Feminismo ¿baluarte contra el fascismo? Lo que está en el debate es el acceso y el uso del cuerpo de las mujeres en el sistema capitalista.

Paula Garvín 05/03/2019

Lo primero que habría que preguntarse es si por enésima vez a lo largo de la historia se nos está pidiendo a las mujeres, al movimiento feminista, que salgamos a solucionar los problemas que la izquierda clásica tiene serias dificultades para resolver.

Y me pregunto ¿Qué es un baluarte? Según la RAE tiene dos acepciones:

Obra de fortificación que sobresale en el encuentro de dos cortinas o lienzos de muralla, utilizado como plataforma de artillería obligaba al asaltante a situar sus baterías más lejos de los muros, disminuyendo de esta manera su efectividad. La otra acepción dice que baluarte también puede usarse en sentido simbólico para referirse a aquel o aquello que brinda protección o amparo, o que se convierte en el símbolo de algo.

Existen dos cuestiones objetivas. En las manifestaciones de los últimos años ha habido una consigna coreada por las feministas que resume y señala al enemigo principal: PATRIARCADO Y CAPITAL: ALIANZA CRIMINAL, una consigna que es heredera de Carole Pateman y su tesis sobre el “contrato sexual” en la que señala que lo que está en el debate es el acceso y el uso del cuerpo de las mujeres en el sistema capitalista.

La segunda cuestión es que los movimientos fascistas, neo-fascistas o de ultraderecha son los perros guardianes de esa alianza criminal, dispuestos a aplicar en cuanto se les ordene o consideren necesario la disciplina patriarcal.

Partiendo de esas cuestiones podríamos plantearnos que puede ser considerado el feminismo como baluarte en la segunda acepción que le da la RAE, como el símbolo de algo, ya que evidencia que cuando las mujeres se lanzan a la calle a reivindicar la propiedad sobre su cuerpo, ya sea con el aborto, contra la violencia doméstica, contra las violaciones callejeras, contra la justicia patriarcal... la alianza criminal saca a sus perros en manada para imponer la disciplina patriarcal.

Dice Mark Brey en su reciente libro sobre el antifascismo que “sin un análisis feminista del poder y la violencia no puede haber un verdadero antifascismo” lo cual se le agradece, pero ¿no estará con ello intentando poner al feminismo con la primera acepción del baluarte es decir poniendo el cuerpo de las mujeres en los vértices de la muralla para obligar al asaltante a alejarse y disminuir la efectividad de los ataques?

Estado y feminismo

Bien, veamos lo que dice Catharine MacKinnon en su libro “Hacia una teoría feminista del Estado”: “El Estado Liberal constituye con coacción y autoridad el orden social a favor de los hombres como género, legitimando normas, formas, la relación con la sociedad y sus políticas básicas. Las normas formales del Estado recapitulan el punto de vista masculino en el nivel de designio”. El Estado resulta, así, la expresión más acabada de ese concierto de violencias generalizadas.

Esto lleva a preguntarse, una vez más, ¿qué es el Estado? Si es la arena en la que se articulan demandas, entonces marchar para demandar “ni una menos”, tiene sentido y la voluntad ciudadana, de alguna forma, está allí para construir el Estado de la que no debe considerarse escindida. La conquista de leyes más inclusivas es un punto de llegada para las feministas que, asimismo, sirve de nuevo punto de partida. Si el Estado es un actor que se define por su punto de vista masculino y la masculinidad se define, a su vez, por la violencia que puede ejercer sobre el cuerpo de las mujeres, entonces, no hay opción y la única respuesta posible es la destrucción del Estado.

¿Existe algo distinto a esta dicotomía entre la reforma y la revolución? No poder salir de este binarismo conceptual-político ¿significa que estamos colonizadas por aquello mismo que queremos cambiar/destruir? ¿Son estas estrategias de acción nuestras o patriarcales? ¿Cómo nos adelantamos a las actualizaciones del Estado patriarcal? ¿Será que cada logro que vivimos como conquista es en realidad un nuevo espejismo que nos oculta la violencia inmodificable?

Si, como dice MacKinnon, las mujeres “no queremos poder defendernos a nosotras mismas” y “también queremos no tener que hacerlo cada minuto de cada día”. Si exigir normas de regulación para luego exigir su cumplimiento efectivo se ha convertido en una práctica extendida de la lucha del feminismo, ¿será posible que planteemos instancias alternativas para generar nuevas experiencias de socialización y educación creativas y generadoras de nuevas prácticas?

Estas preguntas precisan de una respuesta global de la izquierda, pienso que no nos importa ser un baluarte en su segunda acepción porque somos conscientes de que el fascismo es una política emocional, una especie de indignación visceral y no una política de razón. A los símbolos hay que responder con símbolos, frente a la manada de perros guardianes y señores a caballo; del hecho diario de las mujeres asesinadas, violadas, prisioneras en las redes de trata o ninguneadas; están las activistas de FEMEN desnudándose ante los perros guardianes del capitalismo, las manifestaciones frente a la justicia patriarcal o las procesiones del Coño Insumiso en el 1 de Mayo frente a la brecha salarial.

Pero no queremos responder a la primera porque hemos oído muchas veces “ya hablaremos de lo vuestro cuando hagamos la revolución, cuando terminemos con la propiedad privada”,… nunca era el tiempo para cambiar las formas de Estado que se apoyan en la subordinación.

Hoy ante la convocatoria de la Huelga Feminista del 8M y ante el avance de la ultraderecha, creo sinceramente que hay muchas mujeres jóvenes y maduras que están dando esa respuesta. Mujeres que están dispuestas a volver a poner su cuerpo y su inteligencia al servicio de la lucha por los derechos conquistados. Gritamos: “Ni un paso atrás”. Pero QUEREMOS SER LIBRES, NO VALIENTES.

Publicado en el Nº 324 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2019

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