Decir NO es antifascista Como bien sabemos, es muy feminista saber decir que no. No al fascismo, no a la xenofobia, no a los que nos explotan, no a los que nos joden la vida.

Patricia Castro 17/05/2019

La situación actual está convulsa y se esperan aún curvas. A partir del resultado de este ciclo de elecciones se configurará el espacio político para los próximos años y todo apunta a que no será un camino de rosas. Quizá nos toque sufrir más de la cuenta y a pesar de todo el esfuerzo realizado por tantos y tantas compañeras para frenar el avance de la ultraderecha. Quizá hemos de repensar nuestra estrategia -si es mejor ir en confluencia, por separados, pactar en medidas concretas, apostar más fuerte aun por la unidad popular…- o quizá tan solo hemos de esperar el resultado de las votaciones para ver qué asignaturas realmente nos quedan pendientes en vez de seguir teorizando sobre las nubes.

Después del expolio neoliberal de estos años al que hemos estado sometidos y por el cual el Estado de Bienestar está en mínimos históricos -se ha quedado en el chasis-, nuestro ánimo tampoco acompaña. Y es normal. ¿Cómo sacar fuerzas cuando el panorama al que nos enfrentamos día a día se descompone aun más? ¿Qué hacer ante el avance de discursos políticos que más que en vez de premiar la inteligencia y la ética aplauden la brutalidad y el cinismo? Nos encontramos en este punto y las opciones a la vista tampoco son del todo halagüeñas. Votar a la socialdemocracia gastada del PSOE-ahora llamada socioliberalismo, o el siguiente nombre que encuentren para alejarse cada vez más de ideologías sólidas y con cierto fundamento-, el trío de ases del fascio español, encarnados en un PP descontrolado y sin frenos “capitaneado” por lo más rancio de la sociedad española, Pablo Casado; los buitres neoliberales del “cambio sensato” que basan su programa político en encuestas de popularidad, encabezado por el lerrouxista Albert Rivera. O la versión más hardcore del postfranquismo y el nacionalcatolicismo actual, esa suerte de fascista posmoderno que es Santiago Abascal. Un señor que habla de la importancia del ejército, pero nunca hizo la mili, que habla de lo importante de la Iglesia católica y sus mandamientos, pero se ha divorciado, defensor de la empresa privada, pero que nunca ha trabajado en ella… ¿Hace falta que siga? Y luego nos queda el espectro político de la izquierda transformadora, más dividido que nunca –y esto es lo verdaderamente preocupante–.

¿Y qué es lo que nos jugamos las mujeres? Nos lo jugamos todo, básicamente. Por eso es tan importante ser conscientes de lo que se nos viene encima; un futuro gris tirando a negro pero con una gran oportunidad de darle la vuelta. Simplemente tenemos que saber jugar nuestras cartas bien y explotar al máximo aquello que sí sabemos y controlamos. Debemos estar a la altura de los tiempos que corren – y como ya hemos demostrado que podemos estarlo–. No nos podemos mantener quietas ante un futuro de miseria y un presente de abnegación donde se nos obliga a aceptar que así son las cosas y así tienen que seguir siendo. Como bien sabemos, es muy feminista saber decir que no, y se debería enseñar muchísimo más esta bonita respuesta: NO. No al fascismo, no al racismo, no a la xenofobia, no a mentes estrechas que no entienden que el mundo debe cambiar, no a los explotadores, no a todos aquellos que nos joden la vida. No a un mundo de mierda. Y por cierto, no también es una palabra antifascista: todos podemos aprender a decirla. Así que ya tenéis deberes.

Publicado en el Nº 326 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2019

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