Louis Antoine León de Saint - Just revolucionario francésActualidad de Saint-Just

María Toledano 31/07/2008

Los que hacen las revoluciones en el / mundo,
los que quieren hacer el bien, sólo /deben dormir en la tumba.
Saint-Just, 10 de octubre de 1793.
Louis Antoine Léon de Saint- Just (1767-794), revolucionario francés, el arcángel de la revolución, murió en la guillotina en julio de 1794. Su nombre -perseguido y condenado por la historia- parece una proclama, un grito de guerra, casi un manifiesto subversivo. Estaba en la tribuna de oradores, la palabra ardiente y democrática, y le detuvieron. Los girondinos, espejo del orden, los mismos que defendían las libertades individuales, la autonomía de la voluntad y sus tradicionales privilegios económicos, no le dejaron terminar. Allí, mientras hablaba, fue vapuleado y detenido. "No soy de ninguna facción -argumentaba-, las combatiré todas…". No le dejaron continuar.

Teniente coronel de la Guardia Nacional en julio de 1789, elegido dos veces diputado, destacado colaborador militar y jurídico de Robespierre, portavoz de los jacobinos de la Montaña, Presidente de la Convención, Delegado -hoy diríamos comisario político- de los ejércitos del Rin y del Norte, miembro del Comité de Salud Pública: una impecable trayectoria revolucionaria. Había ganado duras batallas militares contra Austria y reorganizado el ejército, combatido la incontrolable corrupción de los generales, facilitado la llegada de alimentos a las ciudades, concebido impuestos para las grandes fortunas y redactado un proyecto de Constitución, fino estilismo jurídico, que se aprobó, en 1793, casi en su totalidad. "No se puede reinar inocentemente: la locura es demasiado evidente. Todo rey es un rebelde y un usurpador", proclamaba el 13 de noviembre de 1792. La potencia y radicalidad de sus ideas, el impulso de clase que tenía su pensamiento era un atentado cotidiano contra la tímida burguesía ilustrada. El Viejo Topo, ha publicado -Barcelona, 2006- un libro de discursos y textos de Louis Antoine de Saint-Just, La libertad pasó como una tormenta. Textos del período de la Revolución Democrática Popular, edición de Carlos Valmaseda.

"El gobierno no debe ser solamente revolucionario contra la aristocracia: debe serlo contra aquellos que roban al soldado, que pervierten el ejército con su insolencia, y que, por el derroche del dinero público, llevarían al pueblo a la esclavitud y el imperio a su disolución por el infortunio. Tantos males tienen su fuente en la corrupción de unos y en la ligereza de otros." En los pocos retratos que se conservan -es una figura maldita de la Historia contemporánea- aparece con aire discreto, pelo largo y mirada incisiva. Dicen las crónicas sobre la Revolución, salvo excepciones, que implantó un drástico gobierno de Terror -la leyenda crece cuando la historia se escribe desde la usurpada victoria- para asesinar a todo aquel que se opusiera a sus deseos. En realidad, combatió con las armas, -¿existe otra forma?- las frecuentes insurrecciones de la derecha preservando los principios democráticos y su alianza estratégica, esencial, con los sans-coulottes, el pueblo alzado. La revolución popular pasaba por consolidar el imperio de la ley, la democracia, y luego, quizá, en un estadio superior del desarrollo, suprimir toda institución represora, incluido el Estado. Todo el poder para las comunas, proclamaba en sus textos jurídicos, para los municipios. Los dirigentes que no sea elegidos directamente por el pueblo carecen de capacidad ejecutiva. Saint-Just, como tantos revolucionarios, desconfiaba de la burocracia y de la desidia de los cuadros políticos. Igual que hizo años después Lenin, combatió el radicalismo infantil, el izquierdismo. Pese a la apariencia, Saint-Just era un "centrista" frente a los hebertistas y otras fuerzas radicales. La única razón táctica que conocía era la ofensiva, el combate y la palabra. En 1917 hubiera sido bolchevique. Un bolchevique, eso sí, con innumerables contradicciones.

Lo mejor de contribución, si acaso es posible deslindar acción y reflexión en su incansable actividad política, está en sus textos jurídicos, en las Instituciones republicanas y en el discurso Sobre la necesidad de declarar el gobierno revolucionario hasta la paz. Ahí se encuentra la esencia de su concepción revolucionaria del estado, un estado que se construye bajo la sólida y necesaria idea de comunidad. Era un demócrata -el término ha sido desvirtuado, maniatado por el pensamiento dominante- e imaginaba un gobierno sustentado sobre la virtud cívica. Como dice Yannik Bosc, "¿Cómo era este Terror cuyo esfuerzo durante el año II consistió en mantener la libertad pese al estado de guerra (en el sentido de Locke)? La Convención termidoriana, que nació de la ejecución de 108 robespierristas (entre ellos Saint-Just), definió el Terror como la tiranía de la anarquía, ese mismo momento en el cual, precisó Boissy d´Anglas (líder de los conservadores, presidente de la Convención en 1795), los ricos eran sospechosos, el pueblo delibera sin cesar, la oposición está organizada, el poder ejecutivo debilitado y reconocido el derecho a la insurrección. Para sus enemigos, terroristas y derechos del hombre están asociados". Desaparecido de la historia, borrado, el fantasma de Saint-Just recorre a caballo el norte de Francia. La ley y la sangre le acompañan.

Publicado en el Nº 196 de la edición impresa de Mundo Obrero

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