Mundo Obrero publica en primicia un adelanto del libro"Una (casi) biografía de Blas de Otero"

David Becerra Mayor 15/03/2016

CAPÍTULO I

Todavía faltaban algunos días para el 15 de marzo de 1916. En el vientre de su madre, apenas palpitando, Blas de Otero se encontraba todavía sin imaginarse siquiera todo lo que le va a suceder en el mundo. Eran tiempos de cambios. Los hechos se sucedían rápidamente, como si alguien hubiera pisado el acelerador de la Historia. Europa vivía los tiempos convulsos de la Primera Guerra Mundial y en Rusia bien pronto –en octubre de 1917– iba a triunfar la primera Revolución socialista de la Humanidad.

En estos días de cambio, nació de repente –¿era sol o era lluvia o era jueves?– Blas de Otero, quien terminaría siendo uno de los mayores representantes de la poesía social española. Fue en Bilbao y fue el tercero de cuatro hermanos. Y al nacer lo primero que hicieron fue cercenarle la lengua. Vasco como era, nunca olvidaría que no pudiera aprender la lengua de su tierra, que le dieran el cambiazo, y tuviera que andar por el mundo hablando –y escribiendo en– una lengua que no era la suya. Siempre reivindicó el derecho a hablar la lengua de sus antepasados del Valle de Orozco, pero la realidad histórica de España –de aquella España que suena antigua pero cuyos ecos siguen resonando en la España de hoy– se lo negó.

El nacimiento de Blas de Otero cayó en burgués, como afirma en un poema. Creció el poeta en el seno de una familia rica, perteneciente a la histórica burguesía vasca, la que se ubica en la orilla derecha de la ría, que siempre fue el coto de la clase poderosa. Desde el siglo XIX, la familia Otero se había dedicado al comercio marítimo. Su abuelo materno, José Ramón Muñoz Lámbarri, que murió el mismo año en que nació el poeta, fue un reputado médico de Bilbao, que llegó a dirigir la Casa de Maternidad de Vizcaya e impulsó con su patrimonio un centro sanitario para tuberculosos. El estallido de la Primera Guerra Mundial, un hecho harto negativo para los pueblos que sufrieron la contienda, permitió a la familia Otero obtener grandes beneficios. El padre del poeta, Armando, se enriqueció con el comercio de metales.

Vivían en la calle Hurtado de Amézaga, en el número 52. Según cuenta el propio Blas de Otero en Historia (casi) de mi vida (1969), era una «casa con terraza y pérgola que construyó mi padre en los años de la primera guerra [...]. Era aquel un piso grande, amplio, de buena burguesía, con dos o tres muchachas –Candelas, Margarita– a nuestro servicio y un gran comedor». La bonanza económica le permitió a la familia del poeta disfrutar de otros lujos alcanzables en la época solamente para la burguesía, como veranear en Zarauz, tener un coche –concretamente, un Rolls-Royce– o regalarle al pequeño Blas un Pathé-Baby, un aparato desde el que pudo proyectar y ver las primeras películas de Charlot.

De aquella época –apenas tenía cinco años– no conservó demasiados recuerdos. Pero se le quedó grabado en su memoria, acaso porque tiene que ver con lo traumático de la muerte, lo que sucedió en Madrid la tarde del 7 de mayo de 1922. Manuel Granero, torero y amigo de la familia Otero, aquel día toreaba en la emblemática plaza madrileña de Las Ventas. El segundo toro de la tarde le cogió por el muslo y lo dejó sentado, con la espalda apoyada en las tablas. El toro le asestó una cornada en el ojo derecho de Granero y le causó la muerte. Blas de Otero ha recordado este episodio a menudo, e incluso le llegó a dedicar unos versos a «este recuerdo de tu eterna ausencia / –era yo un niño cuando tú morías». Quizá por este recuerdo, Blas de Otero, cuando era adolescente, pensó en la posibilidad de ser torero; incluso, asistió a la Escuela Taurina de Las Ventas y llegó a torear alguna vez.

Blas de Otero aprendió las primeras letras con una institutriz vascofrancesa de nombre Madeimoselle Isabel, descrita como «rubia y francesa» en el poema que le dedica a la institutriz en Ángel fieramente humano (1947-1949). Sin embargo, la descripción no es del todo certera, como más tarde reconoció el poeta: «no era rubia, como miente el famoso endecasílabo». Cuando cumplió los 7 años de edad, Blas de Otero ingresó en la Academia Anglofrancesa, en la sección de párvulos; más tarde, cursó el preparatorio e ingreso de bachillerato en el colegio de los jesuitas. Con los jesuitas estuvo dos años y, como el mismo poeta ha afirmado, «yo no tengo la culpa de que el recuerdo sea tétrico, sencillamente tétrico». Unos versos –incluidos en Pido la paz y la palabra (1951-1954)– muestran el miedo de aquel niño que acudía al colegio de los jesuitas: «Madre, no me mandes más a coger miedo / y frío ante un pupitre con estampas».

Si la Primera Guerra Mundial tuvo un impacto positivo en las arcas de la familia Otero, la posguerra y la depresión económica que la siguió afectó negativamente a los industriales vascos. La familia Otero se arruinó como consecuencia de la crisis de la posguerra mundial y, para tratar de reconducir la situación y levantar la economía familiar, se trasladaron a Madrid en 1927. Lejos de que este cambio radical en su vida resultara traumático para Blas de Otero, que acababa de cumplir diez años, en Madrid pudo disfrutar de la libertad que le negaba la educación religiosa de Bilbao. De este modo lo describe el propio poeta en Historias fingidas y verdaderas (1966-1968): «Yo había llegado en un turbio tren del Norte, rescatado de un gélido colegio, todo sea por dios: de improviso, Madrid me iluminó como un adagio, allí vi claro que no se puede ir del colegio al cielo, como me decían, sin pasar por Madrid».

En Madrid no solo se enamora de la ciudad, sino también de jarroncito de porcelana, una niña con la que compartía juegos infantiles. Su recuerdo iba a permanecer intacto a lo largo de su vida y de su obra; poemas de muy distinta época rememoran aquel amor, todavía inocente, por aquella niña llamada María del Carmen.

Pero un triste recuerdo emborrona la alegría infantil: la muerte de su hermano José Ramón, que apenas contaba con dieciséis años de edad. Fue el 8 de abril de 1928. Los comentarios de Blas de Otero, escritos tiempo después, acerca de la muerte de su hermano, que murió seguramente a causa de una negligencia médica, son ciertamente crudos y acusadores: «Verdaderamente es difícil comprender qué sentido puede tener la muerte de un muchacho de dieciséis años (apenas unas pálidas imágenes retiene mi memoria), absurdamente arrancado por una enfermedad que pocos años más tarde se hubiera eliminado de inmediato. De todas formas, un asesinato bien claro, testificado por médicos y cura irrecusables. A continuación, el sentido salta a la vista pues no se reduce al mayor o menor número de familiares defraudados, sino a la menor o mayor cantidad de antibióticos que se irían descubriendo al paso del entierro».
Otra experiencia traumática de la época madrileña la constituye el incendio del Teatro Novedades. En septiembre de 1928, la familia asistió al teatro a ver la zarzuela La mejor del puerto, compuesta por el maestro Francisco Alonso. Pero un incendio destruyó el teatro por completo. Blas y sus padres fueron de los pocos que lograron salvar la vida tras el desastre. Murieron más de trescientas personas. Con estas palabras rememoró el trágico accidente Blas de Otero tiempo después: «Mi padre me mandó a sacar tres entradas al Teatro Novedades, en la calle de Toledo. El teatro ardió con furia. Se representaba La mejor del puerto, y el acto anterior había figurado una fiesta en la cubierta de un barco, con banderitas y farolillos a la valenciana. Creo que fuimos los tres únicos de familia que se salvase completa. Estoy viendo El Mundo Gráfico de aquellos días. Horrorosas fotografías. En la escalera que descendía del anfiteatro, todos están, muertos, de pie: uno de agarra furiosamente el pelo al muerto de delante. Salí con las piernas llenas de sangre y mi padre, rasgada la chaqueta de arriba abajo de un navajazo».

La vida privada, íntima y personal, no ocurre al margen de la Historia –que sigue su curso. El 14 de abril de 1931 se proclamó la Segunda República. A la alegría del pueblo madrileño, que celebraba la llegada de la República en la Puerta del Sol de Madrid, se sumó sin duda Blas de Otero, quien presenció la fiesta democrática acompañado por su padre. La alegría política duraría cinco años, hasta que el proyecto republicano se viera truncado por el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, pero la alegría familiar iba a durar bien poco: el 4 de abril de 1932, Armando, el padre de Blas de Otero, falleció en Madrid, con solo 43 años.

La muerte del padre obligó a la familia a regresar a Bilbao. Como cuenta el propio Blas de Otero, «el regreso de Madrid a Bilbao fue desolador»; tuvieron que vender «hasta la última silla del piso de la calle Leganitos» para poder costearse el viaje de vuelta. La muerte del padre deja a Blas de Otero como cabeza de familia. A partir de entonces, a pesar de ser todavía un niño –tiene 16 años–, tendrá que hacerse cargo de la familia, lo que le impide licenciarse en Letras, como había soñado y pretendido. Se ve obligado a desviar su vocación y empieza a estudiar Derecho, la carrera que había iniciado su hermano. La abogacía era una profesión más práctica y beneficiosa para su familia, una profesión con la que podría ganar más dinero, lo que era importante sobre todo si tenemos en cuenta la situación económica de la familia. Este cambio de planes –la desviación de su vocación–, aunque parecía imperativo llevarlo a cabo, le terminará causando frecuentes depresiones al poeta.

Pero «así es la vida», dirá Blas de Otero en unas líneas que escribe sobre sus primeros recuerdos, sus años en Bilbao y Madrid, y su vuelta a su tierra natal. Sirvan como síntesis de estos primeros años estas palabras que salen de su pluma:

«Nací el Bilbao, dicen, el 15 de marzo de 1916. A los diez años me llevaron a Madrid, pero mis primeros recuerdos son de Bilbao, cosa de los cuatro o cinco años. Así estoy viendo a Manuel Granero y a las mujeres llorantes la tarde del telegrama. Y a Mlle. Isabel, morena por más que le pese al endecasílabo.

Dos con los jesuitas. Bachillerato en Madrid. Asisto, como espectador de los de dentro, al incendio del Novedades; y, como hubiese querido Manuel Machado, a la Escuela Taurina de las Ventas. Vuelta a Bilbao. Después de aquí para allá.

Durante la guerra nuestra, en ambas zonas.

(Lo demás está en los libros)».

Publicado en el Nº 294 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2016

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