40 años después, la juventud apuesta por la República ¿Por qué nos han dicho siempre que la Constitución “mejor no tocarla” y luego en una semana PP y PSOE decidieron vía artículo 135 que priorizaban el pago de la deuda?

Xavier García Fernández. Secretario General UJCE 20/12/2018

Este 6 de diciembre no asistimos a un aniversario ordinario de la Constitución. Y no (solo) porque se celebre una cifra redonda como son los 40 años, sino porque se produce en un momento en el que la monarquía está siendo más cuestionada que nunca y en el que la crisis de régimen, la crisis de la legitimidad del bloque dominante, continúa abierta.

La Constitución de 1978 ya no representa a los jóvenes. Y esto por dos motivos. El primero estrictamente etario: quienes nacieron después de 1957 no han podido votar la Constitución. Es decir, no solo los jóvenes, sino ¡quien tiene actualmente menos de 61 años! Y quienes sí pudieron votar se les hurtó el derecho a elegir la forma del Estado. De este modo la elección era entre susto (monarquía parlamentaria) o muerte (retorno a la dictadura). Cuarenta años parece un tiempo más que suficiente para revertir esta excepcionalidad.

Pero al margen de cuestiones de índole democrática, que no son menores, esta Constitución ya no nos sirve en la defensa de nuestros derechos más básicos. Las Constituciones son reflejo de la correlación de fuerzas que existe en el seno de la lucha de clases en un momento determinado. Una muestra de ello es la Constitución portuguesa del 76, que al calor de la “Revolução dos Cravos” promulgaba la transición al Socialismo y de una sociedad sin clases. En España el empuje del movimiento obrero y de la oposición antifranquista tuvo su reflejo en aspectos positivos de la Carta Magna. Pero también es cierto que lo determinante es qué clase controla el Estado, quién realmente tiene el poder. Eso explica por qué en Portugal no hay Socialismo y por qué en España la Constitución dice que tenemos derecho a un trabajo digno y a una vivienda, pero no hay ningún mecanismo público que haga efectivos estos derechos. Porque ¿de qué nos sirve el artículo 47 si el 80% de los y las jóvenes menores de 30 años no ha podido emanciparse? ¿Por qué nos han dicho siempre que la Constitución “mejor no tocarla” y luego en una semana PP y PSOE decidieron vía artículo 135 que priorizaban el pago de la deuda que asegurar los servicios públicos? Eso sí, los aspectos más regresivos como el artículo 155 se despliegan en todo su esplendor cuando se ha hecho un cuestionamiento del actual sistema de autonomías.

Es esta falta de garantía de los derechos más básicos lo que ha propiciado y sigue generando una gran desafección hacia la política; lo que de forma más o menos directa o consciente, sigue siendo una impugnación del régimen surgido de la Transición. La crisis económica que ha aumentado desigualdades unida a los centenares de casos de corrupción que han afectado a los principales partidos (y empresas) del país no ha hecho más que acrecentar este descontento. El 15M, de manera un tanto ingenua, como cualquier movimiento espontáneo, evidenció estas contradicciones. Las últimas Huelgas Generales, las mareas sectoriales y las Marchas de la dignidad fueron importantes golpes al Régimen, entendido este como bloque dominante surgido tras la Transición, pero no supusieron ni mucho menos su caída.

En definitiva, ante el descrédito de las instituciones y la situación de vulnerabilidad de las clases populares, nuestra apuesta republicana no puede ceñirse únicamente al ámbito de la democracia, como es la capacidad de elegir la Jefatura de Estado. En cambio, nuestra propuesta alternativa de país tiene que ver con una ruptura con el país de las élites y la corrupción para construir de forma plural el país de los y las trabajadores y del pueblo. Un país en forma de República que dé solución a los graves problemas que padece la juventud: que apueste por un trabajo estable y con derechos, reindustrializando el país, frente a un modelo de turismo y precariedad. Que ponga todas las viviendas vacías y en manos de los bancos al servicio de quien las necesita. Que cree oportunidades para todos los y las jóvenes que tuvieron que emigrar. Que convierta la educación en un verdadero derecho al servicio de toda la sociedad y no de unos pocos que puedan pagarla. Que lucha de manera decidida contra el machismo en todas sus formas. Que aborde los graves problemas medioambientales no desde las medidas cosméticas y el marketing político sino de manera racional en interés del pueblo trabajador y las futuras generaciones. Que no tenga miedo en rescatar al sector público los sectores estratégicos para poder hacer efectivos estos derechos.

Pero ese nuevo país que tanto necesitamos no caerá del cielo. Tampoco nos la traerán líderes-mesías por mucho que pongamos una papeleta en una urna cada 4 años y el resto del tiempo no nos movamos del sofá. Vendrá si somos capaces de convertir la rabia e indignación que todavía está latente, en organización. En solidaridad entre los trabajadores y las trabajadoras, independientemente de su origen nacional. En movilización. En asedio a un Régimen que no tiene ya nada que ofrecernos. Y si sus instituciones (desde la Monarquía al Poder Judicial) están perdiendo crédito, no podemos más que alegrarnos y seguir empujando hasta derribar el muro que representa el Régimen del 78.

De lo contrario solo cabría pensar que este país no tiene remedio, que el ser humano es egoísta por naturaleza y que es imposible vencer a los poderosos. Pero ese pensamiento tan pesimista y tan poco dialéctico no puede tener cabida en la cabeza de un joven, menos aún de un joven comunista. Porque como decía el Che: si el presente es de lucha, el futuro es nuestro. Y en nuestro país el futuro tiene forma de Tercera República.

Publicado en el Nº 322 de la edición impresa de Mundo Obrero dic 2018 - ene 2019

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