Publicado en Pravda el 10 de mayo de 1945
¡Se cumplió! Está ante nuestros ojos, no es una palabra, un mármol; está viva, vestida con su guerrera descolorida por el sol y la lluvia; gris por el polvo de la marcha; con sus medallas con cintas por sus heridas. Hermosa y querida, así es nuestra victoria.

Callaron las últimas descargas y, después de largos años, Europa halló un gran regalo – el silencio. Por primera vez las madres pueden tranquilamente acariciar a sus hijos, no está ya la sombra de la muerte sobre sus cunas. Florecen las flores, germinan las semillas en los campos, que no serán ya pisoteados por las orugas de los tanques. Y en el insólito silencio de esta mañana millones de emocionados corazones saludan la victoria.

El Ejército Rojo salvó a la humanidad de un peligro mortal. No voy a aguar la felicidad de esta hora recordando las estampas de las maldades de los fascistas. No hace falta: Existe una pena que es más larga que la vida misma. No olvidaremos todo lo ocurrido y en ello está la garantía de la paz. El soldado de Stalingrado es un centinela, protegiendo el futuro, lo ha visto todo, lo recuerda todo y sabe que es el fin del fascismo.

Los fascistas alemanes se movían en los subterráneos por sus grietas, por las tuberías y conductos. Esta estampa tiene su significado: las ratas se escapan de la luz del día, prefieren la noche. Amenazan con su veneno en los sótanos del nuevo y viejo mundo. Pero ellos no tienen salvación, solo las personas añoran la luz, la verdad y la razón.

Todos los pueblos conocen ahora las fechorías de los hitlerianos. Y todos los pueblos, ahora, comprenden de qué horrible destino les salvó el Ejército Rojo. Nuestro pacífico pueblo se sacrificó en aras de que no existiera más esa burla sobre la dignidad humana. Durante cuatro años los campesinos, los fundidores, constructores, agrónomos, mineros, maestros, leñadores, mecánicos y arquitectos, estudiantes, personas enamoradas del trabajo en tiempos de paz, lucharon heroicamente contra los invasores. Invadió nuestro país el más poderoso ejército del mundo. No olvidamos aquel verano; el rechinar de los tanques enemigos y el lloro de los carros campesinos, de los caminos de Smolensk, la sangre de los niños, y el juramento: ¡Resistiremos! Nos acordamos del verano de 1942, el olor amargo del ajenjo, amargura y promesa: ¡Pasaremos! Hemos vencido porque éramos fuertes y moríamos, y no nos sometimos al invasor. Llegamos hasta Berlín, porque a cada caído le reemplazaba enseguida otro combatiente, porque los soldados soviéticos defendían cada montículo, cada hondonada de nuestra querida tierra, las huertas cerca de Moscú, las afueras de Leningrado, las piedras de Sebastopol, la fábrica de tractores de Stalingrado, el arco de Kursk, los partisanos, los jóvenes de la “joven guardia”, las fábricas que crecieron en los solares y los cuatro años del pueblo ambulante. Estuvimos mucho tiempo luchando solos contra la fuerza gigantesca de Alemania. ¿Qué hubiera pasado con los hijos del granjero canadiense o del obrero parisino, si el combatiente soviético no hubiese llegado hasta el río Spree? Hemos salvado no sólo nuestra patria, hemos salvado la cultura de la humanidad, las antigüedades de Europa y su cuna, a sus trabajadores, museos y libros. Si en Inglaterra surge un nuevo Shakespeare, si en Francia nuevos enciclopedistas, si nosotros damos al mundo un nuevo Tolstoi, si los sueños del siglo de oro se realizan, será porque los soldados de la libertad recorrieron miles de kilómetros y alzaron la bandera de la fraternidad y la luz, sobre la ciudad de las tinieblas.

Parecía que la negra noche que cubrió el mundo no tenía fin. ¡Pero los soviéticos tuvieron conciencia de que el fin llegaría! ¿Quién frenó a los fascistas que quemaban libros? Los tipógrafos de Moscú y Leningrado. ¿Quién venció a los asesinos de niños? Los siberianos y bielorusos construyendo jardines de infancia. ¿Quién derrotó al fascismo? El pueblo que cree en la fraternidad, en el trabajo en paz y en la solidaridad de los trabajadores.

Los yugoslavos, polacos, checoslovacos, saben quién les trajo la libertad: ante sus ojos están las tumbas de sus hermanos soviéticos. Lejos de nuestra tierra, en París, Oslo, Bruselas y Milán, la gente bendice al Ejército Rojo, pues, precisamente es él quien asestó el terrible golpe a los carceleros de Europa. Junto a nosotros lucharon los heroicos aliados, y la fidelidad venció a la perfidia: la Alemania fascista se ha rendido.

Habrá sitio bajo el sol para todos los pueblos del mundo. Vivirá, así mismo, el pueblo alemán, limpio de la inmundicia fascista. Pero no hay, ni habrá sitio en la tierra para los fascistas: ese es el juramento de los vencedores. Somos libres, no queremos avasallar ni esclavizar a nadie, tampoco a los alemanes. Nosotros deseamos otra cosa: queremos reducir a cenizas la terrible plaga, salvar a los niños de la vuelta a esa peste.

Empieza una nueva era: la era de los labradores y albañiles, médicos y arquitectos, jardineros y maestros, libreros y poetas. Bañada en lágrimas, herida, está Europa. Hace falta mucho trabajo, obstinación, audacia y voluntad para curar todas las heridas, para que el siglo XX, salido del sangriento foso, nuevamente pueda marchar hacia la felicidad. La valentía, el talento, la conciencia de nuestro pueblo ayudarán a levantarse al mundo. Terminó el oscurantismo, no sólo de las ciudades, sino también de las conciencias. Y en la mañana de la victoria nosotros repetimos con orgullo: ¡¡viva la luz!!

Muchas veces hemos oído estas grandes palabras: “¡Gloria eterna a los héroes caídos por la libertad y la independencia de nuestra Patria!” Ante los inmortales caídos, estén donde estén sus tumbas, en el Cáucaso o en los Alpes, el caminante se quitará el sombrero, -les debe la vida. Pasarán los años y los niños hablarán de los años de la gran pena y la gran gloria –los que cayeron entonces, salvaron a sus nietos y biznietos.

En esta mañana de paz pensamos en un hombre hacia el cual se dirigen los ojos de todos. No sólo el genio militar, no sólo la vigilancia que permite al capitán llevar su barco a buen puerto a través de la terrible tormenta. Stalin para nosotros es más, ha estado sufriendo y luchando junto con cada uno de nosotros y bajo su capote no sólo late su corazón, sino el de doscientos millones de soviéticos. Por eso el nombre de Stalin no sólo aquí, sino en todo el mundo, está unido al fin de la noche, a la primera mañana de felicidad.

Pronto los hombres abrazarán a sus mujeres, los hijos a sus madres. Se inundarán de verdor los campos allí donde se derramaba la sangre y se enfurecía el fuego. Es muy difícil encontrar palabras para expresar esa gran felicidad.

¡¡¡Patria, Tú has vencido, !!!!

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