RelatoLa mujer de las heridas

Noelia Pena 30/04/2019

Noelia Pena. nació en Santiago de Compostela en 1981. Empezó a escribir versos a los 10 años. Licenciada en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Colabora con diversas publicaciones colectivas y en iniciativas como el proyecto colectivo Espai en Blanc, una revista de pensamiento crítico y experimental. Centra sus intereses en los cambios en la subjetividad que propicia la red y las nuevas armas de politización. El agua que falta (Caballo de Troya 2014) fue su primer libro publicado y en 2018 apareció su novela La vida de las estrellas en la editorial La oveja roja. Actualmente vive en Málaga y da clases en un Instituto de Enseñanza Media.

(Este texto, del cual ofrecemos versión en castellano y gallego, fue publicado por primera vez en 1997 en la revista del Instituto donde Noelia estudiaba).
La mujer de las heridas de la vida, algunas cicatrizadas y otras todavía sangrantes, se mira al espejo del armario del baño. La imagen deformada que le devuelven los años de matrimonio se cubre con una capa de maquillaje del bote número 119 Super Matt with Collagen de Margaret Astor y con gafas de sol. Le escuece. Como siempre, se echa los polvos, el rímel y un poco de carmín en los labios.

La mujer que se mira en el espejo no ve a nadie conocido en él. La rutina del maquillaje le hace olvidar las heridas. Debajo del maquillaje no existen. Pero... duelen tanto allá dentro.

No va salir de casa, pero a él no le gusta verla sin maquillaje en esas circunstancias.
La mujer de las heridas hace la cama. Lava la ropa. Plancha la camisa y el pantalón azul de pana con la plancha de vapor que le compró un día que tenía remordimientos. Aspira el piso con la aspiradora que le regaló el año pasado y le pasa la fregona.

A la una prepara el pollo que sacó la noche anterior del congelador. Lo adereza, lo mete en el horno y pone el temporizador para 45 minutos. Repara que es 14 de Abril en el calendario de la pared.

Se sienta en la silla de la cocina y ve encima de la mesa un paquete de tabaco. Él lo olvidó al ir a trabajar. Lo mira. De joven fumaba con sus amigas a escondidas el tabaco que robaban a sus padres. Pero después de conocer a Manuel lo dejó porque a él no le gustaba que las mujeres fumaran.

Estira la mano hacia el paquete y saca uno de esos cigarrillos rubios. Lo mira un rato, lo acerca a los labios y enciende el mechero. Tose mientras echa humo por la boca. Vuelve a dar una calada. Cierra los ojos y le parece que aquel sabor la devuelve treinta años atrás.

Acaba el cigarrillo y lo apaga suavemente oyendo el ruido de la colilla en el cenicero.

Mira el horno y oye el constante tic-tic del temporizador. El pollo sigue allí, impasible. Al mirarlo piensa en cómo mueren los pollos, si sufren o no les de la tiempo a reaccionar mientras les retuercen el cuello o les golpean la cabeza. Y piensa que quizás los pollos ya conocen su destino.

Vuelve a coger un cigarrillo y piensa en los treinta años que la separan de los pitillos que robaba a su padre. Y maldice el momento en el que conoció a Manuel y aceptó venir a Coruña y casarse con él. Y se maldice a sí misma por haberlo aguantado tantos años, por no haberse marchado después del aborto que le impidió tener hijos. Maldice los putos botes de maquillaje gastados para tapar sus golpes y tener que ir a comprar con gafas de sol en invierno y fingir tener conjuntivitis cuando alguna vecina la interroga con cierta burla. Maldice la taberna y los coñacs y a los amigos. Y maldice al pollo y cada una de las comidas preparadas en los últimos treinta años.

Falta poco más de media hora para que el maldito cabrón vuelva de trabajar.

Ella mira el horno. Echa una mirada a su cocina llena de electrodomésticos recibidos para que lo olvidara todo y pudiera perdonarle. Era imbécil si creía que con una licuadora lo podría arreglar todo. Si fuera tan sencillo... Aunque quiere llorar ve mucho de cómico en su vida. El tic-tic se hace ahora insoportable.
Quita el delantal. Sale de la cocina y va a la habitación. Saca una bolsa y mete unas chaquetas y unas faldas, coge el bolso y un poco de dinero.

Anda por el pasillo despacio. Al llegar a la puerta de la cocina, se detiene un momento y coge el paquete de cigarrillos y el mechero y oye el puto tic-tic del horno, que se pierde al avanzar por el pasillo. Cuando lleva la mano al pomo de la puerta de la entrada, vuelve la mirada. La mano duda. Esa puerta es su último obstáculo. Cierra los ojos. Gira el pomo, sale y cierra con llave por última vez. Llama al ascensor. Se abre la puerta y no hay nadie. Entra y pulsa el botón. Su mirada se encuentra con el reflejo de una mujer en el espejo del ascensor. Una mujer a la que no veía desde hace mucho tiempo. Quizás treinta años. Y que apenas conoce.

Sale del ascensor y del edificio de renta antigua. El sol cae sobre las gafas oscuras y la ciega por un momento. Pone la mano en la frente para cubrirse mientras sigue caminando. Se detiene delante de una papelera y hunde la mano en el bolso. Saca las llaves de casa, las mira y, sin pensarlo, las tira dentro. Se oye un fuerte ruido metálico al llegar al fondo. Un ruido metálico de satisfacción. Ella camina y se va alejando cada vez más, cada vez más. Y por un momento se arrepiente de haberle dejado la comida hecha y desea que el pollo se queme.

La mujer de las heridas de la vida enciende un cigarrillo como en los viejos tiempos y, como en las películas, llama a un taxi con la mano, que se detiene a su lado y la lleva a la estación de autobuses.

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A MULLER DAS FERIDAS

A muller das feridas da vida, algunhas cicatrizadas e outras aínda sangrantes, mírase ó espello do armariño do baño. A imaxe deformada que lle devolven os anos de matrimonio cóbrese cunha capa de maquillaxe do botiño número 119 Super Matt with Collagen de Margaret Astor e con lentes de sol. Próelle. Coma sempre, bota os pos, o rímel e un pouco de carmín nos beizos.

A muller que se mira no espello non ve ninguén coñecido nel. A rutina da maquillaxe faille esquece-las feridas. Debaixo da maquillaxe non existen. Mais… doen tanto aló dentro.

Non vai saír da casa, pero a el non lle gusta vela sen maquillaxe nesas circunstancias.

A muller das feridas fai a cama. Lava a roupa. Pásalle o ferro á camisa e ó pantalón azul de pana co ferro de vapor que lle comprou un día que tiña remorsos. Aspira o piso coa aspiradora que lle regalou o ano pasado e pásalle a fregona.

Á unha prepara o polo que sacou a noite anterior do conxelador. Aderézao, méteo no forno e pon o temporizador para 45 minutos. Repara que no almanque da parede a data é o 14 de Abril
Senta na cadeira da cociña e ve enriba da mesa un paquete de tabaco. El esqueceuno ó ir traballar. Mírao. De moza fumaba coas amigas ás agochadas o tabaco que lle roubaban ós seus pais. Pero despois de coñecer a Manuel deixouno porque a el non lle gustaba que as mulleres fumasen.

Leva a man ó paquete e saca un deses cigarros rubios. Mírao longo tempo, lévao ós beizos e acende o chisqueiro. Tose mentres bota fume pola boca. Volve dar unha calada. Cerra os ollos e parécelle que aquel sabor a devolve trinta anos atrás.

Acaba o cigarro e esmágao suavemente oíndo o ruidiño da cabicha no cinceiro.
Mira para o forno e oe o constante tic-tic do temporizador. O polo segue alí, impasible. Mirándoo pensa en como morren os polos, se sofren ou non lles dá tempo a reaccionar mentres lles retorcen o pescozo ou mentres lles golpean a cabeza. E pensa que quizais os polos xa saben do seu sino.

Volve coller un cigarro e pensa nos trinta anos que a separan daqueles pitos roubados a seu pai. E maldí o momento no que coñeceu a Manuel e aceptou vir para a Coruña e casar con el. E maldise a si mesma por levalo aturado tantos anos, por non marchar despois do aborto que lle impediu ter fillos. Maldí os putos botes de maquillaxe gastados para tapa-los seus golpes e ter que ir comprar con lentes de sol en inverno e finxir ter conxuntivite cando algunha veciña a interroga con certa mofa. Maldí a taberna e os coñacs e os amigos. E maldí o polo e cada unha das comidas preparadas nos últimos trinta anos.

Falta pouco máis de media hora para que o condenado cabrón volva de traballar.
Ela mira para o forno. Bota unha mirada á súa cociña chea de electrodomésticos recibidos para que o esquecese todo e puidese perdoalo. Era imbécil se cría que cunha licuadora o podía arranxar todo. Se fose tan sinxelo… Aínda que quere chorar, ve moito de cómico na súa vida. O tic-tic faise agora insoportable.

Quita o mandil. Sae da cociña e vai á habitación. Saca unha bolsa e mete unhas chaquetas e unhas saias, colle o bolso e algúns cartos.

Anda amodo polo corredor. Ó chegar á porta da cociña, detense un momento e colle o paquete de cigarros e o chisqueiro e oe o puto tic-tic do forno, que se perde ó avanzar polo corredor. Cando leva a man ó pomo da porta da entrada, mira tras de si. A man dubida. Aquela porta é o seu derradeiro obstáculo. Cerra os ollos. Vira o pomo, sae e fecha con chave por derradeira vez. Chama polo ascensor. Ábrese a porta e non hai ninguén. Entra e pulsa o botón. A súa mirada tópase co reflexo dunha muller no espello do ascensor. Unha muller que non vira desde fai moito tempo. Quizais trinta anos. E que apenas coñece.

Sae do ascensor e do edificio de renda antiga. O sol cae sobre as lentes escuras e cégaa por un momento. Pon a man na fronte para cubrirse mentres segue camiñando. Detense diante dunha papeleira e afunde a man no bolso. Saca as chaves da casa, míraas e, sen pensalo, tíraas dentro. Óese un forte ruído metálico ó bateren no fondo. Un ruído metálico de satisfacción. Ela camiña e vaise afastando cada vez máis, cada vez máis. E por un intre ten mágoa de lle ter deixado a comida feita e desexa que o polo se queime.

A muller das feridas da vida acende un cigarro coma nos vellos tempos e, coma nas películas, chama un taxi coa man, que se detén á súa beira e a leva á estación de autobuses.

Publicado en el Nº 325 de la edición impresa de Mundo Obrero abril

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La mujer de las heridas