala que si ahora se le da tanto aire y luz es porque el Capital nuestro de cada día necesita “recortar” también los altos niveles de corrupción para reapropiarse de esos dos o tres puntos de la tasa de ganancia que contabilizaba como gastos de gestión y relaciones públicas. Sea por lo que sea lo que es evidente que la corrupción es hoy el tema que más preocupa en España. Nada de extraño pues que sobre ella volquemos nuestra mirada.

Entiendo sin embargo que no sería bueno que la corrupción no nos deje ver ni el bosque, es decir, el capitalismo rampante y sus matorrales, ni la tierra sobre la que crece y asienta: la propiedad privada de los medios de producción.

La Secretaria de Estado de Cultura subvenciona con 2.830,95 euros a la multinacional Penguin Random House para la edición de un libro de George Orwell. BOE 28/11/2014

Porque corromper, al fin y al cabo y según el diccionario de la RAE, consiste en alterar y trastocar la forma de algo y eso en definitiva es lo que hace el Capital: trastocarnos en mercancía sometiéndonos a las leyes de un mercado que determina y fija nuestro valor de uso y vida según sea nuestra capacidad para incrementar las plusvalías de los que tienen el poder y la propiedad de decidir a quién sí y a quién no se les concede el llamado derecho al trabajo. Y porque lo que nosotros, los comunistas y las comunistas, no debemos olvidar hoy (ni ayer ni mañana) es que ese sometimiento es el hecho económico y político que nos corroe, marca, limita y corrompe. Sabemos que es necesario acabar con esa masa de corrupciones ilegales que nos insultan y atropellan, pero también sabemos que es necesario dar cuenta clara de esas otras corrupciones legales que de manera natural y cotidiana se desprenden del simple proceder del sistema.

Por ejemplo: según fuentes fidedignas, la productividad en España ha crecido desde 2009 alrededor de 8 puntos, mientras que los salarios han disminuido en más de un 7% y sin embargo, ni la Fiscalía General del Estado ni cualquier otra instancia semejante han abierto, que sepamos, causa contra los estamentos políticos que han promulgado, por activa o por pasiva, el marco legal que ha permitido tal trastocamiento ni se han personado en procedimiento alguno que pueda explicar cómo el poder adquisitivo de las familias españolas, ha bajado un 17% desde 2006 hasta 2013. Hablamos de esa corrupción legal que tiene su guarida en las páginas del Boletín Oficial del Estado o papeles similares y para cuyo conocimiento llega con asomarse a las resoluciones ministeriales, autonómicas o municipales en materia de subvención, convenios o contratos.

La indignación moral está justificada y sin duda rasgarse las vestiduras es una táctica electoral eficiente, pero, aún en coyunturas como la actual en la que el horizonte electoral cercano ofrece una relevancia política que va más allá de lo cuantitativo, la función de una fuerza revolucionaria no debería residir tanto en condenar la catadura moral de corruptos y corruptores como en entender y hacer entender las causas políticas que están detrás de esas conductas o las relaciones sociales viciadas que hacen que la corrupción sea parte constituyente del capitalismo. Y si bien el momento político nos pide disponer energías y esfuerzos en la construcción de un proceso constituyente de cambio y transformación democrática, tampoco parece prudente olvidar que esa reclamación implica también la exigencia de una combativa política destituyente que acabe con toda forma posible, legal o ilegal, de corrupción y sometimiento.

Publicado en el Nº 280 de la edición impresa de Mundo Obrero enero 2015

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