Lento e inexorable, el mundo rural pide paso Gran parte de nuestro territorio se vacía y se muere si no emprendemos políticas valientes.

Eva García Sempere. Diputada de Unidos Podemos en el Congreso. 18/03/2019

A pesar de la capa de invisibilidad que rodea al mundo rural, éste representa el 72% de nuestro territorio. Sin embargo, los datos demográficos son devastadores:

- Castilla León pierde cada día 64 habitantes.

- Más de 2.500 pueblos en España están en peligro de desaparecer en los próximos 15 años.

- 105 comarcas tienen densidades por debajo de los 10 habitantes por Km2.

- 31 comarcas tienen ya densidades de población por debajo de los 4 hb/km2. Páramos de Burgos, Tierras Altas y Valles del Tera de Soria, Molina de Aragón, Maestrazgo de Teruel, Sierra de Rioja Media…

- Hay 26 comarcas con más del 35% de su población mayor de 65 años.

- Hay más de 50 comarcas con menos del 10% de la población infantil.

- En los últimos 10 años perdemos lo equivalente a un ritmo de 82 explotaciones diarias, y además, el 86% son pequeñas y medianas explotaciones, que son las que se asientan en el territorio.

- Jaén ha perdido 32.000 habitantes en menos de 10 años.

Gran parte de nuestro territorio se vacía y se muere si no emprendemos políticas valientes no ya que fijen población, sino que permitan repoblar amplias zonas. Y para emprenderlas y ser creíbles ya no basta solo con hablar de la Política Agraria Común, o de la política en materia de aguas. El rural es mucho más, y los problemas a los que se enfrenta van más allá del modelo productivo y la necesidad de crear empleo de calidad asociado a distintos sectores: industrial, agroganadero, turístico…

Debemos poner el foco y la prioridad política en resolver las cosas fundamentales para garantizar una vida digna en nuestros pueblos: un sistema de sanidad rural que llegue a toda la población, red de escuelas suficiente, mecanismos para que exista respiro en las personas cuidadoras y que las dependientes no tengan que dejar sus casas porque no llegan los recursos de la dependencia. Hablamos de transporte público que conecte el territorio de manera real y suficiente, que concilie las necesidades sociales y laborales. Hablamos de que servicios como correos o las oficinas bancarias sean accesibles y universales. Hablamos de políticas ambientales y turísticas que miren a los ojos a los territorios y dialoguen con ellos para encontrar el necesario equilibrio entre los usos diarios y la innegociable protección. No necesitamos ni queremos convertir el mundo rural en un inmenso parque temático para ir de vacaciones. Hablamos también de vivienda: nuestros pueblos están llenos de casas que se caen y personas que quieren vivir aquí, pero no pueden. Políticas públicas de vivienda son urgentes. Y, por último, ¿cómo no mencionar la brecha digital? ¿Cómo va a establecerse una familia en el pueblo si no se puede consultar Internet ni para un trabajo del cole?

Estamos hablando también de una redignificación del modelo cultural que pervive en nuestros pueblos: el 100% del patrimonio natural está alojado allí, y un 80% del patrimonio cultural. Existe toda una red de patrimonio cultural asociado al mundo rural que va desde lo inmaterial como la trashumancia o los saberes asociados a cultivos tradicionales, hasta lo más material: arquitectura en piedra seca o la red de vías pecuarias. Políticas culturales para el mundo rural no son festivales una vez al año impuestos desde territorios alejados: es construir desde allí la oferta cultural y permitir que sea accesible para todas. Es reconocer que no necesitan proyectos culturales, que solo se necesita impulso y dar a conocer lo que allí se hace: ¿sabían que existen festivales maravillosos impulsados por aún más maravillosas alcaldesas de pueblos tan pequeños como San Pelayo, con 50 habitantes? ¿Sabían que del rural pueden salir nuevos géneros literarios como el ruralismo mágico? Pues vayan sabiéndolo, porque algo grande se gesta, despacito, con la paciencia de quien sigue los ritmos naturales, pero tan implacable como esa misma naturaleza.

Es conocido que gran parte de los trabajos tradicionales del campo, o de los conocimientos ancestrales relacionados con la agricultura y la ganadería tienen mucho que ver con la protección ambiental y son una de las mejores armas de lucha (pero también adaptación) contra el cambio climático. Más pastoreo para luchar contra los incendios, más recuperar sistemas de cultivos altamente eficientes en consumo de agua, más diversificar los cultivos.

Cuando hablamos de políticas para el mundo rural hablamos de todo esto y mucho más: hablamos de políticas dirigidas a mujeres y jóvenes, principales protagonistas del éxodo. Son políticas de cotitularidad reales; es acceso a la tierra para quienes quieren seguir allí o deciden buscarse en los pueblos una nueva vida. Son políticas que alejen proyectos de macrogranjas o extensos monocultivos para convertirnos en “obreros del sector primario”. Son políticas turísticas que apuesten por desestacionalizar y poner en pie proyectos basados en los recursos y las personas del territorio.

Es la hora de defender nuestros pueblos. No faltan ideas, no falta músculo y corazón para llevarlas a cabo. Y no debe faltar voluntad para ponerlas en el centro de nuestra política.

Publicado en el Nº 324 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2019

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