Despedida de los voluntarios de la libertadLas Brigadas Internacionales, un día de octubre Se alejaban con el puño apretado en la sien, con la mirada triste, con el corazón generoso y un alma sin fronteras, dejando la huella de su firmeza ante el fascismo.

Higinio Polo 10/12/2018

Hace ahora ochenta años, los hombres y mujeres que formaron los destacamentos del que fue el más hermoso ejemplo de solidaridad del siglo XX, las Brigadas Internacionales, se disponían a abandonar España. Fue la consecuencia de un acuerdo del gobierno, en momentos difíciles: en septiembre de 1938, el presidente del Consejo de ministros de la República, Negrín, anunció en Ginebra, ante la Sociedad de Naciones, la retirada inmediata de aquellos extranjeros, los voluntarios de la libertad, que luchaban junto al ejército republicano. Negrín brindaba ese gesto esperando que forzaría a Mussolini y Hitler a retirar los soldados del fascismo de España.

Un mes después, el viernes 28 de octubre de 1938, en Barcelona, despuntaba un día inquieto, preocupado, ansioso. El gobierno, en la capital de la República que era entonces Barcelona, se dispuso. Desde la avenida Pi i Margall (actual Passeig de Gràcia) hasta el palacio presidencial (el Palau reial de Pedralbes), centenares de miles de personas congregadas saludaban emocionadas a los veteranos de la libertad que iban a marchar de España. En la avenida de Pedralbes se había dispuesto la tribuna, muy cerca del palacio presidencial: allí llegaron Azaña, Negrín, Companys, el general Rojo, jefe del Estado Mayor. Después, Azaña y Negrín subieron a un coche y pasaron revista a las tropas que se hallaban formadas entre el palacio y la plaza Macià (entonces, de los Hermanos Badia).

El día anterior, grupos de voluntarios habían llenado la avenida de guirnaldas, de banderas, tricolores, rojas, cuatribarradas, de flores y arcos de laurel; y en cada árbol, carteles de los batallones de las Brigadas Internacionales: Thaelmann, Comuna de París, Garibaldi, Louise Michel, Henri Barbusse, Dabrowski, Lincoln, Benito Juárez, Dimitrov, Rakosi, y recuerdos de los brigadistas que habían muerto en las tierras de España: Nino Nanetti, Lukács, Hans Beimler y tantos otros. Jóvenes con flores se acercaban a los hombres y mujeres de las Brigadas Internacionales, mientras los chatos (los Polikarpov I-15, cazas biplanos que la Unión Soviética envió para ayudar a la República) casi rozaban los tejados en la avenida del 14 de abril, que hoy llamamos Diagonal, saludando a los internacionales. Los aviones republicanos que sobrevolaban la ciudad lanzaron también pequeñas octavillas con un deseo: “¡Salud, hermanos de las Brigadas Internacionales!”. Otros, lanzaron pequeñas hojas, con un soneto: era de Miguel Hernández, dedicado a los voluntarios de la libertad que habían caído en las tierras de España luchando contra el fascismo, unos versos que los definían: “Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras”.

Robert Capa había tomado también algunas escenas de las despedidas: en Montblanc, tres días antes del desfile en Barcelona, fotografió al brigadista con pañuelo en el cuello, el puño en la sien y la mirada perdida entre el miedo a la derrota y la esperanza de la libertad, cuyo gesto sigue atenazando nuestras gargantas tantos años después.

Los brigadistas, encabezados por el comisario Luigi Longo y los tenientes coronel Aldo Morandi y Hans Khale, desfilaron ante la tribuna. Muchos habían llegado directamente desde los frentes de batalla, desde el Ebro, desde la línea del Segre. Agrupados por nacionalidades, desfilaron los alemanes, franceses, polacos, belgas, americanos. Los internacionalistas polacos enarbolaban una pancarta: “España, ejemplo para todos los países amenazados por el fascismo”. Los brigadistas desfilaron tristes aquel día de octubre; muchos, lloraban; hombres curtidos, duros, capaces de las mayores resistencias, no podían evitar las lágrimas. Tras ellos, las abnegadas voluntarias que sirvieron como enfermeras en los frentes, acompañadas por dos camiones donde los heridos y mutilados que no quisieron dejar de estar allí intentaban contener la emoción. Un grupo de músicos del V Cuerpo de Ejército, junto con los de la 11 y la 12 Brigadas Internacionales, llenaban el aire, entre notas de Ay, Carmela y de la Internacional.

Cuando empezó a oscurecer, los altavoces dieron por concluido el desfile, por el peligro de bombardeos fascistas sobre la enorme multitud. Al día siguiente, Antonio Machado escribió unas cuartillas sobre la despedida de los internacionales: “amigos, compañeros, hermanos: la España verdadera que es la España fiel al gobierno de su República, nunca podrá olvidaros: en su alma llevan escritos vuestros nombres”. Esa misma noche, por radio, el doctor Negrín habló de la infamia de la No intervención, llamando a la resistencia, honrando a los brigadistas (“os he visto llorar al tener que abandonar el frente”). Días antes, Dolores Ibárruri había pronunciado un discurso de despedida: “¡Mujeres! Cuando los años pasen y las heridas de la guerra se vayan restañando; cuando el recuerdo de los días dolorosos y sangrientos se esfume[…] hablad a vuestros hijos; habladles de estos hombres de las Brigadas Internacionales.” […] “No os olvidaremos, y cuando el olivo de la paz florezca, entrelazado con los laureles de la victoria de la República española, ¡volved!”.

Sin saber aún que no tardarían en llegar los días más tristes de 1939, los internacionales se alejaban de la avenida del 14 de abril, con el puño apretado en la sien, con la mirada triste, con el corazón generoso y un alma sin fronteras, dejando la huella de su abnegación, de su firmeza ante el fascismo y del empeño en la lucha por la libertad y el socialismo. Dejaban la España por la que habían dado lo mejor de sus vidas, en aquella Barcelona donde los aviones arrojaban sonetos y las chicas recogían flores para entregarlas a unos hombres que no podían contener las lágrimas.

Publicado en el Nº 321 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2018

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