La atalaya

El discurso profético La cuestión de la verdad en el discurso político es algo que hoy en día está muy lejos de ser abordada en esta sociedad de sobreinformación y anecdotario frivolizado.

Julio Anguita González 27/04/2015

A mediados de la década de los setenta y tras el informe titulado Los límites del crecimiento (1972), que a propuesta del Club de Roma redactó Donella Meadows, la citada organización abrió un debate sobre las perspectivas de futuro tanto en el crecimiento económico como en el ejercicio de la política. Las conclusiones pueden sintetizarse en los tres ejes de cambio que, a juicio de los intervinientes, debían informar la acción política presidida por la racionalidad y la modernidad. Estos eran:

1. Nuevas visiones.
2. Creación de redes sociales y culturales.
3. La verdad en el discurso político.

La ecología política y sus distintas concreciones orgánicas y políticas ha sido la heredera de aquella primitiva propuesta que hoy en día, con el debate acerca del crecimiento cero y otras concepciones ligadas a nuevos enfoques energéticos y visiones sobre la calidad de vida, está presente en cualquier propuesta que se precie mínimamente de intentar superar el capitalismo.

La creación de redes ha tenido su verificación en los nuevos mecanismos de relación e interconexión entre sujetos y colectivos con vocación de alternativa al sistema. La red y las enormes posibilidades de crear espacios para construir situaciones de identificación y conjunción de voluntades organizadas, es una prueba más de lo que el Club de Roma postulaba.

Sin embargo la cuestión de la verdad en el discurso político es algo que hoy en día está muy lejos de ser abordada en esta sociedad de sobreinformación y anecdotario frivolizado. No se trata sólo de que el discurso político contenga datos, informaciones y reflexiones que estén totalmente informados por la veracidad de los hechos y la correcta adecuación de los mismos a la constatación empírica diaria, sino de algo más allá. Si cualquier discurso político se limita a reflexionar sobre hechos que son sobradamente conocidos, estamos ante un ejercicio de comunicación que pretende un nivel de concienciación en la audiencia. Y esto que es básico e insoslayable, dista todavía de lo que quiero decir al desarrollar la propuesta del Club de Roma.

Llamo discurso profético a aquél que desde los hechos incuestionables y comprobados en la cotidianeidad, produce en la audiencia la necesidad de que la propuesta derivada del análisis se asuma como razonable y deseable El discurso profético no es otra cosa que el desarrollo a nivel de masas de la Tesis 11 de Marx contra Feuerbach. El discurso profético produce -como Spinoza decía del profeta- su propio pueblo.

El discurso profético, hoy en día, no es otra cosa que evidencia de la necesidad de cambiar el orden inexistente por injusto y dañino para la especie humana y la del planeta. Es una enmienda a la totalidad que se presenta como proyecto de “fantasía concreta” y necesaria para galvanizar las energías de un pueblo en aras de su liberación, como diría Gramsci. El discurso profético es el propio de los momentos de crisis sistémica y aún de civilización. Implica cambios en la economía, en la saciedad, en la cultura, en los valores y hasta en lo personal.

Reflexionemos sobre ello en estos momentos precisos y desde la memoria de ese discurso profético antológico llamado Manifiesto comunista.

Publicado en el Nº 283 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2015

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