27 abril-26 septiembre. Exposición en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía "Campo cerrado. Arte y poder en la posguerra"El arte de espaldas a la realidad

Colectivo Todoazen 22/07/2016

Una amplia exposición en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, “Campo cerrado. Arte y poder en la posguerra española”, que estará abierta entre el 27 de abril y el 26 septiembre, recorre las principales tendencias pictóricas y escultóricas del periodo comprendido entre 1939 y 1953. Según aparece en el programa de mano “invocando el espíritu crítico de Campo cerrado (Ciudad de México, 1943), la novela de Max Aub centrada en los años previos a la Guerra Civil, así como las connotaciones de su título, esta exposición revisa la posguerra española a partir de un trabajo de investigación que combina panorámicas generales con casos de estudio, obras conocidas con otras rescatadas del olvido, e incluye piezas de naturalezas muy diversas, en ocasiones inéditas para la historia del arte. El resultado cuestiona tópicos como la escasez e irrelevancia de la actividad cultural o artística durante la década de los cuarenta y esboza una imagen de la época que se resiste a las esquematizaciones”. Sin embargo, la exposición tiene numerosos problemas: el primero, el de reducir el debate artístico de la época al que aparece en los medios académicos, entre pintura figurativa y no figurativa, y no al que se da, si bien marginalmente, en las distintas revistas que se publicaban en la época, entre arte imperial y arte popular. El segundo, que la exposición está pensada desde lo que el espectador de arte vio y no desde lo que podía ver el público en general, con lo que entendemos como vinculadas al desarrollo de la historia del arte las propuestas estéticas, pero aisladas de la vida cotidiana. El tercer problema es que las obras que se muestran se caracterizan por estar hechas de espaldas a la realidad: no se cuela en ellas ni el más mínimo detalle de la crudeza de la posguerra, ni de las formas precarias de vida, ni del miedo, ni de la violencia. Puede pensarse que la pintura española de este periodo no estaba interesada en las condiciones de vida pero resulta sumamente extraño que ni siquiera en las obras del exilio (a las que se dedica algunos espacios) haya esa contraposición. Varios aspectos importantes sí aclara esta exposición respecto a los tópicos reproducidos hasta la saciedad: el más importante, que no hubo interrupción en el desarrollo artístico entre los años veinte y la posguerra, al contrario, que hubo la más absoluta continuidad, excepción hecha, claro está, de la censura o la represión a que se sometió las propuestas estéticas críticas. Un segundo aspecto tiene que ver con la idea de que estaba prohibido el uso de la lengua catalana: en la exposición aparecen varias publicaciones de la época en catalán (como Ariel) que la desmiente. Finalmente, que el arte imperial, el arte fascista, apenas tiene reconocimiento en esta muestra. Hay una cierta sensación de incoherencia en la exposición, como si se hubiera preferido optar por hacer un rescate de los movimientos de la época, antes que tratar de comprender qué arte se hizo y por qué, que parecería traducirse del título.

Publicado en el Nº 297 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2016

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