Ecologista, feminista, miembro de Ecologistas en AcciónYayo Herrero: "No se puede hablar de ecologismo ni de feminismo sin hablar de lucha de clases" “El ecofeminismo con el que me siento cómoda es el que analiza cómo el capitalismo es ecocida, patriarcal, racista e injusto”

Gema Delgado 05/03/2019

Yayo Herrero es una de las principales referentes de la ecología, el feminismo y los derechos humanos. Une a su formación de antropóloga social y educadora social, la de ingeniera técnica agrícola, y lo decanta todo en un discurso pedagógico y constructivo que desgrana en sus clases en la UNED, en cursos, conferencias y en una extensa conversación con Mundo Obrero que ha quedado sintetizada en dos páginas pero que podría tener vocación de manual de urgencia para conocer mejor el sistema de interdependencias y interrelaciones en el que vivimos y que necesita un cambio radical que acabe con el capitalismo caníbal que explota a las mujeres y esquilma pueblos y países y destruye este planeta que nos mantiene. Durante mucho tiempo fue la coordinadora estatal de Ecologistas en Acción, y durante seis años la directora de FUHEM. Cuenta que hace poco, en una reunión, le dijeron que era una catastrofista y respondió: “Tú lo que quieres es que yo te diga que tenemos una solución para seguir viviendo como estamos. Y eso es imposible”. Hay que cambiar radical y estructuralmente de modelo, siempre con una perspectiva de clase.

MUNDO OBRERO: ¿Qué es el ecofeminismo?
YAYO HERRERO:
El ecofeminismo es un movimiento social y una corriente de pensamiento que se fundamenta en un diálogo muy potencial y rico entre lo que plantea el movimiento feminista y el movimiento ecologista. Y estos movimientos están condenados a entenderse, ya que cuando analizamos las raíces, tanto culturales como políticas y económicas, que hay detrás de la subordinación estructural de las mujeres en las sociedades patriarcales, articuladas en torno a los intereses de la dominación y la violencia; y las que hay en la destrucción de la naturaleza en las sociedades de corte capitalista, vemos que son bastante comunes, y que por tanto las propuestas de salida también lo son.

Para mi el ecofeminismo es un movimiento que nos permite conocernos mejor como especie, como ecodependientes e interdependientes y que por tanto permite articular la política y la economía en torno a la prioridad de sostener vidas reales y concretas, cotidianas y no cualquier tipo de vida. Vidas que merezcan la pena y la alegría de ser vividas y para todo el mundo.

M.O.: Si el trabajo de reproducción y de los cuidados es imprescindible para la continuidad de la propia vida, ¿cuál sería la solución para que ese trabajo no remunerado económicamente ni valorado socialmente no siga recayendo casi exclusivamente sobre las mujeres y, además, evitar que la emancipación de las mujeres pudientes se haga a costa de las más empobrecidas y racializadas?
Y.H.:
Hemos salido al mercado laboral pero los hombres no han hecho el camino contrario. La solución ha venido fundamentalmente por dos vías: por una lado, la aparición de las abuelas esclavas y personas del entorno familiar y comunitario que asumen parte de esos trabajos; y, por otro, el trabajo remunerado de los cuidados, que son los trabajos peor pagados y valorados del mercado laboral. Se ha generado una especie de lumpemproletariado femenino absolutamente precarizado en torno a una tarea tan central como mantener la vida de las personas. De hecho el trabajo sindical ha excluido sistemáticamente a las mujeres que se dedican al empleo doméstico. Y ha costado mucha pelea y organización de mujeres, a veces al margen de las propias estructuras sindicales generando neosindicalismo, porque el trabajo de limpieza o el de cuidados no ha sido visto o priorizado como clase obrera.

“La economía se ha estructurado en una falsa división entre lo productivo y lo reproductivo, como si fueran diferentes”


Y ¿la clave para resolverlo? Necesitamos cambios estructurales no solamente en el entorno doméstico sino también en el laboral. La economía se ha estructurado en una falsa división marcada por el entorno productivo respecto al entorno reproductivo, como si fueran diferentes. Una parte de esa solución tiene que ver con el reparto del empleo asalariado entre todas las personas, con una menor jornada laboral de forma que todo el mundo tenga tiempo para limpiarse su propio wáter. Y que se disponga de servicios públicos y servicios socio-comunitarios que permitan que las familias puedan resolver esa tarea de cuidados, de tal modo que las mujeres y los hombres que quieran elegir hacerlo lo hagan y que quienes prefieran primar el empleo asalariado puedan hacerlo pero sabiendo que quienes se ocupan de los trabajos domésticos lo hagan en condiciones de dignidad de visibilidad y bien pagadas. Estoy segura de que si el trabajo de cuidados estuviera bien pagado muchos hombres querrían hacerlo.

M.O.: El ecofeminismo se levanta sobre dos banderas: la verde, de defensa de la naturaleza frente a su expoliación; y la morada de la emancipación de la mujer contra el patriarcado. Pero sus mástiles se asientan sobre los cimientos rojos de la lucha contra el capitalismo. ¿Se puede hablar de ecofeminismo sin hablar de lucha de clases?
Y.H.:
Para mí no. De ninguna de las maneras. Igual que no se puede hablar de ecologismo ni de feminismo sin hablar de lucha de clases, tal y como yo lo entiendo.

Sin embargo, también hay miradas que se dicen ecologistas y miradas que se dicen feministas que no hablan de lucha de clases. De hecho, una gran parte del discurso dominante, incluso dentro de la socialdemocracia, es el del capitalismo verde, es decir, alentar un capitalismo de desastre, una especie de crecimiento económico en torno a las economías verdes y que si te descuidas y no miras la lucha de clases pueden acabar en el ecofascismo.

“El ecofeminismo con el que me siento cómoda es el que analiza cómo el capitalismo es ecocida, patriarcal, racista e injusto”


El planteamiento del ecofeminismo con el que me siento cómoda dice en su análisis que el capitalismo es un sistema ecocida, porque destruye la naturaleza para crecer; patriarcal, porque explota el trabajo humano, sobre todo en los hogares de las mujeres para poder fabricar entre otras cosas el flujo de mano de obra; es racista porque se sostiene sobre el despojo y la explotación de los recursos naturales en grandes zonas del planeta considerándolas como grandes minas y grandes vertederos y por tanto expulsando a las personas que hay allí; y es injusto por la acaparación que hace de la riqueza. Por lo tanto, si hablamos de cómo resolver este modelo sin incorporar la lucha de clases, podemos ir hacia modelos que no resuelvan para nada esos cuatro pilares que para mí van juntos.

M.O.: El feminismo es uno de los movimientos sociales que más se ha fortalecido en los últimos tiempos. ¿Cómo ves la evolución que se ha realizado en los últimos años y por qué caminos crees que podría desarrollarse?
Y.H.:
El orden dominante siempre intenta cooptar cualquier cosa que pueda surgir y le pueda poner en riesgo. Y la parte que no coopta la estigmatiza. Puedes ser una feminista aceptable y digerible si perteneces a un feminismo liberal que no pone en cuestión ni subvierte el orden dominante, pero si lo subviertes y pones en riesgo ese orden, eres una feminazi. Igual que eres aceptable si eres una ecologista que está dentro del capitalismo verde, pero no lo eres si tienes una visión anticapitalista que llama la atención sobre las raíces del ecologismo y explicas que la economía no puede crecer indefinidamente porque tiene unos límites físicos y que por tanto la única vía para caminar hacia la justicia es el reparto radical de la riqueza... Y luchar contra la pobreza es lo mismo que luchar contra la excesiva riqueza.

A raíz de la explosión feminista del año pasado, todo era feminista: Patricia Botín, Rivera con su lazo, y Rajoy. Y como dice Nancy Fraser, puede pasar, y de hecho pasa, que determinadas miradas supuestamente liberales o de izquierdas adopten formas de neoliberalismo progresista, coloreándose un poquito de morado, un poquito de verde, un poquito de rojo o no se qué color, pero no metiéndole mano a los conflictos estructurales. Y de ahí, que en todos los movimientos sociales, incluida la izquierda, haya que distinguir entre esas formas neoliberales y el resolver los problemas estructurales: hablar de igualdad, de lucha de clases, de compatibilizar la vida humana en buenas condiciones con los límites del planeta y vidas buenas también para las mujeres.

Pero hay que distinguir. Una cosa es que el 8 de marzo salgamos todas articuladas en contra de que dispongan de nuestros cuerpos, en contra de las violencias machistas, que me parece positivo, y otra cosa es que luego la agenda política que se deriva del 8 de marzo sea distinta para unos colectivos y otros.

M.O.: La derecha, en todo su espectro, ve la lucha feminista como un enemigo a batir y trabaja por una involución que ya comenzó con los recortes en servicios y sigue con la intención de restringir el aborto, la ley de violencia de género, etc. ¿Por qué ese empecinamiento en arremeter contra las mujeres?
Y.H.:
Me gusta mucho el libro de Caliban y la bruja de Silvia Federici. Desde su posición filomarxista analiza críticamente todo el relato de la acumulación originaria de Marx añadiendo lo que pasaba con las mujeres en aquel momento. Cuenta que esa acumulación originaria fue también un proceso de desposesión del poder de las mujeres y del sometimiento de sus capacidades reproductivas al capital en un momento en el que la población en Europa se había visto diezmada por las sucesivas pestes. Las brujas eran mujeres independientes que tenían conocimientos contraceptivos que ayudaban a las mujeres a abortar, parteras... Y fueron quemadas masivamente en la hoguera. Pero, además, no lo hicieron al principio de la Edad Media sino al final, cuando nacía todo el proceso de la modernidad y de los pasos embrionarios del capitalismo.

Federici dice que fue un sometimiento y disciplinamiento sobre quienes tenían control de esa capacidad reproductiva de las mujeres. Pero lo gordo del libro es cuando explica que ese no ha sido un proceso único en la historia, sino que cada vez que ha habido un proceso de desposesión por acumulación, en cada crisis grande del capitalismo, en cada extensión del capitalismo en terrenos donde aún no había llegado y entra para desposeer a la gente de la tierra y de los bienes comunes para generar masas proletarias, ha ido acompañado de un proceso de sometimiento a las mujeres.

“Siempre se ha atacado sistemáticamente a las mujeres que no se han sometido al ideal de la domesticidad: brujas, locas, sufragistas, feminazis...”


Ese proceso de sometimiento se sustenta en la exaltación, la valoración de los ideales de la domesticidad: las mujeres cuidadoras, maternales, amantes... pero estereotipadamente, con el ideal de la mujer amorosa entendiendo el amor como sacrificio de tu propia vida, tus proyectos vitales y tu tiempo al servicio no sólo de la persona que tienes al lado sino al servicio del orden dominante capitalista que obliga a las mujeres a sostener cotidianamente la vida en un sistema que sin embargo ataca a la propia vida. Aparece así el ideal de domesticidad junto al ataque a degüello de quienes no se someten: brujas, locas, sufragistas, feminazis... un ataque sistemático que se ha producido en todos los continentes.

Y creo que en este momento estamos viviendo algo similar, es decir, estamos en un momento en el que la economía global tiene importantísimos problemas para crecer. No está creciendo con cargo a la economía real, que es la que genera puestos de trabajo, bienes y servicios reales. Y detrás de esa falta de crecimiento real está la crisis de la energía, de los minerales y el fracaso del capitalismo. El neoliberalismo es la reacción a ese fracaso y es un proceso de doctrina del Sock, como dice Naomi Klein, que lo que hace es blindar los privilegios de un sector que cada vez es más pequeño, y generar fronteras reales entre los países ricos y pobres.

Y dentro de los países ricos también levanta fronteras invisibles, pero tremendamente efectivas, que separan a las personas que están dentro y forman parte del núcleo privilegiado respecto a las que van quedando fuera: desempleados, personas en riesgo de exclusión, incluso trabajadoras y trabajadores pobres. Y con esa separación, junto con la política de austeridad y recortes, aspiran a que las mujeres sigan sosteniendo la vida, que sean ese ejército de reserva que continúe preocupándose de que la gente se alimente, que no se muera... porque hace falta todo ese trabajo de cuidados.

“La ultraderecha dice a los hombres: tu empleo es una mierda ... pero hay un espacio en el que tú sigues teniendo el poder, que es tu casa y tu mujer”


La ultraderecha desvía la atención de la base desde donde arrancan los problemas, que es el sistema capitalista neoliberal, en el cual unos caben y otros no, y culpabiliza al extranjero, al disidente y a las mujeres. Pretende que las mujeres se vuelvan a quedar en los hogares y en espacios de sumisión. Es, también, un mecanismo de disciplinamiento y tranquilización de una parte importante de los hombres que ven su estatus en riesgo, no tanto por las mujeres sino porque los hombres han sido educados y sociabilizados para tener éxito en el marco público, para tener poder. Un hombre que no es capaz de tener un trabajo y un salario, y al que se le culpabiliza además por no tenerlo, es un hombre frustrado dentro del reparto del sistema de división sexual del trabajo. Entonces viene la ultraderecha y le dice, mira no te preocupes, tu empleo es una mierda, tú no vas a tener ningún tipo de horizonte, pero hay un espacio en el que tú sigues siendo el que tiene poder, que es el espacio de tu propia casa y de tu propia mujer, ahí eres tú el que manda. Ahí se genera todo un mecanismo simbólico que le encaja bien a muchos hombres.

A parte de que también hay muchos hombre que no lo entienden y se sienten incómodos en la reconstrucción de una forma nueva de masculinidad que pueda dialogar en plano de igualdad con un feminismo emancipado.
El movimiento obrero nos dejó una gran enseñanza. En sus inicios trabajó las redes de cooperación y solidaridad, hermanarte con tu grupo de iguales, es decir no desencadenar luchas entre pobres y confrontar colectivamente contra la fuerza que te oprimía. La PAH lo hace genial.

M.O.: Explicas que el decrecimiento no es una opción sino que viene impuesto por las limitaciones del planeta. Y que la solución puede venir de dos formas: a través de una competición feroz por los recursos cada vez más limitados o por reajuste colectivo con criterios de igualdad. De momento triunfa la competición feroz, el último ejemplo es Venezuela.
Y.H.:
Todas las guerras formales y no formales que hay hoy en el mundo están donde hay materias primas, agua o tierras que acaparar. Eso por un lado. Por el otro se crean los espacios de frontera para impedir que acceden las personas desposeídas. Ahí es. Y es en los espacios de frontera donde convierten los problemas humanitarios de inmigración en problemas de seguridad.

Aparte, esos espacios frontera están mayoritariamente privatizados y se han convertido en un nuevo negocio. El único sector que siguió creciendo en el periodo de la crisis a un ritmo del 5 y 6% anual fue el de la seguridad, con vallas, concertinas, campos, cámaras, servicios de seguridad. Y con lo ejércitos proclamándose como especialistas del caos.

Los poderes económicos son perfectamente conscientes de todo eso. Ellos lanzan los discursos negacionistas y tranquilizadores con el tema de los recursos pero ellos se preparan y las mayorías sociales no.

Me parece normal que los sectores neoliberales obvien los discursos, lancen mensajes de capitalismo verde o digan que todo se va a resolver por la vía tecnológica. A mí lo que me preocupan son las izquierdas, porque ahora, cuando Alcoa amenaza con un ERE y hay una lucha importante, con 1.200 despidos de Vodafone, con el proceso de las minas de carbón, cuando el presidente de Repsol, Brufao, dice que están desinvirtiendo en petróleo porque ya no es rentable y en 3 ó 4 años va a haber problemas de desabastecimiento; cuando vemos que el desencadenante de los chalecos amarillos es el impuesto al diesel y por lo tanto el reajuste de la crisis climática sin tener en cuenta la perspectiva de clase, o cuando vemos que General Motors y Ford cierran sus plantas en Estados Unidos, las izquierdas no tienen la capacidad de vincular todo ese desplome de la economía tal y como la conocemos, con la dinámica de calentamiento global y de crisis energética y entra en una espiral de construir la lucha desde la perspectiva de mantener eso como sea, cuando eso se desploma por imperativos físicos.

El decrecimiento de la esfera material de la economía es inevitable. Por eso me preocupa que las izquierdas no esten pensando en qué vamos a hacer para proteger a todos los trabajadores y trabajadoras que están en los sectores que impepinablemente van a ir cerrando.

Y eso requiere pensar en un metabolismo económico radicalmente distinto, que es posible. Pero necesitamos pensar en una planificación de la economía teniendo en cuenta la realidad material que tenemos, poniendo como eje la protección a las mayorías sociales y tejiendo vínculos con toda la auto-organización y movimiento auto-organizado.

M.O.: En España, el 80% de la energía, el 75% de los minerales utilizados provienen fundamentalmente de América Latina y África, y los alimentos consumidos requieren el doble del territorio nacional. Somos parte del capitalismo caníbal pero los recursos se agotan y ningún gobierno se atreve a proponer medidas que temen impopulares porque implica decirnos que vamos a perder determinados privilegios.
Y.H.:
En este tema creo que no hay medidas populares o impopulares. Lo que hay es un gran desconocimiento de la población. Hace años hubo un problema grave de sequía en Madrid. El Canal de Isabel II lanzó una campaña a la desesperada pensando que no iba a funcionar: consistía en explicar la situación en la que estaban las reservas hídricas y que si no se reducía el consumo en unas semanas habría que realizar cortes en las casas. La campaña funcionó fenomenal y el consumo de agua bajó exponencialmente en día y medio. La gente no es idiota. Sabe lo que es el agua, para qué sirve y cómo se necesita.

Lo que pasa es que esta crisis ecológica y social pasa política y socialmente inadvertida porque hay poca gente que está diciendo de forma masiva que tenemos un problema de abastecimiento de energía y que el modelo urbano es dependiente de la energía fósil barata. Si las personas supiéramos lo que está pasando seguro que muchas entenderían mejor esas medidas. Cuando el Ayuntamiento de Madrid empezó a introducir medidas de restricción del tráfico por la contaminación, la campaña de todo el sector liberal fue decir “están limitando tu libertad, es una medida impopular”. Pero hubo muchísima gente que comprendió que había que hacer algo.

Cuando surge el miedo a proponer medidas impopulares, que son emancipadoras, lo que hay es una falta de respeto a las personas y falta de confianza en el propio género humano. Lo primero que hay que hacer es informar: señores, ésta es la situación que tenemos.

Lo he visto recientemente en México con el problema de desabastecimiento de gasolina. Cuando López Obrador llegó al gobierno intenta meterle mano a la corrupción en la venta de gasolina ilegal y la red mafiosa se revuelve para impedir la llegada de combustible a las gasolineras. Ciudad de Méjico, con 22 millones de habitantes y un sistema de transporte público nefasto, se llena de repente con unas colas brutales para coger la poca gasolina que hay. Las mafias pensaban que iba a caer todo. Pero ¿qué hizo López Obrador? Tiene un programa diario en televisión desde el que explica a la ciudadanía lo que se va haciendo, y allí les dice: “Ustedes me han elegido para que yo luche contra la corrupción. Mi equipo y yo vamos a hacer todo lo que podamos. Estamos poniendo el cuerpo y arriesgamos la vida en ello. Pero esto no lo hacemos solos. A ustedes les toca hacer cosas, y lo que les toca es aguantar de la mejor forma posible las molestias que les produce esta situación de lucha contra la corrupción”. Se me ponía la carne de gallina al escuchar ese ejercicio de pedagogía de política popular y el ejercicio de empoderamiento tan brutal que había en aquella explicación. Y el resultado fue que López Obrador pasó de un 54% de aceptación a un 85% en dos semanas”. No quiero decir que sea fácil, pero las izquierdas no pueden renunciar a esa pedagogía popular, a ese empoderamiento de las personas más pobres, que han sido las más desposeídas, y no sólo de renta sino de la capacidad de conocer, de pensar, de poder razonar y de articularnos con otras. No se trata sólo del pan. Es el pan y los libros.

La gente que llama catastrofista al movimiento ecologista es la que no quiere un diagnóstico. Yo siempre digo que no hay que confundir los datos con la catástrofe. Y los datos son los datos. Y ahí me sale a tope mi fondo marxista: la realidad hay que mirarla cara a cara. Y la catástrofe es no hacer nada ante esa realidad y llevamos sin hacer nada desde hace 40 años.

Publicado en el Nº 324 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2019

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