Esperando a los bárbaros

Guerra No hay nada como una apuesta imperialista para que al PSOE se le caigan todas sus caretas. Automáticamente se alinea con los intereses del poder financiero.

Felipe Alcaraz Masats 22/03/2019

El capitalismo no puede vivir sin la guerra, esa otra forma de explotación salvaje a través de la destrucción, y destrucción de todo, empezando por la verdad. La guerra es un instrumento terrible porque abre todas las puertas de la humillación; no es que las personas cambien, es que dejan de ser personas. Pues bien, de nuevo España, a través de su gobierno, se alinea con tambores de guerra. Tambores de esquilmación. Esta vez del petróleo venezolano. Y al gobierno de Sánchez le da igual el coste, aunque sabe perfectamente que antes de traerse cubos llenos de petróleo, tendrá que cargar con muchos cubos repletos de sangre.

No hay nada como una apuesta imperialista, y eso desde el principio, para que al PSOE se le caigan todas sus caretas. Automáticamente se alinea con los intereses del poder financiero. Es su sino: desde el principio ha encontrado ahí la fuente de la respetabilidad, el sentido de la estabilidad de estado, el realismo de las personas prudentes con temor de dios. En ese chantaje inmenso, queremos decir. Por eso nacimos los comunistas, porque no aceptábamos esa gigantesca prosternación ante intereses tan canallescos. Por eso no debemos desaparecer.

La apuesta de Sánchez contra la legalidad venezolana no solo es grave, sino que política y éticamente no tiene vuelta atrás. Y si esto es así, y nos lo demanda la fuente de nuestra respetabilidad de izquierda antiimperialista, debemos superar cualquier resquicio que nos pueda convertir en una bisagra de Sánchez, se llame presupuestos generales o reagrupación de fuerzas tras las próximas elecciones generales, por mor de ese pedestre patriotismo del mendrugo nuestro de cada día que tanto se lleva ahora.

No tengo más que decir sino este grito de (certeza) y pánico solo superable por la indignación de los principios en pie. Grito sin esperanza, pero con convencimiento. Y quizás grito con una especie de sensación crepuscular, sin dejar de mirar esos países (aquel paraíso de cambio que era Italia) donde la izquierda se ha disuelto al incorporarse al realismo chato del callejón de las migajas.

Publicado en el Nº 324 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2019

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