El último inconformista

Jack el Decorador 17/01/2019

Existe una generación de cineastas, o una estirpe si se prefiere, que es diferente a todas las demás. Una generación afectada por la enfermedad del cine, presa de una fiebre o un delirio hecho de primeros planos y planos generales, de guiones arriesgados y de músicas épicas, de actores eternos y de escenas inolvidables impecablemente fotografiadas. Una generación de inconformistas que entendían el cine de una forma casi religiosa, litúrgica, definitiva.

Se la jugaban a una sola carta, a vida o muerte, y sacrificaban todo por un primer plano, por contar una historia de la forma más adecuada, por arder en el territorio del riesgo y la innovación.

Bernardo Bertolucci era uno de ellos, quizá de los últimos o el último.

Su cine es tan inabarcable como desigual. Arriesgado, brutal, mordaz, radical, comprometido, vivo.

Cine en mayúsculas.

A medio camino entre el neorrealismo italiano, la Nouvelle vague francesa y el sistema clásico de estudios.

Un genio de obra tan desigual como solo pueden tener los verdaderos genios.
Bertolucci nos dejó el pasado 26 de noviembre y con él expiró una forma de ver el cine en peligro de extinción.

Sus personajes solían transitar peripecias vitales atormentadas, llenas de claroscuros y marcadas por el fantasma del fascismo como una sombra que asfixiaba al ser humano a través de una moral llena de fobias y catolicismo. Seres humanos con aristas y complejidades, completamente alejados de la simpleza que corroe por norma general el cine actual. Sus narraciones eran crueles y tiernas, no escondían nada. Asimilaban lo mejor de la tradición marxista y de la estética europea de una generación irrepetible: Antonioni, Erice, Godard, Angelopulos, Pasolini, Leone, e incluso los anteriores Dreyer, Bergman, Hitchcock, Buñuel y Felini. Todos ellos irremisiblemente enfermos de cine.

A todo esto, el italiano sumaba una puesta en escena inimitable e intransferible, un manejo de la cámara y de sus límites narrativos difícilmente igualable. Su comunión con otro gigante del cine, el director de fotografía Vittorio Storaro, llenó el celuloide y nuestra memoria de inolvidables travelling como aquel que acompañaba el vuelo de las hojas secas del otoño en El conformista. O como la escena del descubrimiento de la gran bandera roja, construida por la simbiosis de cientos de pequeñas banderas, y zurcida en la clandestinidad por las manos comunistas de las campesinas de Novecento.

Y de fondo, casi siempre la música de Ennio Morricone, otro grande.

Los últimos años de Bertolucci estuvieron marcados por la polémica generada por la famosa escena de la mantequilla en El último tango en París. No avivaré desde estas líneas la llama. Los artistas deben ser juzgados y recordados por su obra y por el contenido militante y estético de la misma. Y yo, qué quieren que les diga, no puedo más que lamentar la muerte de un genio. Con la tristeza de perder una voz diferente en un panorama repleto de mediocridad y santurronería. Con la gratitud de haberme sentido depositario del regalo de una filmografía que me ha hecho más crítico, más reflexivo y mucho mejor persona. Otra liga. Otro mundo.

A los comunistas nos suele apasionar Novecento, a los académicos El último emperador pero, a juicio de este decorador, no son sus trabajos más redondos.

Revisen en especial La luna, El último tango en París, Asediada y, sobre todo, El conformista, uno de los mayores cantos al cine que se han facturado en la historia del séptimo arte.

Es una pena despedirse de un talento como el de Bertolucci, pero siempre nos quedarán París y sus películas. Descanse en paz el último emperador del cine, el último inconformista. Gracias por tantas cosas, maestro.

Publicado en el Nº 320 de la edición impresa de Mundo Obrero dic 2018 - ene 2019

En esta sección

Socialismo made in USAImaginarioBricoleur lorquiano en el RomeaMonolito en memoria de la revolución espartaquista'Estado de sitio', por desgracia un texto actual

Del autor/a

El último inconformistaTodos lo saben