Profesora de periodismoConcha Mateos: "el videoactivismo opera de conciencia a conciencia"

Colectivo Todoazen 28/07/2016

Videoactivismo y movimientos socialesFrancisco Sierra y David Montero (Eds.)Editorial Gedisa, Barcelona 2016

Videoactivismo, acción política cámara en manoVV.AALa Laguna, 2014

Profesora de periodismo en la Universidad Rey Juan Carlos, investiga desde hace tiempo en la formalización teórica del videoactivismo. En 2014 coordinó unas jornadas sobre el tema que contaron con conferencias, encuentros, debates y proyecciones. Ha escrito numerosos artículos y ha colaborado en varios libros, Videoactivismo, acción política cámara en mano, La laguna, 2014 y Videoactivismo y movimientos sociales, Barcelona, Gedisa, 2016.

Mundo Obrero: ¿Qué es el videoactivismo?
Concha Mateos:
Entiendo por videoactivismo aquellas prácticas de comunicación audiovisual que son utilizadas como recursos de intervención política por sujetos no pertenecientes al poder, ajenos –por tanto- a las estructuras de dominación (sujetos del contrapoder). Esta intervención videoactivista se inicia por una motivación social y contiene una finalidad política transformadora que puede orientarse a diferentes fines tácticos, principalmente: contrainformar, formar, convocar a la acción, articular la participación y construir la identidad colectiva.

M.O.: ¿Desde cuándo han aparecido en España estas formas de intervención?
C.M.:
En España se han vuelto cotidianas estas prácticas desde finales del siglo pasado, cuando los equipos de producción audiovisual fueron más accesibles a la gente, tanto porque llegaron al mercado doméstico como por la sencillez de su utilización que hacían innecesaria una formación específica. Desde mi punto de vista, el videoactivismo se expande precisamente cuando suceden dos cosas: en primer lugar, cuando el desarrollo tecnológico facilita recursos; y, en segundo lugar, cuando existen crisis sociales.

M.O.: ¿Influyen estas características, de fácil acceso y sencillez, en la calidad de los documentos?
C.M.:
No. Como lo puede hacer cualquier, se piensa automáticamente que los resultados del videoactivismo son malos. Mi idea es que los documentos de videoactivismo están hechos desde un uso del cine y del video que no es el de la industria. Creo que no porque estos productos no salgan de ese sistema de producción de la industria tienen que ser malos. Las gentes que no son profesionales no funcionan según la lógica de la obra bien hecha. Creo que habría que hablar de un uso del documento y no de si sigue la lógica de la industria o no. En el caso del proyecto sobre la isla de Fogo en Canadá, cuya población estaba en una situación crítica y el gobierno se había llegado a plantear sacarla de la misma, esto se ve muy claramente: una producción videoactivista de Colin Low realizó 27 pequeñas películas en la que la gente de la isla hablaba sobre su vida y las posibilidades de vivir en la misma. En el proceso de producción, apoyado por el National Film Board, se desarrolló un diálogo interno entre los habitantes y, finalmente, la comunidad se quedó en la isla y transformó su situación.

M.O.: ¿Qué tipo de producciones videoactivistas existen?
C.M.:
Desde mi punto podrían señalarse varios, sin querer llegar a ser exhaustivos: de testimonio, por el que se da cuenta de un hecho, para que quede constancia del mismo; de convocatoria, para que la gente recuerde una huelga, una campaña, etc.; de construcción de identidad, como con algunos documentos de la P.A.H. o del 15M, ya que el videoactivismo es una intervención en el campo simbólico, en medio de una guerra simbólica, y resulta necesario saber quién es el sujeto que está luchando en la misma; formativo; de reacción, para discutir el sentido que se está dando sobre las cosas.

M.O.: ¿Tienen una duración o un género determinado los documentos videoactivistas?
C.M.:
No. Podemos encontrar desde documentos de 15’’, como las imágenes de Villalobos jugando con el i-pad en el congreso mientras había una sesión; hasta obras de 88’ como Underground, de Emile de Antonio, EEUU, 1976; igualmente tratarse de documentales como de películas de ficción, como Ibrahim del Colectivo Alhurria, España, 2013.

M.O.: ¿Qué falta al videoactivismo en España?
C.M.:
Uno de los retos para el videoactivismo en España es la construcción de redes de distribución de las obras. En estos momentos es muy difícil conseguir acceder a los documentos visuales, a pesar de que ha habido algunos esfuerzos por incluirlos en programaciones de festivales. En Inglaterra, por ejemplo, que van muy por delante de nosotros, hay redes de productores, espacios colectivos de visionado, de intercambio, festivales en asociaciones, en sindicatos que tiene un lugar permanente para estos documentos.

Publicado en el Nº 297 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2016

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