Dar a la huelga de Amazon la dimensión política que mereceEl regreso de la "cuestión obrera" La erosión de la conocida clase media es el resultado de la caída histórica de los salarios, de la proletarización del empleo profesional y de la crisis irreversible del Estado del bienestar.

Eduardo Sánchez Iglesias. Director de la FIM. Profesor de CC Políticas y Sociología de la UCM 29/04/2018

Las condiciones de trabajo que denuncian los trabajadores de Amazon son las que conforman la condición del trabajo en su modalidad actual. Dicho conflicto representa las características sociales de la “España que viene”, y por ese motivo, es fundamental trazar una estrategia del conjunto de la izquierda política, social y sindical para ganar el conflicto de Amazon. De no hacerlo, reafirmaríamos a la global class española y europea en su empeño de imponer la precariedad estructural como el modelo social dominante.

La huelga vuelve a situar en primer plano la ocultada y sumergida realidad de la empresa como un lugar de conflicto, y con ella, se recupera la concepción de la empresa y la relación salarial que de ella emana, como la expresión más acabada del autoritarismo dentro dela sociedad española. De ahí que el conflicto colectivo planteado por la joven plantilla del gigante norteamericano, sitúa a la acción obrera de nuevo en el centro del conflicto social, junto a otras variantes y otras modalidades de la conflictividad. Pero con una particularidad importante, el conflicto de Amazon en San Fernando de Henares (Madrid), se plantea en un ámbito en el que para muchos era impensable, porque para una parte importante de la izquierda, de estos sectores y de estos trabajadores, poco se podía esperar.

Es posible que la izquierda transformadora mostremos síntomas de no conocer bien la realidad de la sociedad española actual, resultado de una década de crisis. Y esta afirmación la hago, cuando constatamos que la solidaridad es un instrumento de primer orden y, tal vez, en este caso de Amazon, no estemos a la altura que la dimensión de lo que está en juego se merece.

En la empresa actual se desarrollan extraordinarios y potentes procesos de innovación tecnológica, que profundizan en la marginación, la desvalorización, el despido y el olvido del trabajo humano. Procesos de renacimiento autoritario que no son sino la otra cara de la moneda que se da en el resurgir del autoritarismo político de nuestras sociedades; procesos de control del ser humano, a través de mandos intermedios, subcontratas, teletrabajo, economía sumergida y controles tecnológicos que hacen que hoy día el trabajador, incluso el más formado técnicamente, esté sometido a un gran hermano digital que le vigila y censura desde la empresa matriz.

Frente a esta realidad, el pensamiento predominante dentro de la izquierda toma el Estado y su dimensión institucional como marco predominante del conflicto social, centrando en él, prácticamente el único ámbito de reivindicación y actuación. Un planteamiento producto de una apuesta teórica y de interpretación política “por fuera de la fábrica”, que desarrolló marcos teóricos más interesados por otras esferas de la acción colectiva alejada del mundo del trabajo. A dicha concepción devaluadora de la posición del trabajo dentro de la sociedad, se sumó el XIII Congreso del PCE en 1991.

En las condiciones actuales necesitamos dar por terminada la fase de desatención de la izquierda de la consideración del espacio productivo como espacio político predominante y del conflicto colectivo como herramienta fundamental de la acción. Abandonar la acción en los centros de trabajo y abandonar la huelga y el conflicto colectivo como herramienta de acción, es ceder toda la suerte de la acción popular a su mera dimensión electoral.

De la precariedad estructural surge una nueva expresión del conflicto obrero, resultado de una transformación de la clase trabajadora fruto de su extensión, crecimiento, feminización y precarización.

Una nueva clase trabajadora con un peso social gigante, inmenso, pero que no se corresponde, de momento, con su peso político y cultural. No se habla de ellos más que de manera puntual. No hay cargos públicos, ni ayuntamientos del cambio ni en los de no cambio, ni en parlamentos, ni tertulianos, ni series de la FOX que provengan o reflejen a ese sector tan importante de la sociedad. No existen.

La dificultades para comprender la situación son el resultado de los movimientos tectónicos de una sociedad como la española, que ya no volverá a ser una sociedad mayoritariamente de capas medias. La sociedad de funcionarios, profesionales urbanos y trabajadores socioculturales era como entendía lo social la izquierda transformadora, una vez constatada la generalización del sector servicios en la España de los ochenta y noventa. La erosión de la conocida clase media, ya sea como representación social mayoritaria, ya como realidad material, es una tendencia a largo plazo en todos los países occidentales. Es el resultado de la caída histórica de los salarios, de la proletarización del empleo profesional y de la crisis irreversible del Estado del bienestar. En España estos factores se ven además agravados por su especialización económica en el turismo y en la captación de capitales en su casi siempre activo mercado inmobiliario. Con esos mimbres difícilmente se puede crear empleo estable, bien remunerado y que ocupe al millón largo de nuevos titulados que cada año producen las universidades españolas. En esa contradicción entre formación y ocupación, se asientan las bases de la crisis social y política que vive la España de hoy.

A pesar de lo anterior se pensaba en términos de “el trabajo manual ha muerto” o aquel famoso “adiós al proletariado”; mientras, “comprábamos” el discurso tecnologista tan presente en ciertas tradiciones del marxismo ortodoxo. Así, en la España que se dirigía hacia la boom inmobiliario, aplicamos el discurso de la “imparable” inmaterialización de la economía, que al final no se registra empíricamente en casi ninguna parte; realidad que nos debería hacer pensar a aquellos, que como yo, defendemos la hipótesis del trabajo cognitivo, obligándonos a reformular nuestra posición.

Muchos entendíamos que el trabajo inmaterial debía contemplarse como el proceso de subsunción general de la subjetividad en los procesos de valorización de capital (lo que el pensamiento posobrerista llamaría “la vida puesta a trabajar”), que incluye los cerebros pero también los afectos y el cuerpo. Políticamente hicimos una apuesta que situaba la potencia del cambio social, como un producto de la resistencia a la subordinación productiva que genera la reacción-innovación capitalista. Esta era la base del antagonismo. Sin embargo, el capitalismo cognitivo no ha producido una fuerza antagonista, simétrica en su resistencia-oposición a la nueva clase capitalista. Además, el capitalismo cognitivo se ha convertido, en una solución inviable a la propia crisis capitalista, que sitúa, para el capitalismo en España, su recuperación en el predominio de la plusvalía absoluta como forma de explotación.

Al considerar casos como los de Airbnb, Uber y ahora Amazon, se muestra una forma de condición precaria asalariada donde el trabajador, bajo la figura cada vez más inasumible del “empresario de sí mismo”, asume todos los costes sociales del trabajo.

El PCE, más por falta de elaboración que por convicción, compartió con el resto de la izquierda transformadora, la idea de que el sujeto anticapitalista del futuro estaba en los knowledge workers (trabajadores del conocimiento), en el segmento de mayor cualificación, sin caer en la cuenta que la aplicación masiva de las nuevas tecnologías a la organización del trabajo, lo que creaba era una increíble cantidad de trabajo digital taylorizado y en un trabajo manual que se requiere asociado a las nuevas economías en red. Es precisamente en ese sector que consideramos como residual, el que construye dinámicas de acción colectiva y protagoniza conflictos dónde nadie lo esperaba, marcando con su acción un magnífico reto a la izquierda que había comprado las tesis de los planteamientos posmaterialistas.

La España surgida de la crisis es la de una sociedad basada en un conflicto de nuevo tipo, entre unas clases dominantes que tienen en la precariedad su paradigma de dominación social, y un nuevo asalariado urbano que ejerce un tipo de conflicto social que ya no es la del obrero industrial fordista o del joven profesional mileurista, figuras predominantes en el imaginario de la izquierda española, incluido el PCE, IU y CCOO.

La irrupción del nuevo asalariado urbano pone a la izquierda ante el reto político y teórico de pensar la nueva realidad pos crisis y superar muestro ya superado marco posmoderno, ante la evidencia de que Coca Cola en Lucha, la huelga de Movistar, captadores de ONG´s, figuras precarias dentro de la universidad, ryders, kellys hasta el actual conflicto de Amazon, suponen el regreso de la “cuestión obrera” bajo nuevas formas, aquellas protagonizadas por una nueva clase trabajadora que protagonizará, queramos verlo o no, la política española del futuro.

Publicado en el Nº 316 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2018

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