Firma del acta de capitulación incondicional de Alemania ante el Mando Supremo de la coalición antihitleriana

Gueorgui Konstantínovich Zhukov 09/05/2015

Texto extraído de las "Memorias y Reflexiones" del Mariscal soviético Gueorgui Konstantínovich Zhukov. Tomo II. Editorial Progreso
El 7 de mayo me telefoneó Stalin a Berlín y me comunicó: -Hoy, en la ciudad de Rheims, los alemanes han firmado el acta de capitulación incondicional. El peso principal de la guerra –continuó- lo ha soportado sobre sus espaldas el pueblo soviético y no los aliados, por eso la capitulación debe ser firmada ante el mando Supremo de todos los países de la coalición antihitleriana y no sólo ante el Mando Supremo de las tropas aliadas.

-Tampoco estoy de acuerdo –continuó Stalin- con que el acta de capitulación no se haya firmado en Berlín, centro de la agresión fascista. Hemos convenido con los aliados en considerar la firma del acta en Rheims como protocolo previo de la capitulación. Mañana llegarán a Berlín los representantes del Alto Mando alemán y del Mando Supremo de las tropas aliadas. A usted se le nombra representante del Mando Supremo de las tropas soviéticas. Mañana llegará donde usted Vishinski. Después de la firma del acta se quedará en Berlín como su asesor político.

El 8 de mayo, por la mañana temprano, llegó en avión a Berlín A. Vishinski, vicecomisario del pueblo de Negocios Extranjeros. Trajo toda la documentación necesaria para la capitulación de Alemania y comunicó la composición de los representantes del Mando Supremo de las tropas aliadas.

El 8 de mayo, por la mañana empezaron a llegar a Berlín los periodistas, corresponsales y reporteros gráficos para captar el histórico momento de la formalización jurídica de la derrota de la Alemania fascista, del reconocimiento por ella del irreversible fracaso de todos los planes fascistas, de todos sus objetivos misantrópicos.

Mediado el día llegaron al aeródromo de Tempelhof los representantes del Mando Supremo de las tropas aliadas.

Representaban al Mando Supremo de las tropas aliadas Arthur W. Tedder, mariscal de aviación de Gran Bretaña, el general Karl Spaatz , comandante jefe de las Fuerzas Aéreas Estratégicas de EE.UU. y el general Jean de Lattre de Tassigny, comandante en jefe del Ejército francés.

En el aeródromo los recibieron mi suplente, el general del ejército V. Sokolovski, el coronel general N. Berzarin, primer comandante de Berlín, el teniente general F. Bókov, miembro del Consejo Militar del Ejército y otros representantes del Ejército Rojo. Del aeródromo los aliados se trasladaron a Karlshort, donde se había decidido recibir del Mando alemán la capitulación incondicional de Alemania.

Al mismo aeródromo llegaron de la ciudad de Flensburg, custodiados por un grupo de oficiales ingleses, el general feldmarschall Keitel, el almirante de la Flota Friedeburg y el coronel general de aviación Stumpff, que tenían poderes de Dönitz* para firmar el acta de capitulación incondicional de Alemania.

Allí, en Karlshort, en la parte oriental de Berlín, en el edificio de dos plantas que había sido comedor de una escuela de ingenieros militares de Alemania, prepararon la sala donde debía transcurrir la ceremonia de la firma del acta.

Tras un breve descanso del viaje, todos los representantes del Mando de las tropas aliadas vinieron a verme para ponernos de acuerdo acerca de las cuestiones de procedimiento de tan emocionante suceso.

Apenas entramos en el local reservado para la conversación irrumpió una avalancha de periodistas norteamericanos e ingleses y sin preámbulos empezaron a asediarme a preguntas. En nombre de las tropas aliadas me hicieron entrega de una bandera de amistad en la que estaba bordado en letras doradas un saludo de las tropas norteamericanas al Ejército Rojo.

Una vez que los periodistas abandonaron la sala de la reunión abordamos el examen de varias cuestiones relacionadas con la capitulación de los hitlerianos.

El general-feldmarschall Keitel y sus acompañantes se encontraban mientras tanto en otro edificio.

Según referían nuestros oficiales, Keitel y los otros componentes de la delegación estaban muy nerviosos. Dirigiéndose a quienes lo rodeaban, Keitel dijo:

-Al pasar por las calles de Berlín me quedé estremecido del grado de su destrucción.

Uno de nuestros oficiales le respondió:

-Señor feldmarschall, ¿y usted no se estremeció cuando por orden suya eran borradas de la faz de la tierra miles de ciudades y aldeas soviéticas bajo cuyos escombros murieron aplastadas millones de personas nuestras, incluyendo muchos miles de niños?

Keitel palideció, encogió nervioso los hombros y no respondió nada.

Como habíamos convenido de antemano, a las 23 horas 45 minutos, Tedder, Spaatz y De Lattre de Tassigny, representantes del Mando aliado, A. Vishinski, K. Teleguin, V. Sokolovski y otros se reunieron en mi despacho, que se hallaba al lado de la sala donde los alemanes debían firmar el acta de capitulación incondicional.

A las 24 horas en punto entramos en la sala.

Comenzaba el 9 de mayo de 1945…

Todos tomamos asiento a la mesa. Estaba junto a la pared donde habían fijado las enseñas nacionales de la Unión Soviética, EE.UU., Inglaterra y Francia.

En la sala, a las largas mesas cubiertas con tapete verde, se acomodaron los generales del Ejército Rojo cuyas tropas habían destrozado en el más corto plazo la defensa de Berlín, obligando al enemigo a deponer las armas. Estaban presentes también numerosos periodistas y reporteros gráficos soviéticos y extranjeros.

-Nosotros, representantes del Mando Supremo de las Fuerzas Armadas Soviéticas y del mando Supremo de las tropas aliadas –declaré abriendo la reunión- hemos sido facultados por los gobiernos de la coalición antihitleriana para aceptar del Mando militar alemán la capitulación incondicional de Alemania. Inviten a la sala a los representantes del Alto Mando alemán.

Todos los circunstantes volvieron las cabezas hacia la puerta por donde debían aparecer quienes fanfarronamente habían declarado que eran capaces de derrotar con la celeridad del relámpago a Francia e Inglaterra y en menos de mes y medio a dos meses aplastar a la Unión Soviética y avasallar al mundo entero.

El primero, sin apresurarse y tratando de aparentar serenidad, franqueó el umbral el general-feldmarschall Keitel, alto gallardo, en uniforme de gala, compinche inmediato de Hitler. Alzó la mano con su bastón de mariscal saludando a los representantes del Mando Supremo de las tropas soviéticas y aliadas.

Tras Keitel apareció el coronel general Stumpff. De mediana estatura, los ojos rebosantes de ira e impotencia. Al propio tiempo entró el almirante de la Flota von Friedeburg, que parecía prematuramente envejecido.

A los alemanes se les propuso sentarse a una mesa aparte, puesta especialmente para ellos no lejos de la entrada.

El general-feldmarschall se sentó despacio y levantó la cabeza, fijando su mirada en los que estábamos sentados a la mesa de la presidencia. Al lado de Keitel se sentaron Stumpff y Friedeburg. Los oficiales de la escolta se pusieron de pie detrás de sus sillas.

Yo me dirigí a la delegación alemana:

-¿Tienen ustedes el acta de capitulación incondicional de Alemania, la han estudiado y tienen poderes para firmar este acta?

Mi pregunta la repitió en inglés el mariscal principal de aviación Tedder.

-Sí la hemos estudiado y estamos dispuestos a firmarla –respondió con voz apagada el general-feldmarschall Keitel entregándonos un documento firmado por el gross-admiral Dönitz. En el documento constaba que Keitel, von Friedburg y Stumpff habían sido facultados para firmar el acta de capitulación incondicional.

No era ni mucho menos el altanero Keitel que aceptara la capitulación de la Francia vencida, Ahora parecía apaleado, aunque intentaba mantener la pose.

Me levanté y dije:

-Propongo a la delegación alemana acercarse a esta mesa. Aquí firmarán ustedes el acta de capitulación incondicional de Alemania.

Keitel se levantó inmediatamente, fijando en nosotros una aviesa mirada, luego bajó los ojos y tomando lentamente de la mesa el bastón de mariscal se encaminó con paso vacilante hacia nuestra mesa. Se le cayó el monóculo y quedó pendiendo del cordón. El rostro se cubrió de manchas rojas. Con él se acercaron a la mesa el coronel general Stumpff, el almirante la Flota von Friedeburg y los oficiales alemanes que los acompañaban, Keitel se ajustó el monóculo, se sentó en el borde de la silla y con mano ligeramente trémula firmó los cinco ejemplares del acta. Al instante estamparon sus firmas Stumff y Friedeburg.

Después de firmar el acta, Keitel se levantó de tras la mesa, se puso el guante derecho e intentó de nuevo hacer gala de marcialidad, pero no le salió y se retiró calladito a su mesa.

A las 0 horas 43 minutos del 9 de mayo de 1945 quedó terminada la firma del acta de capitulación incondicional de Alemania. Propuse a la delegación alemana abandonar la sala.

Keitel, Friedeburg y Stumff, levantándose de las sillas, hicieron una reverencia y, bajando las cabezas salieron de la sala, seguidos de sus oficiales de Estado Mayor…

En nombre del Mando Supremo soviético felicité cordialmente a todos los presentes por la tan esperada victoria. En la sala se promovió un vocerío indescriptible. Todos se felicitaban unos a otros, se estrechaban las manos. Muchos tenían en los ojos lágrimas de alegría. A mí me rodearon mis amigos de combate: V. Sokolovski, M. Malinin, K. Teleguin, N. Antípenko, V. Kolpakchi, V.Kuznetsov, S. Bogdánov, N. Berzarin, F. Bókov, P. Belov, A.Gorbátov y otros.

-Queridos amigos- dije a mis camaradas de armas-, nos ha tocado en suerte un gran honor. En la batalla final hemos tenido la confianza del pueblo, del Partido y del Gobierno para conducir a las heroicas tropas soviéticas al asalto de Berlín. Las tropas soviéticas –incluidos vosotros que las encabezasteis en las batallas por Berlín –habéis justificado con honor esta confianza. Es una pena que muchos no estén entre nosotros. ¡Cómo se alegrarían de la ansiada victoria por la que inmolaron sin vacilar su vida!...

Al recordar a los íntimos amigos y compañeros de armas que no habían llegado a vivir hasta este jubiloso día, estos hombres, acostumbrados a mirar sin el menor temor a la muerte cara a cara, por más que se esforzaban no podían reprimir las lágrimas.

A las 0 horas 50 minutos del 9 de mayo de 1945, se clausuró la reunión en la que fue aceptada la capitulación incondicional de las fuerzas armadas alemanas.

Luego tuvo lugar una recepción que transcurrió con gran pompa. Al comenzar el banquete brindé por la victoria de la coalición antihitleriana sobre la Alemania fascista. Luego habló el mariscal Tedder, tras él J. de Lattre de Tassigny y el general K. Spaatz. Luego intervinieron generales soviéticos. Cada uno decía lo que le había dolido en el alma durante todos estos penosos años. Recuerdo que se habló mucho y sinceramente y que se expresó el gran deseo de fortalecer para siempre relaciones amistosas entre los países de la coalición antifascista. Hablaron de ello los generales soviéticos, hablaron los norteamericanos, los franceses y los ingleses y todos queríamos entonces creer que así sería.

La cena de gala terminó por la mañana con canciones y danzas, En el zapateo los generales soviéticos no tenía rivales. Yo tampoco me contuve y, recordando mi juventud, bailé un zapateado ruso. Nos separamos a pie o en automóviles bajo el estruendo del cañoneo de todos los calibres con motivo de la victoria. Se disparaba en todos los distritos de Berlín y sus alrededores. Disparaban al aire, pero los cascos de granadas, proyectiles y balas caían al suelo y era arriesgado andar el 9 de mayo por la mañana. Mas cómo se distinguía este riesgo de aquel a que nos habíamos habituado durante los largos años de la guerra.

En la mañana del mismo día el acta firmada de capitulación incondicional fue llevada al Gran Cuartel General del Mando Supremo.

El primer punto del acta rezaba:

“1. Nosotros, los abajo firmantes, actuando en nombre del Alto Mando alemán, aceptamos la capitulación incondicional de todas nuestras fuerzas armadas en tierra, mar y aire y también de todas las fuerzas que se encuentran actualmente bajo el Mando Alemán ante el mando Supremo del Ejército Rojo y al propio tiempo ante el Mando Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas”.

Por el día me telefonearon de Moscú y me comunicaron que toda la documentación sobre la capitulación de la Alemania fascista había sido recibida y entregada al Jefe Supremo.

Así pues, terminó la cruenta guerra. La Alemania fascista y sus aliados fueron definitivamente derrotados.

Duro fue para el pueblo soviético el camino de la victoria. Y hoy todos los hombres honrados del mundo, lanzando una mirada a los terribles días pasados de la Segunda Guerra Mundial, deben recordar con profundo respeto y simpatía a quienes lucharon contra el fascismo e inmolaron su vida por liberar de la esclavitud fascista a toda la humanidad.

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