Sindicalismo y mujerDos generaciones de sindicalistas hablan del papel de la mujer en el sindicato Hoy en CCOO se afilian más mujeres que hombres porque sienten la necesidad de organizarse.

Gema Delgado 27/02/2019

Nos reunimos con dos comunistas militantes de CCOO para hablar de la participación de la mujer en el movimiento obrero organizado. Una es delegada de empresa en una compañía de call centre. Tiene 28 años, 10 de ellos en el sindicato, y el ímpetu, vitalismo y vocación de estar ahí para cambiar las cosas. Se llama Patricia San Arturo y su relación con CCOO comenzó desde casa: es hija de afiliados. La otra es una histórica e incombustible militante, activista, cuadro del ala roja y crítica del sindicato, del PCE, de Izquierda Unida. Es Susana López. Distintas generaciones unidas en el camino del feminismo, el sindicalismo, la lucha de clases. Patricia avanza con la bravía de la juventud que quiere cambiar el mundo. “Claro que el sindicato es feminista”. Susana lo hace desde la perspectiva de una marinera que ha cruzado muchos mares, ha peleado por salvar el barco y la tripulación en muchas tempestades y se ha enfrentado a muchas naves piratas. Une a los largos años de navegación, una exquisita capacidad de análisis cáustico con la que fulmina nimiedades y disquisiciones para centra la luz en la raíz del problema. Todo sin perder la sonrisa y el brillo en los ojos. “¿Que el sindicato es feminista? Ahora parece obligado que toda organización progresista se declare feminista, todo el mundo está por la paridad, por la igualdad, etc. Pues bien, habrá que hacer la prueba del algodón…” dice con sorna. “Hay mucho postureo en las organizaciones, donde el machismo y la jerarquía patriarcal perviven. Pero además, por ejemplo, en el tema de listas tenemos a veces, aunque cada vez menos, problemas con las propias mujeres. Nacer mujer no significa ser feminista, de la misma forma que ser de extracción obrera no significa de manera automática tener conciencia de clase. El feminismo es una ideología y todavía hay una misoginia instalada en las propias mujeres, por un lastre cultural que arrastramos de agárrate y no te menees. Sería un error pensar que el problema está sólo en el machismo de los hombres”. Susana y Patricia coinciden en que la clave no está tanto en el llamado “empoderamiento” sino en la batalla cultural e ideológica contra ese lastre.

Cuentan que aunque ahora el sindicato pone el acento en su ser feminista “hay sectores, incluso muy feminizados, donde las mujeres no pintamos mucho a la hora de las decisiones”. Otro error es el tabú impuesto sobre ciertos temas conflictivos, como puede ser el abordaje de nuevas formas de explotación de las mujeres a niveles industriales, como puede ser la mercantilización de nuestros cuerpos: la prostitución, los vientres de alquiler o la pornografía. El sindicato da una de cal y otra de arena, dicen. Y lo peor es que eso mismo ocurre en las organizaciones políticas de la izquierda. En unos casos de manera soterrada y en otros con posiciones enfrentadas abiertamente entre abolicionismo y reglamentarismo. Y no digamos en los nuevos movimientos feministas que van emergiendo.

En Comisiones no hay listas paritarias, continúan. Estamos en el 60-40, y siempre ligado al peso de cada sexo en la afiliación de cada sector o territorio. Pero luego nos encontramos con que hay juegos malabares en la colocación de las mujeres en las listas. O que en los actos se incluya a mujeres que no hablan pero que son necesarias para que quede bien la foto. Aún así, consideran que se están dando pasos muy importantes. Los hombres están acostumbrados al poder y a tirar para adelante con la convicción de que son los mejores, de manera que cuando planteas un nombre de mujer en una lista importante dicen: “Bueno, habrá que ver si tiene capacidad” Susana cuenta que un día les respondió: “¿Os digo lo que yo pienso de las capacidades que tenéis vosotros?” Pero el problema que a veces tenemos en los sindicatos y en los partidos es que las mujeres rehuyen presentarse. Igual que a los hombres les educan para la competir, para ser el macho alfa, muchas mujeres dicen que no quieren entrar en competiciones y enfrentamientos. Nos han fomentado una sensibilidad, que es positiva, pero no cuando llega al punto del “no, porque él puede hacerlo mejor que yo”, etc.. Por ejemplo, y hablando de memoria, dicen que de cuatro de los sectores más feminizados del sindicato sólo uno está dirigido por una mujer.

Pero las cosas cambian. Patricia y Susana subrayan con gran satisfacción la importancia que tiene el hecho de que hoy las mujeres se estén afiliando al sindicato en mayor proporción que los hombres, a pesar de estar por debajo en niveles de ocupación en el mercado laboral. Esto es un avance tremendo, no porque todas estas mujeres vayan a ser feministas y defiendan ideológicamente el feminismo. Es importante porque sí te da una idea bastante fuerte de cómo las mujeres se están concienciando sobre la necesidad de estar organizadas. En CCOO, a nivel confederal estamos rondando el 45% de la afiliación; y en Madrid alcanzamos el 47,5%. Es un dato muy positivo. “Estamos empezando a organizarnos y sentimos la necesidad de que, aunque tengamos un trabajo muy precario, tenemos que afiliarnos porque el día de mañana probablemente necesitaremos alguien que nos asesore, que nos apoye, que nos escuche, para avanzar en nuestras reivindicaciones” cuenta Patricia. “Las mujeres están viendo la importancia de estar en los comités porque luego es en su fábrica, en su centro de trabajo, donde tienes que negociar tus condiciones y seguir avanzando”.

Mucho camino en poco tiempo

Las mujeres han tenido que recorrer mucho camino en poco tiempo. Susana comienza explicando por qué la mujer llegó tarde y con desventaja al sindicalismo, y cómo le costó conquistar espacios: en el acceso al mundo laboral, dentro de las empresas y en el sindicato; por ende, en su papel en la sociedad. Patricia va incorporando hilos y juntas tejen esta historia.

El sistema patriarcal, en connivencia con el capitalismo, en una alianza perfectamente organizada, nos asignaron un papel en la división sexual del trabajo. El hombre está para trabajar en el sistema productivo, alimentar a la prole y ejercer de pater familia, y las mujeres estamos para reproducir, criar y cuidar la mano de obra necesaria para el desarrollo de los sistemas productivos. Nos lo vienen marcando a lo largo de la historia.

En España, la dictadura llevó esto a la radicalidad extrema. Algunas, recuerda Susana, tuvimos que vivir los rigores de la Sección Femenina, en la que nos decían que la mujer tenía que ser sumisa, estar a disposición del marido, ponerle las zapatillas, la comida, y ser agradables y atractivas. Las mujeres que estábamos en el mercado laboral, cuando te casabas tenías que abandonarlo obligatoriamente, para dedicarte en exclusive “a la familia”; pasabas a ser “ama de casa”, sin sueldo ni cotizaciones a la Seguridad Social, lo que ha tenido unas consecuencias demoledoras, para esas generaciones, en su acceso a los sistemas de protección social.

Pero, llegado un momento, el capitalismo necesitó que la mujer se incorporara al mundo del trabajo para cubrir las necesidades de los sistemas productivos. Entonces, el capitalismo le dice al patriarcado, “señores, está muy bien lo de la mujer en casa y con la pata quebrada, pero necesitamos mano de obra”. Y los dos se ponen de acuerdo: hagamos una especie de arreglo para que nunca sean independientes; van a cumplir un papel secundario en el mercado de trabajo, los empleos de más bajo nivel, los salarios más bajos… Es decir, seguirán siendo dependientes.

A partir de los años 70 se necesita y se produce esa incorporación masiva de las mujeres al sistema productivo, pero claro, vamos con un enorme retraso respecto a los hombres que venían trabajando en la industria o en el campo y se habían ido organizando, habían creado los sindicatos en la clandestinidad, consolidados después en el sistema democrático, y ahí las mujeres, una vez más, hemos ido rezagadas.

Una de las razones por las que la mano de obra de las mujeres era muy atractiva para el capitalismo es justamente nuestra falta de cultura de organización. Las mujeres venían de trabajar en la casa o en el campo y era una mano de obra más fácilmente adaptable a los nuevos tipos de contratación “a la carta” que se querían imponer con las reformas normativas de 1984 y 1994 (ambas del PSOE), incluido el contrato a tiempo parcial, la introducción de las ETTs, etc.

Las mujeres, por lo tanto, además de entrar con mucho retraso en el mundo laboral, en comparación con otros países de nuestro entorno y con democracias asentadas, hemos tenido que aprender mucho y luchar por la conquista de nuestros derechos. Y tuvimos que hacerlo, no solo contra los ataques de los gobiernos para imponer un mercado de trabajo precario y desregulado, sino con los propios compañeros. En mi fábrica, dice Susana, que era de la industria farmacéutica, la mano de obra era mayoritariamente femenina, pero el convenio contemplaba dos categorías con dos salarios diferentes: una para las mujeres, con salarios más bajos, y otra para los hombres, pese a que en las cadenas de producción las unas estaban codo con codo con los otros, hacienda el mismo trabajo. Fue una batalla en la que hubo que intentar hacer entender a los compañeros que la lucha no era contra ellos. Que ambos éramos meros instrumentos en manos del sistema. Pero había situaciones tensas porque en la negociación se conseguían muchas cosas pero siempre se quedaban atrás los temas que nos afectaban a las mujeres. Los hombres de mi fábrica y de todas las que nos pateábamos, eran gente de izquierda, en muchos casos del partido, pero estaban lastrados y manipulados, consideraban que eran ellos los que obligatoriamente tenían que llevar el dinero a casa y que nuestro salario era un mero complemento.

Desde la clandestinidad, ya empezamos a tomar conciencia; las CCOO se ampliaron a todo el espectro de mujeres. Había una participación inmensa, con muchas chicas jóvenes, porque entendían la necesidad de estar organizadas. Y eran muy activas. Una lección que aprendimos es que allí donde había una mujer en un puesto de dirección, funcionaba de imán y atracción para otras mujeres. Algo que, aún hoy, no se acaba de entender, o no se quiere entender en el momento de competir por espacios de poder.

Susana recuerda cuando se debatió sobre poner guarderías en las grandes empresas donde el personal era mayoritariamente femenino. Algunas decían que eso era fantástico. Ella se opuso: ¿por qué tenía que ser una responsabilidad de la mujer? ¿no entendéis que eso además supone un chantaje a la hora de que puedas defender tus intereses en la empresa? Porque perder el empleo ya no sería sólo el perder el empleo, es que además se perdía la posibilidad de trabajar porque no sabías que ibas a hacer con la criatura. Eso era un gran chantaje a la mujer. Ahí era donde, por ejemplo, el feminismo iba avanzando, ideologizando. Nosotras defendíamos las guarderías públicas y en los barrios, donde hombres, mujeres pudieran llevar a las niñas y niños, y que no estuvieran ligadas al empleo. Entonces la defensa de lo público tenía mucho peso y el carácter socio-político de los sindicatos era muy potente.

En aquella etapa, el movimiento feminista tenía una gran fortaleza, aunque ahora parece que el feminismo empezó antes de ayer. Y esto ha tenido una importancia enorme en la ideologización y el combate contra la cultura patriarcal. A partir de ahí ha habido un asentamiento de la función de las mujeres en la organización social.

Aún así, como estamos viendo, queda mucho por andar y por luchar hasta conseguir la igualdad plena de mujeres y hombres.

Publicado en el Nº 324 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2019

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