La victoria de Bolsonaro en Brasil No es suficiente con ofrecer mejoras sociales si no se lleva a cabo una buena actividad de organización y formación política-ideológica de las clases medias y populares.

Rosa Cañadell. Comité de Apoyo al MST en Barcelona. 28/12/2018

“Salimos de este proceso aglutinados, con capacidad y fuerza organizada para resistir a la pretendida ofensiva fascista”, afirma Joao Pedro Stédile, líder del MST (Movimiento de los sin Tierra), el mayor movimiento social en Brasil que lleva más de 30 años luchando por la tierra y la Reforma Agraria. En una entrevista a Radio Brasil de Fato poco después de la victoria de Jair Bolsonaro (PSL), Stedile subrayó que a pesar de la derrota electoral, la victoria política es del campo progresista, que ha creado una fuerte unidad en las últimas semanas.

La victoria de Bolsonaro no fue total: arrasó en las ciudades, en los lugares más ricos y de mayoría blanca; obtuvo hasta el 75% de los votos en municipios de rentas medias o relativamente altas, pero no alcanzó ni el 25% en muchas localidades pobres, que se mantuvieron fieles al candidato del PT, Fernando Haddad. Si bien las urnas han dado legitimidad a Bolsonaro, ello no significa que tuviera el apoyo de la mayoría. Hubo una abstención de 31 millones y 45 millones votaron a Haddad, lo que significa que 76 millones no votaron a Bolsonaro.

Mucho se ha comentado sobre este nuevo auge de la extrema derecha (fascista) que, después de un largo período de cierta calma y grandes avances sociales con el PT en el gobierno, se ha implantado en Brasil con un discurso racista, machista y autoritario. La victoria de Bolsonaro representa una ruptura política y atenta contra el sistema democrático: un presidente defensor de la tortura, que atiza el odio xenófobo, racista y homofóbico, que defiende la deforestación de la Amazonia, el agronegocio y el armamentismo. Un Presidente que amenaza con considerar a los movimientos sociales como organizaciones terroristas y a criminalizar a sus activistas como tales.

Tres son los grandes grupos que han dado apoyo a Bolsonaro: los grandes latifundistas y las empresas del agronegocio, los militares y policías defensores de la violencia represiva del Estado y los legisladores evangélicos que luchan contra el aborto legal, la igualdad de género, el matrimonio homosexual y exigen la formación religiosa en las escuelas. Todo ello en un país que vive una gran crisis económica desde 2012 con un aumento de los problemas sociales, económicos y ambientales, y después de un golpe de Estado que echó a la legítima presidenta Dilma Rousseff y encarceló ilegalmente al candidato que tenía la mayoría en intención de voto, Lula.

De todo ello, ¿qué podemos aprender desde la izquierda? Dos reflexiones.
Primera: nunca hay que menospreciar el peligro del fascismo. En momentos de crisis, el capitalismo no duda en poner en marcha su cara más sórdida y azuzar el odio y la represión, poniendo en jaque a la misma democracia. Como dice P. Gentili: “el fascismo comienza a ganar su batalla cuando suponemos que la democracia se defiende a sí misma y que el cuestionamiento de su legitimidad está fuera del universo de opciones políticas de las élites, de las clases medias y de los sectores populares".

Ni tampoco hay que subestimar el poder de las nuevas redes sociales. Bolsonaro ganó con una campaña orquestada por la mano siniestra de Steve Bannon, el ultrarreaccionario asesor de la campaña de Donald Trump y la inestimable ayuda de las redes sociales: millones de grupos de Whatsapp y mentiras repetidas sobre el latrocinio y la corrupción de Lula y del candidato de izquierda que lo substituía. Muchas personas fueron engañadas por las mentiras de la campaña de Bolsonaro en el Whatsapp, y esto hay que tenerlo en cuenta y poner mucha atención.
Segunda reflexión: hay que recordar que no es suficiente con ofrecer unas pocas mejoras sociales si no se lleva a cabo una buena actividad de organización y formación política-ideológica de las clases medias y populares. La propaganda fascista sólo se combate con debate y formación para que las personas tengan suficiente conocimiento y discernimiento para juzgar por sí mismas y no caer en las trampas de la propaganda de sus peores enemigos.

El abandono de la organización y formación de las clases populares y clases medias por parte del PT, explicaría por qué, a pesar de que sacaron a millones de brasileños de la pobreza extrema (sólo con el programa Bolsa Familia mejoraron su situación más de cuarenta millones), no pudo ganar las elecciones.
De hecho, esto es lo que ha pasado también con Trump en los EEUU, y con los gobiernos derechistas que cada día van ganando terreno en nuestra Europa. Y es que la historia ya nos enseñó que, en momentos de crisis, el fascismo se hace un hueco muy fácilmente si no hay una izquierda potente y una población concienciada.

Pero no todo está perdido. Bolsonaro asume el poder con un país altamente polarizado y ello es un terreno propicio para soluciones de fuerza, pero también para la irrupción de los movimientos populares. En ello están el MST y el MTS. Ya durante la campaña electoral consiguieron una movilización espectacular y una unidad de acción de los movimientos populares (500 mil mujeres dijeron “Fascismo no” en las calles) y con ello salieron con capacidad y fuerza para resistir. Y este es el mensaje de futuro de Brasil Frente Popular y de Brasil Sin Miedo: “Continuar juntos y cohesionados en torno a la democracia, la soberanía nacional y los derechos. La elección terminó, pero la lucha está apenas comenzando”.

Publicado en el Nº 321 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2018

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