Crónica de la segunda sesión del Curso de Verano de la FIM y el PIE. El Escorial Martes 18 de julioLos imperialismos ibéricos, ¿qué fueron y qué queda de ellos?

Eduardo Sánchez Iglesias 19/07/2017

“Las dictaduras fascistas en España y Portugal construyeron un proyecto común basado en la justificación del colonialismo en África” María Lois (UCM).

“La cultura oficial de España quiere “borrar del mapa la historia del imperialismo español y la cuestión del Sáhara” Juan Carlos Gimeno (UAM).

“La desimperialización de la sociedad portuguesa sigue siendo una tarea pendiente” Claudia Castelo (Universidad de Lisboa).

“La tradición imperialista ibérica se encuentra en el concepto de hispanidad presente en la Comunidad Iberoamericana de Naciones o la Comunidad de países luso parlantes” (Juan Carlos Jiménez (Universidad San Pablo-CEU).
La segunda jornada del Curso de Verano de la FIM y el PIE giró en torno al análisis de los imperialismos español y portugués, en concreto, de los proyectos imperialistas impulsados por las dictaduras fascistas de España y Portugal en el siglo XX. La jornada tuvo lugar el 18 de julio, fecha del golpe de estado fascista de 1936.

La primera ponencia corrió a cargo de Juan Carlos Gimeno, Profesor de Antropología y Doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), experto en la cuestión colonial española, en especial, en el Sáhara occidental. El profesor Gimeno comenzó recordando, como reconoce la ONU, como el Sáhara es uno de los 17 territorios coloniales aún existentes, constituyendo el territorio más grande y más poblado aún sin descolonizar, siendo la última colonia de África.

A pesar de haber sido una de las grandes potencias imperiales, los estudios sobre el imperialismo español es poco estudiado y poco conocido por parte de la población española, algo especialmente “sangrante” en el caso del Sáhara, verdadero conflicto olvidado a nivel nacional e internacional.

A partir de la Guerra de Ifni (1957-1958), y en el contexto de los procesos de descolonización, la España franquista opera de manera contraria al resto de los países y declara el estatus de provincia (la número 53) al Sáhara, constituyendo un ejemplo tardío de imperialismo formal en plena época de la descolonización. Esta situación perduró hasta la década de los setenta con el inicio de la lucha del Frente Polisario.

El profesor Gimeno recuerda “que España sigue siendo el país administrador del Sáhara” responsable del proceso de referéndum de autodeterminación, “lo cual sitúa a Marruecos como país ocupante”.

Juan Carlos Gimeno denuncia la activa invisibilización y banalización del problema del Sáhara, con el claro objetivo de “borrar del mapa la historia colonial española y la cuestión del Sáhara”. Una política que es especialmente activa en los medios de comunicación que niegan todo espacio al problema del Sáhara y la responsabilidad que España tiene en esa situación.

Los Acuerdos de Madrid de 14 de noviembre de 1975, por los que España se retira y permite la ocupación del Sáhara por parte de Mauritania (posteriormente derrotada por el Frente Polisario) y por Marruecos, permitiendo a éste último, culminar la ocupación ilegal del Sáhara, la cual forma parte del proyecto de la monarquía de Marruecos del Gran Magreb. La Marcha Verde por tanto es una ocupación ilegal del territorio saharaui, acto constitutivo del nacionalismo marroquí.

La retórica de la Dictadura franquista era la de la “hermandad”. Ciudadanos saharauis lucharon en la Guerra Civil con Franco bajo el discurso de la “hermandad entre cristianos y musulmanes contra los rojos y ateos”. Este discurso de la “hermandad” de base religiosa encubría una retórica imperialista que buscaba el sometimiento de la población saharaui y la explotación de los recursos.

La actitud de las clases dirigente en España desde 1975, no es fruto de una coyuntura política delicada derivada de la crisis de la dictadura, tal y como se cuenta de manera oficial, sino que corresponde a un proyecto español deliberado del abandono del Sáhara y permitir su ocupación, consecuencia de una cultura imperialista, que entiende al Sáhara un territorio subordinado, sin derechos, al que se les quitó la nacionalidad española, beligerante con el Frente Polisario y la RASD y que explica la permisividad de España respecto a la violencia y persecución de la población saharaui y de apropiación de sus recursos.

De esta forma el Profesor Gimeno concluye como el conflicto del Sáhara es la máxima expresión de las consecuencias del imperialismo español y de la persistencia de una cultura imperialista que predomina entre las clases dirigentes en España y que ha logrado permear en gran parte de la población en la asunción del Sáhara como un cultura de segunda, sin derechos.

La segunda ponencia corrió a cargo de Claudia Castelo, la profesora de la Universidad de Lisboa, centrada en el imperialismo portugués en el marco de la Dictadura de Salazar. El proyecto imperialista portugués tuvo con el franquismo un discurso común basado en la “hermandad en torno a una determinada visión del iberismo, sustentada en el catolicismo, el anticomunismo y la guerra”.

El lusotropicalismo es la expresión concreta que asume el imperialismo en el Portugal fascista, que “sustenta la identidad nacional portuguesa y su desarrollo al hecho colonial”. Por tanto, para la profesora Castelo, “sería un error entender el imperialismo portugués en África desde una óptica solamente económica; era un proyecto político”.

El proyecto colonial pretendía generar una conciencia de unidad nacional en torno al Estado Novo (el proyecto fascista portugués) a través de la ideología nacionalista, proyecto basado principalmente en el colonialismo, que se expresó a través “del discurso lusotropicalista”.

El nacionalismo imperial era el principal sustento de un sector de las clases dominantes, que veían en el imperialismo su capacidad de erigirse como grupo dominante, principalmente organizado en torno al Partido Republicano Portugués. En la Conferencia de Berlín en 1875, Portugal participa con la cesión de una importante presencia en África, principalmente en la actual Angola y Mozambique. El imperialismo pasa a ser el proyecto fundamental, “de defensa entusiasta del nacionalismo portugués”.

La entrada de Portugal en la primera guerra mundial tenía como objetivo la preservación del legado colonial. La necesidad de extender el proyecto imperial fue la política rectora de Portugal en la Sociedad de Naciones, nacionalismo de base imperialista compartida por los partidos monárquicos y el salazarismo. De esta forma el imperialismo y la defensa de las colonias en África se entendían como algo central para defensa de la identidad nacional portuguesa”.

Con la llegada al poder del dictador Salazar en 1926, la preservación del legado colonial pasa a ser una cuestión de Estado, en torno a “un marcado discurso racista, basada en la concepción de la raza negra como inferior”. De esta forma la dictadura construye un discurso “humanista colonial, que justifica una misión imperial con una visión paternalista y racista de Portugal frente a los pueblos africanos”.

Esta mística imperial dio lugar durante la dictadura a una fuerte inculcación ideológica hacia la población de la justificación del imperialismo portugués, de esta forma “el discurso anticolonial era tachado como anti portugués”.

Es en este contexto en el que la profesora Castelo sitúa el nacimiento de la teoría luso tropicalista, elaborada por el científico social Gilberto Freyre, en el que defiende la “intensa relación positiva de la presencia colonial portuguesa con los trópicos, producto a la capacidad de adaptación de Portugal a los trópicos, como demuestra la presencia colonial en Brasil, India y África”. El luso tropicalismo venía a justificar la expansión colonial de Portugal, al construir una visión de conquista “amable” exclusiva de la naturaleza del pueblo portugués.

Durante el proceso de descolonización la dictadura pretende mostrar a Portugal como un país pluricontinental, multicultural propias de la nación portuguesa, pretendiendo con ello esconder el hecho colonial y es ahí, cuando el discurso luso tropicalista empieza a ser usado como la ideología colonial de la dictadura salazarista. Se presentaba a Portugal como una nación cultural, geográfica y étnicamente plural, llegando la dictadura a afirmar que “los portugueses no son blancos”, en una tentativa de contrarrestar la realidad racista e imperialista del Estado Novo en el contexto de los procesos de descolonización.

Las posiciones y luchas anticoloniales, se presentaban por tanto para la profesora Castelo como “algo ajeno a la cultura portuguesa, exportada por la ideología comunista”. El luso tropicalista se convirtió en el discurso oficial de la dictadura, con el que se pretendía continuar con su presencia en Guinea, Angola y Mozambique, presentando al Estado Novo como “un colonialismo positivo”, diferenciado del resto de naciones europeas, en un interno de contener los movimientos anticoloniales.

El luso tropicalismo era una construcción ideológica que pretendía encubrir y justificar el imperialismo portugués, teoría que sigue presente en la retórica política portuguesa posterior a la Revolución de los Claveles y sigue siendo base para entender ciertos aspectos del sentido común de una parte de la población, fundamental para entender el nacionalismo portugués contemporáneo.

La profesora Castelo termina afirmando que “la desimperialización de la sociedad portuguesa sigue siendo una tarea pendiente”.

La jornada la clausuró Juan Carlos Jiménez, Profesor de Historia de la Universidad San Pablo-CEU, quien centró su intervención en las diferencias y parecidos de los imperialismos ibéricos de España y Portugal.

La tesis central del profesor Jiménez parte de reconocer que en Europa las construcciones de identidad nacional se han vinculado, de una u otra manera, al proyecto imperial. En el caso español y portugués la construcción de sus imperialismos ha mantenido fuertes similitudes hasta las independencias de las colonias suramericanas del siglo XIX.

Respecto al proceso independentista en Latinoamericana, la independencia de Brasil fue relativamente pacífica lo que desembocó en la particularidad se carácter pacífica que desemboca en una ex colonia que será más importante que la antigua metrópoli; mientras que las independencias de las colonias españolas fueron conflictivas, a través de guerras de independencia, que generaron una relación conflictiva entre las nuevas repúblicas y España, que no se recomponen hasta la década de los setenta del siglo XIX y, que en cierta forma, permanece.

Para el profesor Jiménez, otra diferencia es cómo Portugal recompone su proyecto imperialista con las colonias africanas, las cuales confieren al imperio portugués una realidad imperial que España no tuvo, con una presencia mucho menor y menos efectiva. De esta forma “en el caso portugués la pregunta sería ¿cómo mantener el imperio?, mientras que en España la pregunta era ¿cómo recuperar el imperio?”

Portugal pudo recomponer su imperio a través de su articulación con el Imperio británico, relación subordinada, pero muy efectiva a efectos de poder mantener un gran estatus colonial; es precisamente en esa relación subordinada con Gran Bretaña la que permite reconstruir de manera efectiva el Imperio portugués, todo lo contrario a España, quien mantiene un enfrentamiento con Gran Bretaña.

Una diferencia fundamental en el caso español, el imaginario imperialista incluye la integración de Portugal dentro de España; esa es la visión iberista conservadora en España; mientras que en Portugal es todo lo contrario, “el iberismo es el nacionalismo portugués y su resistencia hacia España”. Jiménez “encuentra en el mar, la articulación con Gran Bretaña y la realidad colonial, una forma de escapar de la integración en España, tal y como pensaba el imperialismo español”. Para Portugal el resultado es un nacionalismo anti-español, que parte de mantener la dualidad política de la península, mientras que para España su sueño imperial se piensa desde la integración de Portugal en España.

De esta forma el iberismo, para el profesor Jiménez, suele surgir en momentos de crisis de la identidad nacional portuguesa, pero cuando esa identidad se recompone (con el hecho colonial africano) el iberismo desaparece.

Con la II República española surge una corriente, mayoritaria en el Gobierno, de un iberismo republicano, el hispanoamericanismo, entendido como “un espacio internacional de repúblicas liberales y democráticas que compensasen a nivel internacional los regímenes autoritarios de derechas”. Sin embargo, Portugal ya se encontraba bajo un régimen autoritario, que durante la guerra civil apoya de manera entusiasta a Franco.

Con la segunda guerra mundial, la dictadura española recupera el sueño imperial, que se entendía no solo por la apropiación de las colonias francesas, sino también con la idea de la integración de Portugal, que para el profesor Jiménez “tal intervención militar del régimen franquista en Portugal solo tendría lugar si Inglaterra entraba por las costas portuguesas”. En este momento concluye cómo en “la década de los cuarenta del siglo XX es el momento más álgido de la recuperación de la concepción imperialista española, que se vinculaba a una mayor presencia colonial en África y la integración de Portugal en España”.

Con la derrota del nazismo y el fascismo, el sueño de imperialista español se desvanece. Sin embargo, Portugal después de la segunda guerra mundial entra en una guerra en cinco frentes, debido a una concepción del salazarismo, que vincula su existencia como régimen al mantenimiento de las colonias africanas; como ejemplo el profesor Juan Carlos Jiménez recuerda cómo la Dictadura de Salazar llegó a constitucionalizar su realidad colonial.

A diferencia de Portugal, España a inicios de los años sesenta inicia una vía autonomista respecto a las colonias y, evitar de esa forma, no caer en el aislamiento internacional de nuevo, en plena época de los procesos de descolonización. Así fue el caso de Ifni (después de la guerra), Guinea, pero con el Sáhara los sectores más conservadores del ejército se resisten, pero no ya tanto en torno a un discurso imperialista, como por razones geopolíticas (la relación del Sáhara con las Islas Canarias) y dado que el Sáhara era la única presencia colonial significativa que retenía. Sin embargo, para Portugal el discurso imperialista continuó hasta los setenta, mientras que en España ese discurso, prácticamente desaparece desde la década de los treinta, excepto en los sectores fascistas durante la segunda guerra mundial.

Como conclusión decir que para Portugal el discurso salazarista es su carácter pluricontinental y plurietinicidad derivada de la teoría luso tropicalismo, mientras que para España el hecho legitimador es el progreso económico, la paz y la unidad nacional frene a los nacionalismos vasco y catalán; pero para Portugal el elemento legitimador del régimen es, hasta el final, la perpetuación de su dominio colonial en África.

Para finalizar, el profesor Jiménez expone los proyectos contemporáneos que beben de esta tradición imperialista, sobre todo en el discurso actual de la hispanidad, como el de la Comunidad Iberoamericana de naciones o la Comunidad de países luso parlantes.

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