Esperando a los bárbaros

Muro de agua Lo mismo que el nazi-fascismo es un capitalismo cabreado, que se siente en peligro, y Auschwhitz el santuario de sus esencias, Lampedusa es el santo y seña de este ciclo de fascismo sonriente que disfrutamos.

Felipe Alcaraz Masats 13/05/2015

Este año morirán 30.000 nómadas en ese muro de agua, donde el mar mata por encargo a quienes huyen del hambre o de las guerras, y pretenden un sitio en ese primer mundo que les robó las materias primas, sobre cuyos beneficios, en gran parte, las democracias occidentales montaron su estado del bienestar tras la segunda gran guerra. La vieja y decrépita Europa ni se inmuta. Crea indiferencias, cuando no dificultades, regulando catástrofes para impedir el cínicamente denominado “efecto llamada”. Son los mares de la aniquilación posmoderna. Son los mares del olvido y del genocidio donde ni siquiera hay que enterrar a los muertos. Bueno, algunos sí hay que enterrarlos, los que al final son encontrados, en un porcentaje cuyo despliegue de búsqueda no rompa los principios capilares de la austeridad capitalista.

Me cago en dios. ¿Qué nombres inscribimos ahora en el yeso de las tumbas prestadas? ¿Cómo decirles adiós si no estaban para nada, salvo para las cuchillas, las detenciones, las palizas o las devoluciones en caliente? ¿Cómo nombrarlos en ominosas ceremonias si eran cuerpos sin nombre, sin sombra, intrusos al final hasta en su propio esqueleto? ¿Qué homenaje, con qué música y rituales? ¿Qué discursos oficiales corresponden cuando nadie sabe si es recepción o despedida?

Eso sí, de nuevo asistimos al trajín inane de los grandes dirigentes europeos, que midiendo las palabras, con responsabilidad austera de estado, dicen que hay que tomar medidas, que es preciso reunirse urgentemente, para, de nuevo, declarar la urgencia de no hacer nada. Muestran hipócritamente su fastidio, no más, como ante los desahucios de los pobres, pero no cambiarán nada porque esa es la esencia, el sostén, el motor de su capitalismo devorador. No nos engañemos, la modernidad era esto. Han ganado ellos y lo más que conceden, desde la moral posmoderna, es un muestrario formal, bien ensayado, eso sí, de lágrimas de cocodrilo. Pero lo mismo que el nazi-fascismo es un capitalismo cabreado, que se siente en peligro, y Auschwhitz el santuario de sus esencias, Lampedusa es el santo y seña de este ciclo de fascismo sonriente que disfrutamos.

Y de nuevo el olvido. Han decretado una estrategia de olvido recurrente, de olvido exprés envasado al vacío, de tal manera que esas miles de muertes parecen ya algo natural, casi un fenómeno meteorológico. Todo lo más los jefes de esta modernidad televisada aluden a una consecuencia de otras consecuencias, las mafias. Nunca a las causas, porque se encontrarían su rostro en el espejo.

Publicado en el Nº 284 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2015

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