"Tres lecciones sobre la universidad y la división del trabajo"

Manuel Sacristán Luzón 18/12/2018

‘Realidad, Revista bimestral de cultura y política’, ese era el nombre de la publicación del PCE en el exilio en Roma. Publicada durante una década (1963-1973), fue heredera de Nuestras Ideas, editada por el PCE en Bruselas hasta 1961. Recuperamos fragmentos de un artículo de Manuel Sacristán del nº 21 de septiembre de 1971 dedicado a la universidad que nos permite entender ese Plan Bolonia que, décadas más tarde, ha engarzado al capitalismo neoliberal con la enseñanza superior.
CRISIS E IDEAL DE UNIVERSIDAD CONTEMPORÁNEA

Es inútil proponerse una descripción más de la situación de crisis y protesta en que se encuentran las universidades. Útil, en cambio, llamar la atención sobre algo que se nota menos: que esta situación no impide a muchos académicos -incluso liberales o progresistas- seguir satisfechos con ideales universitarios clásicos, como si la crisis no lo fuera también de éstos. Autores muy conocidos e influyentes, como Perroux, permiten incluso que su optimismo acerca de los principios les contagie el juicio de hecho sobre la realidad universitaria, hasta el punto de afirmar, por ejemplo (como se lee en el librito-epistolario con Marcuse) que la universidad es “el hogar de la libertad”. Desde luego que la universidad es una de las zonas sobrestructurales de dialéctica más animada e imprevisible. Pero para comprobar que el optimismo de Perroux no refleja la práctica contemporánea no es necesario siquiera indicar la frecuencia con que las fuerzas represivas de los estados practican hoy la ocupación militar de las universidades, sino que basta con recordar cómo se sometió y sirvió al nazismo la más clásica universidad del occidente moderno. O lo fácil que fue, a partir de 1939, convertir la universidad española en un aparato de represión ideológica mediante las “oposiciones patrióticas” a que se ha referido Aranguren. Las vicisitudes personales de los numerosos universitarios españoles que emigraron tras la victoria del fascismo y los esfuerzos de unos pocos desde entonces no son “glorias de la universidad”, sino modestos elementos de la resistencia del pueblo español.

En realidad, los académicos liberales satisfechos, como Perroux son, aunque no pocos, sí minoritarios. Los más hablan de la universidad de un modo crítico o melancólico, o crítico y melancólico a la vez. El elemento más frecuente de la actitud académica liberal es hoy la crítica de la “multiversidad”, de la fragmentación de la universidad clásica. Esta crítica empezó en Norteamérica (y precisamente en boca de un antiguo rector o presidente, Clark Kerr) porque el fenómeno mismo de la “multiversidad” se desarrolló allí antes que en ninguna otra parte y de un modo muy característico, a causa de la influencia de necesidades o conveniencias mercantiles en la organización de la universidad, que ha llegado a hacer de ésta lo que se ha llamado “la gran empresa académica”.

UNIVERSIDAD, HEGEMONÍA Y DIVISIÓN DEL TRABAJO

La actitud liberal contiene siempre y explícitamente una aspiración a componer la fragmentada vida moral de los individuos de la sociedad capitalista. En eso estriba, como queda dicho, su superioridad sobre el reformismo tecnocrático. Pero, como también se ha indicado, la aspiración liberal es ambigua, porque la misma fragmentación o descomposición de la vida moral en el capitalismo, la “falta de cobijo” a que justificadamente se refieren los escritores medievalizantes, es un fenómeno bifronte: no hay que olvidar que la desorganización de la vida moral en el capitalismo es el reverso de la rotura de la orgánica servidumbre feudal, ni que con la destrucción de ésta se universalizó la idea de libertad. Por eso el intento explícito liberal de recomponer la vida moral de los individuos puede muy bien degenerar en un esfuerzo implícito por recomponer la organicidad, la integración social, sin plantearse el problema básico de la previa subversión de los órdenes jerárquicos de dominio que hasta ahora, por tratarse de sociedades de clase, son los elementos activos inevitables de toda organización social. Así la búsqueda anticapitalista de la recomposición o reintegración de la vida moral puede desembocar en una legitimación implícita -explícita en el anticapitalismo reaccionario- de la autoridad social organizadora o “vertebradora”. Y cómo ésta, en ausencia de revolución socialista, no puede ser hoy -cualesquiera que sean las ilusiones de los autores- sino una autoridad capitalista, el resultado final de esa línea de pensamiento y de acción es el robustecimiento del poder de la gran burguesía, beneficiada ahora por la represión autoritaria y militar de las manifestaciones de descomposición y fragmentación de la sociedad capitalista, por la “superación del parlamentarismo” o por la superación de la “democracia inorgánica”. El resultado de la crítica medievalizante, irracionalista, del capitalismo es la ideología fascista.

Ortega llega por este camino al tema de la hegemonía: es necesario, para reorganizar una sociedad de clases en fragmentación, que una capa de individuos -”muchos individuos”- se mantengan en tensa integración interior y, segura de sí misma, dicte al resto de la población valores y creencias concordes con las dominantes sociopolíticas de la base social. “La sociedad -escribe Ortega- necesita buenos profesionales -jueces, médicos, ingenieros- y por eso está ahí la universidad con su enseñanza profesional. Pero necesita antes que eso y más que eso asegurar la capacidad de otro género de profesión: la de mandar. En toda sociedad manda alguien -grupo o clase, pocos o muchos-. Y por mandar no entiendo tanto el ejercicio jurídico de una autoridad como la presión e influjo difusos sobre el cuerpo social (...)” La universidad es una institución que produce y organiza hegemonía, acertadamente distinguida del dominio político-estatal propiamente dicho. El desarrollo de Ortega desemboca así en una verdad elemental e importante que, si llevara otra firma, escandalizaría a más de un entusiasta suyo.

En la realidad universitaria anterior a la II guerra mundial y en el pensamiento de lo grandes autores liberales -por ejemplo, en el de Ortega, aquí tomado como modelo- la universidad tiene una división interna del trabajo que da complejidad y extensión a su posición en el cuadro más amplio de la división técnica y social del trabajo en la sociedad. La transmisión o “producción” de cultura es la función hegemónica inmediata: trabajo de los académicos más teorizadores, más especulativos o más propagandistas. La enseñanza de las profesiones (salvo por lo que hace a las claramente parasitarias) es trabajo mediatamente productivo y también mediatamente organizador de hegemonía a través de la función representativa y estabilizadora de los profesionales. Por último, la producción de ideas científicas, la investigación, es un trabajo realmente distinto, en la sociedad moderna, de un modo antes desconocido: como fuerza productiva que ella misma es, la ciencia es fundamento necesario de las profesiones no parasitarias. Y por el prestigio que ha adquirido ya desde siglos, la ciencia es imprescindible, aunque sea falseada, para construir cualquier hegemonía. Los médicos falsamente investigadores de los campos de concentración nazis son una documentación macabra y elocuente de este hecho.

LA SUPERACIÓN DE LA INSTITUCIÓN UNIVERSITARIA COMO FACTOR DE LA DIVISIÓN CLASISTA DEL TRABAJO

Pero al principio estuvo y está la acción. Tanto para llegar directamente, donde ello sea posible, a una organización de la enseñanza, del investigar y de las profesiones que rompa con la contaminación ideológica hegemonizadora del hombre y eternizadora de una división del trabajo ya innecesaria, cuanto para acelerar, donde eso sea lo históricamente viable, el proceso de autodisolución de la tradición clasista mediante el poder de los trabajadores, lo primero es plantear acertadamente la fase previa: luchar contra la yugulación del empuje de los pueblos hacia el conocimiento -posibilitado por la producción moderna- y contra los intentos de esterilizarlo mediante la estratificación aparentemente técnica, pero en realidad inteligentemente clasista, que intentan implantar las reformas universitarias de todos los países del capitalismo más o menos avanzado, incluido el nuestro. Los pueblos tienen que seguir llegando, acrecentadamente, a la educación superior, y tiene que impedir que los fraccionen jerárquicamente en ella. Por esa vía seguirá agudizándose la contradicción entre las presentes relaciones de producción y las fuerzas productivas ya en obra. El movimiento estudiantil tiene, seguramente, muchos otros campos de acción. Pero para que las demás luchas den resultados importantes es esencial que se muevan sobre aquella contradicción de fondo.

Publicado en el Nº 320 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2018

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