Aniversario del asesinato del CheMás CHE y menos Laclau La revolución, para el Che, sólo se puede realizar como un proceso y a través de la lucha de masas, prolongada y a largo plazo.

Eduardo Sánchez Iglesias 10/10/2015

Este verano Juan Ramón Capella escribía en Mientras Tanto un artículo titulado "Más Togliatti y menos Laclau", del que saqué la idea del presente artículo.

El 9 de octubre de 1967 cae asesinado en Bolivia Ernesto “CHE” Guevara, en una acción militar planificada desde la CIA estadounidense. Décadas después de su muerte ¿qué herencia política deja el CHE al contexto actual de lucha?

Por primera vez, al menos en una parte importante de la periferia de la Europa mediterránea, la hegemonía neoliberal es puesta en cuestión por parte de importantes sectores de las capas populares, como consecuencia de la crisis económica y de las políticas de recortes sociales y democráticos impuestos en medio de una importante conflictividad social.

Sin embargo, y a diferencia de los primeros años de la crisis, la centralidad del conflicto social ha remitido en el marco de la izquierda hacia una progresiva hegemonía de lo electoral y lo institucional, donde los programas y consignas reivindicativas comienzan a retroceder en medio de lo que el geógrafo y antropólogo marxista David Harvey entiende como “La izquierda olvidó ser anticapitalista”.

Hoy, a década y media de iniciado el siglo XXI, aquella transición a la democracia de los 80 y aquella furiosa ofensiva neoliberal de los 90 han entrado en crisis, sin embargo, el capitalismo apenas es cuestionado en el pensamiento y la acción política de nuestro país, incluso, dentro de la propia izquierda transformadora. Es en este contexto donde, la urgente recuperación del pensamiento político del CHE, cobra valor.

En estas condiciones ya no resulta pertinente apelar al Che como antídoto moral a la degeneración de la izquierda y sus dirigentes en el ámbito institucional, ni tampoco reducir el guevarismo a una reivindicación puramente ético-cultural, como predominó en los 90. Ambas opciones, aunque necesarias en un contexto anterior, hoy parecen demasiado limitadas, moderadas y tímidas.

Superado ya el impasse que provocó en el pensamiento revolucionario mundial la caída del muro de Berlín, hoy necesitamos volver a discutir y a rescatar el pensamiento del Che Guevara y su aportación al socialismo como proyecto político contemporáneo.

Se trata de recuperar el legado político que Guevara deja pendiente a las juventudes del siglo XXI y la necesidad urgente de reinstalarlo en la agenda de los movimientos sociales y las organizaciones políticas actuales que apostamos por un cambio y transformación profunda en nuestro país. Comenzar a realizar esa tarea implica asumir un complejo desafío que consiste en conjurar numerosos equívocos que se han ido tejiendo en medio de la feroz disputa por su herencia.

A pesar de las caricaturas que en diversas biografías se han dibujado sobre el CHE, la perspectiva política del guevarismo se sustenta en una determinada línea de análisis de nuestras sociedades. Tanto las tácticas como las estrategias, los aliados posibles como las vías privilegiadas de lucha, derivan de un análisis político pero también de una caracterización histórica de las formaciones sociales en las que vivió, marcadas por su inserción periférica en el capitalismo mundial y su condición social dependiente.

Como plantea el profesor argentino Néstor Kohan "en la concepción política guevarista la revolución no constituye un espasmo repentino ni tampoco un golpe de mano ni un cuartelazo militar". La revolución, para el Che, sólo se puede realizar como un proceso y a través de la lucha de masas, prolongada y a largo plazo.

Concebir a la revolución como un proceso a largo plazo, donde se combinan diversas formas de lucha -predominando las formas extrainstitucionales por sobre las institucionales-, implica desmontar al mismo tiempo la leyenda del foquismo, simplificación atribuida al guevarismo político que todavía hoy sigue señalándose contra el pensamiento marxista del revolucionario argentino.

En segundo lugar, se debe dejar resueltamente de lado la malintencionada homologación que han construido los partidarios del posmodernismo entre marxismo revolucionario y estatismo.

En los relatos académicos nacidos al calor de la derrota europea del 68 y que han proliferado desde la década del 80, el marxismo revolucionario terminaría siendo una variante más de “autoritarismo” estatista, responsable de una asfixiante uniformidad de los movimientos sociales y las subjetividades populares.

Asimilación que queda lejos del proyecto político guevarista y de su concepción de poder popular, unida a su apuesta por la continuidad ininterrumpida de la revolución socialista contra toda cristalización burocrática del aparato estatal y del Partido.

En este sentido, cabría retomar el debate ¿Qué es el poder, entonces, para la tradición de pensamiento marxista? El poder es un conjunto de relaciones sociales de fuerza entre sujetos colectivos contradictoria y antagónicamente enfrentados. Ese conjunto de relaciones abarca diversas esferas, desde la economía hasta la política, la cultura y la guerra. Al interior de ese conjunto complejo y diversificado de relaciones, algunas se cristalizan y condensan a lo largo del tiempo en instituciones. Las instituciones no son más que relaciones Sociales de fuerza cristalizadas, petrificadas, condensadas a lo largo del tiempo.

Pues bien, dentro de ese armazón categorial de índole marxista acerca del poder, Antonio Gramsci diferencia tres niveles de confrontación en la relación de fuerza entre las clases sociales. Un primer nivel económico-corporativo, un segundo nivel específicamente político (donde se construye la hegemonía) y un tercer nivel político-militar. Los tres momentos, aclara el pensador italiano, constituyen partes de un todo indivisible. ¿En cuál de los tres niveles de análisis se ubica la reflexión política del Che Guevara y su concepción de la revolución?

En mi opinión, los escritos, intervenciones y discursos del Che abarcan los tres niveles de análisis aunque ponen prioritariamente el énfasis en el segundo y en el tercer nivel. Es decir, en el plano donde se construye la hegemonía socialista (allí deberían ubicarse todos los escritos del Che sobre la necesidad de construir el hombre nuevo y la mujer nueva, la batalla por la creación de la pedagogía del ejemplo y la moral comunista, etc.) y en el terreno social donde se desarrolla la confrontación político-militar, en tanto prolongación de la esfera política.

De los tres momentos que señala Gramsci, a la hora de pensar y analizar la revolución como proceso, el Che teoriza sobre los dos niveles más avanzados de la lucha sin dejar de señalar las limitaciones —justas pero limitadas al fin de cuentas— de las luchas puramente económico-corporativas-reivindicativas.

Aspectos que cuestionan el tercer elemento equívoco que se tiene sobre el Che, el de ser un gran revolucionario pero que en lo teórico era mediocre. Nada más lejos de la realidad.

La izquierda en España se encuentra ante un dilema: continuar con su proyecto transformador frente a la recomposición del régimen o buscar su inserción en él.

Dilema del que parte la necesidad de recuperar a los clásicos del pensamiento socialista, como antídoto frente a cualquier tentación de asunción de la derrota.

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